Capítulo 57
Sentado en la cama y vigilado de cerca por aquellos dos querubines sonrosados que protegían mis sueños, cogí mi libreta de notas y comencé a transcribir los datos que me había facilitado Valeria.
La isla, la iglesia a orillas del mar, el puerto pesquero…
De todos aquellos detalles, había uno que me interesaba especialmente: Grazia veía el río desde su ventana. El Lea.
Eso me permitía comenzar a acotar la búsqueda.
Estaba consultando en el móvil un mapa de Lekeitio cuando un golpe seco en la ventana me hizo saltar de la cama. Sua, que dormía hecho un ovillo, se puso en pie y ladró, alerta.
Aparté con cuidado la cortina y advertí que había movimiento en la calle.
A la luz de las farolas distinguí figuras cubiertas con ropas oscuras.
Avanzaban a trompicones, se balanceaban de un lado a otro mientras los cencerros que llevaban colgados del cuerpo golpeaban el aire con violencia.
Ni un rostro humano. Solo esas oscuras máscaras que representaban animales y pastores.
Labradas en madera y decoradas con símbolos antiguos.
Sentí un escalofrío.
Aquello no era una simple fiesta. No tenía nada que ver con el disfraz ni con la celebración.
Se trataba de un ritual ancestral, una forma de comunión con la propia tierra, con lo que estaba antes que las iglesias y las campanas.
Igual que los bastones de Santa Águeda, que despertaban la primavera a muchos kilómetros de allí.
Un rostro emergió de pronto entre las sombras y se detuvo frente a la ventana, a apenas unos centímetros del cristal. Los rasgos de la máscara eran horribles: la boca torcida en una mueca grotesca, las cejas exageradas, los ojos vacíos.
Se trataba de uno de los pastores que guiaban a las bestias. Nos mostró un látigo y volvió a perderse en la comitiva.
Con las patas apoyadas en el marco de la ventana, Sua ladraba fuera de sí.
Dejé que la cortina volviera a ocultar el carnaval y lo abracé.
—Es solo gente disfrazada. Lo están pasando bien. No te preocupes —le susurré colmándolo de arrumacos.
Sus ladridos fueron espaciándose hasta que cesaron por completo.
Pensé en Valeria. Quizá ella encarnara uno de esos animales que desfilaban frente a mi ventana.
Me gustaba estar con ella. Cuando estábamos juntos tenía la impresión de que nos conocíamos desde siempre, de que podía confiar en ella. Me sentía arropado sin necesidad de palabras.
Por primera vez en mucho tiempo notaba que una llama se había encendido en mi interior. Algo que me pedía mirar hacia delante.
La conversación con Jaime en lo alto del nuraghe había aligerado la presión que sentía en el pecho desde el accidente. De pronto podía recordar a Mónica y a Sofía con una sonrisa en sus rostros y no con esa última imagen que me había quedado de ellas.
Era como si me animaran a no detener mi vida en aquella curva de Guadarrama.
Así lo habría querido también yo si hubiera sido al revés. Nada me habría tranquilizado más que saber que Mónica no perdía la oportunidad de ser feliz aunque me echara de menos.
Valeria…
El teléfono sonó sobre la cómoda.
Era ella. Precisamente ella.
Sentí una ola de calor recorriéndome por dentro.
—Hola —saludé con un nudo en la garganta.
—Jon, mi madre me ha contado algo que podría ayudarte. Parece ser que la familia con la que vivía Grazia perdió su casa. Un edificio que había sido suyo desde hacía varias generaciones. Imagínate el drama.
—¿La perdieron? ¿Cómo?
—Un juicio o algo así. Supongo que por alguna deuda o vete a saber qué.
Dice mi madre que mi abuela estuvo angustiada hasta que Grazia volvió a escribir casi un año después.
Solo durmió tranquila al saber que en el lugar al que se había mudado la familia, había sitio para su hermana.
Y que le habían asegurado que lo habría para siempre.
—¿Cuándo fue todo eso?
—Eso ya no lo sé. Mi madre recuerda la información a cuentagotas. Intentó olvidarlo todo cuando falleció mi abuela y decidió cerrar para siempre la búsqueda de Grazia.
Asentí en silencio.
—Gracias, Valeria. Me estás ayudando mucho.
—No es nada… Oye, voy hacia el pueblo. Al carnaval. Anímate y sal un rato.
—Uf, no sé yo.
—Yo te protejo de la hilandera —bromeó—. Te espero en la calle, anda. No todos los años tendrás la suerte de poder asistir a algo así.
Prometí pensármelo, aunque no tenía la más mínima intención de sumarme a esa fiesta. Porque mientras hablábamos, mi mente había ido atando cabos y de pronto no existían los cencerros ni los angelotes de la cómoda.
Me encontraba muy lejos de aquella habitación.
Había volado hasta una construcción que hundía sus cimientos en el río Lea. Una que conocía demasiado bien y cuya historia encajaba con lo que Valeria me acababa de explicar.
Mi mano garabateó una palabra en el cuaderno. Una sola. En mayúsculas y en letras bien grandes.
La tenía.