Capítulo 58
El salón durmiente bajo las sábanas, el recorte de periódico en un marco dorado, Aresti posando triunfal con la sentencia judicial en sus manos…
Todas las piezas encajaban. Si alguien tenía un motivo para odiar al empresario era esa familia condenada a hacer las maletas y abandonar el hogar que hasta entonces había sido suyo.
Leí el nombre que acababa de apuntar.
BENGOLEA
El lugar desde el que Grazia veía el río al despertar era la casa-torre que Aresti había logrado por medio de una subasta judicial. No tenía la más mínima duda.
Todavía estaba subrayándolo cuando el teléfono sonó de nuevo.
Supuse que sería Valeria para insistir en que saliera a la calle, pero se trataba de Nerea.
—¡Jon! ¿Estás bien? —me preguntó en cuanto contesté.
—Creo que sí.
Un suspiro de mi compañera saturó el auricular.
—¿Y cuándo piensas regresar? Si yo estuviera en tu lugar lo haría cuanto antes. Se te está poniendo todo en contra.
—¿Qué ha pasado?
—Te llamo desde el ambulatorio. Estoy aquí, de guardia. No sé para qué abrimos en domingo. Hasta ahora no hemos atendido más que resfriados y gastroenteritis que podrían haber esperado a mañana… La cosa es que acaban de irse unos periodistas.
—¿Qué querían?
—Pues saber de ti, como todos. El viernes vinieron varios. Tuve que prohibirles entrar porque molestaban a la gente. Preguntaban a los usuarios que estaban en la sala de espera. Que si te conocían, que si te creían capaz de haber matado a esa gente…
—Sí. Me lo contaste —le recordé. Me había enviado varios audios durante el fin de semana. Estaba preocupada por mí.
—Pues hoy han regresado. Me han preguntado si sabía que te habías fugado… Algo les habrá dicho ese poli.
—¿Castaños?
—Marcharte no fue buena idea —opinó Nerea, disgustada—. Con la que está cayendo, no sé cómo se te ocurrió.
—Nerea… —la interrumpí. No me importaba la gente en ese momento. Tampoco los periodistas. Tenía la impresión de tener al asesino al alcance de la mano—. Voy a necesitar de tu memoria.
—El pueblo ya ha dictado sentencia y eres culpable.
—¡Nerea! ¿Quieres hacer el favor de escucharme? —insistí. Se hizo un silencio. Lo había conseguido—. Perdona. No sabes cuánto te agradezco que te preocupes por mí. No tardaré en regresar. Mañana hay un ferry a Barcelona. Intentaré volver en él.
—Eres médico, no policía. Deja ya esa locura de investigar y ven a defenderte.
—No. El asunto es que creo que he dado con la familia que acogió a la acabadora. Pleitearon con Aresti por su casa. Y perdieron. —El silencio que se hizo al otro lado de la línea me dijo que había logrado su atención. Y eso que todavía no había oído la mejor parte—. ¿Quiénes son los Bengolea?
—Espera un momento —pidió antes de apartarse el teléfono—.
¿Tiene aquí su tarjeta sanitaria? ¿No? Pues debería traerla.
Dígame su nombre, pero no se acostumbre a venir sin ella.
—Aguardé mientras ella atendía al usuario.
El sonido del carnaval continuaba repicando al otro lado de la ventana—.
Será gripe. Este año está dando guerra. Espere delante de la consulta del fondo.
Enseguida la mandará pasar la doctora. —La voz de Nerea volvió a sonar cercana—.
Perdona, que ha entrado una señora. Otra con tos. ¿Por quién preguntabas? ¿Los Bengolea?
—Sí. El día que entré a la casa-torre vi un recorte de prensa que hablaba de cómo Aresti se había hecho con ella.
—Ahhh. Tú preguntas por los Zubia Goikoetxea. A ellos fue a quienes les ganó en los juzgados el caserón medieval ese.
Nerea era una fuente inmejorable de información. Ni siquiera necesitaba encender su ordenador para tener localizado a todo Lekeitio.
—¿Los conozco? —pregunté impaciente—. ¿Forman parte de mi cupo de pacientes?
—No son tuyos, no. Pero quizá hayas visto su caserío cuando sales a correr. Está cerca de la ermita de Oibar y la presa de Bengolea. La casa en sí es una más, pero llama la atención porque se dedican a los kiwis. Tienen una gran plantación.
Sentí que me faltaba el aire.
—¡La familia de Amaia!
—La hija se llama Amaia, sí. ¿La conoces?
Me mordí la lengua, consciente de que había hablado demasiado.
—Sí… Bueno… Lo que has dicho. De mis carreras matinales —improvisé precipitadamente.
—Ya. Claro… —Su tono me dijo que no me había creído, pero tanto daba.
No podía explicarle más sin correr el riesgo de que todo Lekeitio supiera de una relación que sus dos protagonistas habían querido mantener en secreto.
Nerea estaba resultando de gran ayuda, pero no podía olvidar que a cotilla no la ganaba nadie.
—¿Y qué sucedió para que perdieran la casa?
—Uf, no lo sé exactamente. Lo que sí puedo decirte es que hubo una subasta y Aresti realizó la puja ganadora. En los juzgados sabía moverse como pez en el agua. Pero los de los kiwis impugnaron aquello y la cosa acabó en los tribunales.
—Pues menos mal que no lo sabías —bromeé—. Un poco más y me sacas hasta las actas notariales.
Nerea se rio.
—Tampoco exageres. Que a una le gusta estar informada, pero en este caso me faltan muchos detalles.
Ha llovido mucho desde entonces y la memoria no me da para tanto.
—Hizo una leve pausa antes de continuar—.
¿Y crees que fueron ellos quienes lo mataron?
Pues mira, no me sorprendería. Toda la vida han sido muy raros, pero desde el juicio con Aresti se volvieron más huraños.
Perder esa casa-torre les escoció. —Intenté decirle que no corriera tanto, que solo era una hipótesis, pero no se detenía ni para respirar.
Estaba desatada—. ¿Y crees que a Lea y a la Iturri también las mataron ellos?
Habrá que descubrir por qué. Alguna cuita tendrían con ellas.
—Lo averiguaré —aseguré con decisión—. Una cosa más, Nerea. ¿Podrías buscar un nombre en el ordenador?
—Al final me vas a meter en líos. Dime, anda.
—Grazia Serra.
—¿Gracias?
—Grazia. Con zeta. Es el nombre de la italiana del martillo.
El sonido de las teclas se alargó más de la cuenta. Señal de que la base de datos no estaba ofreciendo resultados positivos y Nerea probaba de diferentes maneras.
—No tengo nada —anunció finalmente—. ¿Estás seguro de que esa mujer vive aquí? A mí no me cuadra. Antes o después todo el mundo pasa por el médico.
Su respuesta no me sorprendió. Si algo me había dejado claro Valeria era el temor a ser encontrada con el que vivía la acabadora. Lo más probable era que hubiera empleado algún nombre falso para evitar que los tentáculos de los Garau dieran con ella.