Capítulo 56
Miré alrededor en busca de un lugar donde desaparecer.
No era fácil. El terreno estaba demasiado abierto: alcornoques dispersos, una caseta agrícola y poco más.
La moto se acercaba.
No tenía tiempo para pensar.
Corrí hacia un grupo de rocas y me deslicé tras ellas. No era un buen escondite, pero al menos me sacaba de la vista.
No necesitaba cerrar los ojos para revivir con claridad lo sucedido solo unas horas antes. Los faros abalanzándose sobre mí, las ruedas chirriando… Todavía sentía las magulladuras que me había regalado rodar por el talud.
La moto se oía cada vez más cerca. Las piedrecillas del camino saltaban a su paso, hasta que finalmente se detuvo a muy poca distancia de mi escondite.
Contuve la respiración y tiré de Sua para que se pegara a mí. Necesitaba que se mantuviera en silencio. El más mínimo gruñido nos delataría.
Saqué el móvil del bolsillo. Debía pedir ayuda a alguien.
¿Pero a quién?
Las pisadas me dijeron que acababa de bajarse de la moto.
Sus pasos se acercaron.
Un leve gruñido hizo vibrar el lomo de Sua.
Le rasqué detrás de las orejas. Tenía que conseguir que se calmara.
Y entonces se oyó una voz.
—Jon. ¿Dónde te has metido? Sé que estás aquí. Te he visto.
Aquellas palabras lograron que toda la tensión acumulada cediera de repente.
Era Valeria.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —dije saliendo de detrás de las rocas.
Me observó con incredulidad.
—Estás en Cerdeña, ¿recuerdas? Las montañas tienen oídos y también ojos… Elena le ha contado a mi madre que el forastero que hace preguntas ha salido a ver los nuraghes .
Me reí sin ganas. Me tenían controlado.
La italiana dio una palmada en las piedras que formaban el monumento.
—¿Qué te parece? Hay miles como este por toda la isla.
—¿Y qué eran? ¿Tumbas?
Valeria negó con un gesto apenas perceptible.
—No está muy claro. Torres para marcar territorio, para vigilar…
Pero son nuestra seña de identidad. Antes de los romanos ya estábamos aquí.
A mi padre le fascinaban. Me llevaba aquí y allá a visitarlos.
Todavía guardo su cuaderno con las notas y dibujos que realizaba sobre cada uno de ellos.
Era pastor, pero aquello de sentirse arqueólogo de fin de semana le daba la vida.
Y fue él, sin pretenderlo, quien me despertó el interés por la historia y me mostró mi futuro.
Pensé en mi propio padre. En nuestra particular colección de cumbres.
La montaña fue nuestro territorio compartido, el lugar que nos unía muchos domingos.
La lata de sardinas que nunca faltaba en la mochila, el trago de agua de aquella cantimplora forrada de fieltro verde, las onzas de chocolate a media ascensión…
Pero de todos los recuerdos que aquellas mañanas me habían legado, ninguno como el orgullo con el que me abrazó en la cima de Peñalara.
Tenía diez años y acababa de coronar, de su mano, mi primer dosmil.
—¿Eres historiadora? —quise saber, dejando de lado la nostalgia.
—Algo así. Soy restauradora. Retablos medievales, sobre todo. Ahora estoy trabajando en el de Tuili, un pueblo al sur de aquí, en el camino a Cagliari. Una obra maestra. Si vieras qué colores, qué nivel de detalle en las facciones… —Se rio—. Perdona. Qué pesada… Me emociono al pensar en mi trabajo.
—Parece muy interesante.
—Lo es, la verdad. Al retirar capas de restauraciones previas encuentras a menudo grandes sorpresas. Igual que con las personas, ¿sabes? —Se agachó para acariciar a Sua—. Y tú, chico, ¿qué tal estás?
El perro le olisqueó la mano y la premió con un lametazo. Iba vestida con unas sencillas mallas deportivas y un jersey de lana cuyas mangas le quedaban largas.
—Qué bien educado está. Enhorabuena —dijo Valeria sentándose en el nuraghe .
—No es mérito mío. Su dueña… —Tragué saliva mientras me acomodaba a su lado.
Todavía no había compartido con la italiana el verdadero motivo de mi viaje a Cerdeña.
Me sentí culpable. Ella me estaba abriendo las puertas de su casa y contándome sus secretos de familia.
Yo, en cambio, había maquillado mi búsqueda como una mera curiosidad—.
Su dueña murió. Fue asesinada —anuncié por fin.
Tuve que detenerme en más de una ocasión para aclararme la garganta, pero le expliqué todo lo sucedido en Lekeitio durante las últimas semanas. Tres crímenes y mi propio intento de asesinato.
—La firma del asesino no es el caramelo. La firma es la propia arma homicida —indicó ella, pensativa—. Por eso estás aquí. Crees que quien está sembrando de muerte tu pueblo es Grazia.
—O alguien que aprendió de ella. Probablemente incluso emplee su propio martillo de madera de olivo.
—El mazzolu —aclaró Valeria—. Cuando trataron de matarte lo verías. ¿Era de madera?
Negué con un suspiro.
No había llegado a verlo. El ataque había llegado por la espalda y me había pillado tan desprevenido que no había visto nada. Bastante tenía con tratar de defenderme.
—Al menos en Ottana no corres peligro —comentó ella en tono aliviado.
—Ojalá tuvieras razón… Anoche estuvieron a punto de atropellarnos cuando regresábamos al centro del pueblo.
Valeria se llevó las manos a la cara.
—¡Lo siento! Debí acompañarte. Es culpa mía. Esa carretera es peligrosa. No hubiera sido el primer accidente…
—No, Valeria. No fue un accidente. Se trató de un ataque deliberado. El conductor corrigió la trayectoria para venir directo hacia nosotros. Por eso me he escondido al verte llegar en moto.
Ahora sí que se quedó con la boca abierta.
—¿Y no te fijaste en el modelo del vehículo? ¿El color, al menos?
—No. Solo vi unos faros lanzándose contra mí a toda velocidad.
Ella resopló. Parecía realmente preocupada.
—¿Qué te dije anoche? Los Garau no van a permitir que nadie manche su nombre. Tómate el ataque como una advertencia. Quieren que te marches. La siguiente ocasión quizá no se conformen con darte un susto.
Era consciente de ello, pero no pensaba marcharme de allí hasta dar con lo que necesitaba.
—¿Quiénes son? —pregunté. Ni siquiera les ponía cara.
—¿Los Garau? Están por todos lados, pero conoces a algunos. El cura, por ejemplo.
—¿Don Matteo?
—Es nieto de Antonio, el hombre que mató al bebé. También coincidiste con sus tías, las gemelas. Son un par de perlas de mucho cuidado. Veneno puro.
Respiré hondo.
—Ahora me dirás que el matrimonio que me acoge en su casa también es de la familia Garau.
—¿Giuseppe y Elena? No. Ellos son de origen más llano. Ella es amiga de mi madre. Fueron juntas a la escuela.
Su respuesta me tranquilizó. No me apetecía dormir en una casa donde sus propietarios quisieran verme muerto.
—Tengo que preguntarte por alguien más —recordé—. Claudio. Rondará los sesenta años. Quizá alguno menos; quizá alguno más. No soy el mejor calculando edades. Creo que podría ser de Ottana. ¿Te suena?
—¿Claudio? —repitió Valeria con la mirada perdida. Después sacudió la cabeza—. Los dos únicos que conozco son bastante más jóvenes.
Le di algunos datos más sobre el físico del buscador de tesoros.
—Claudio… —murmuró—. ¿Y cuánto tiempo dices que lleva en Lekeitio?
Arrugué los labios. No tenía una respuesta clara. Cuando llegué en agosto, él ya estaba allí. Sin embargo, había oído que llevaba años por la zona.
—¿Años? —dijo Valeria—. Supongo que te habrás planteado que podría estar empleando un nombre falso.
Me rasqué la cabeza. No se me había ocurrido.
—¿En qué estás pensando? —pregunté. Me daba la impresión de que sabía algo.
La italiana tardó unos segundos en continuar.
—Todavía no te he hablado de la mujer a la que arrebataron su recién nacido —apuntó muy seria—.
Se llamaba Anna. Yo apenas tuve relación con ella.
Era extraña. Esquiva. Supongo que lo del bebé la dejó trastornada.
Sucedió cuando ella era una niña de solo diecisiete años que servía en la casa más importante del pueblo.
Imagínate el impacto emocional… Tu jefe te deja embarazada, te obliga a mantenerlo en secreto durante nueve meses y, cuando das a luz, asesina al niño. A su propio hijo.
—Terrible —murmuré sin comprender qué tenía que ver todo aquello con Claudio.
—Muchos años después, Anna se casó y tuvo otro hijo: Luca.
Luca Piareggio. —Valeria sacudió la mano—.
Ese sí que era raro… Alguna vez, cuando regresaba sola del instituto, me acercaba a casa.
Éramos casi vecinos y, si me veía caminando por la carretera, me recogía.
Mi madre se enfadaba si se enteraba de que me había traído él.
Decía que eso de montarme en coche con hombres solo podía acabar mal.
Pero creo que, en realidad, era Luca quien le daba miedo.
—¿Por qué?
—Nunca hablaba. Jamás he conocido a nadie tan poco necesitado de los demás. En esa casa pesaba demasiado lo que había sucedido con el primer hijo.
—¿Tenía tu edad?
—¡Qué dices! —protestó Valeria dándome un empujón—. Luca era mucho mayor. Yo era una cría. ¿Cuántos me echas?
Me mordí la lengua. Siempre metía la pata con esas preguntas.
—Veintinueve —dije, restándole un par de años a los treinta y uno que le calculé.
—Treinta y cuatro —replicó ella guiñándome un ojo—. Y tú… ¿cuarenta?
—¡No! Muchos menos —me defendí—. Solo treinta y ocho.
Valeria se rio a gusto.
—Guau… Muchísimos menos —se burló apoyándome la mano en el hombro.
Me descubrí sonriendo. Su cercanía resultaba natural, cómoda, como si nos conociéramos de siempre.
Me gustaba estar con ella.
—Hablas de Luca en pasado —observé.
Valeria dudó un instante.
—Cuando la desgracia se ceba con una familia… —dijo al fin—. Anna falleció durante la pandemia. Y Luca desapareció. El pueblo enseguida dictó sentencia: no soportó la muerte de su madre y se tiró a algún pozo.
—¿No lo buscaron?
—Era mayor de edad. Tendría más de cincuenta años… ¿Tú sabes cuántos pozos hay por aquí? Todavía estaríamos buscando. Nada. Se habló del asunto durante unas semanas y después se dejó pasar.
Contuve la respiración. Ya entendía por dónde iba.
—¿Cómo era Luca? ¿Tienes alguna foto?
Valeria sacó el móvil y revisó la galería durante un par de minutos.
—Nada —dijo al final—. Ni una sola.
—¿Crees que Luca podría ser el Claudio de Lekeitio?
Se encogió de hombros.
—Es posible. Pero ¿qué lo habría llevado hasta el pueblo donde Grazia buscó refugio tras huir de aquí?
—¿Y cómo podría haberla encontrado? —añadí.
Aquello no acababa de encajar, pero hasta que no pudiera ver a ese tipo en alguna foto no me atrevía a descartarlo. Valeria prometió buscar en casa.
—Oye, todavía no te he contado lo que venía a decirte.
Pero antes prométeme algo —dijo la italiana cogiéndome las manos.
Sus ojos negros brillaban con una intensidad especial—.
Cuando des con el asesino que buscas, me ayudarás a encontrar a Grazia.
Me gustaría traerla de vuelta para cumplir el deseo de mi abuela.
—Prometido.
Valeria esbozó una sonrisa y sus labios me parecieron de pronto los más hermosos del mundo. Ella también observaba los míos. Fueron apenas unos instantes. Después aparté la mirada y solté sus manos, incómodo.
—Mi madre también trató de localizar a Grazia —comenzó a explicar—. Lo hizo en silencio, sin hacer ruido. Ella también tenía la esperanza de ser capaz de reunir a mi abuela con su hermana.
—¿Y lo logró? —pregunté con un cosquilleo en el estómago.
La italiana arrugó la nariz.
—No, pero se acercó. —Desplegó un pedazo de un mapa en el que reconocí la costa vasca—. Mira. Aquí marcó el sitio donde dedujo que había encontrado refugio. ¿Es allí donde vives?
El círculo alrededor de Lekeitio no dejaba lugar a dudas.
—Ahí es. Y también donde se han producido los asesinatos.
—Lo identificó gracias a los recuerdos de mi abuela.
Las cartas de Grazia fueron dando algunas pistas.
Contaba lo hermoso que era el pueblo al que se había mudado.
Hablaba de los barcos cargados de pescado llegando a puerto cada mañana, de una iglesia que parecía una más de esas embarcaciones, varada a la orilla del mar. Y de una isla como las de los piratas.
Recorrí el mapa con la mirada. Esas pistas, sumadas al matasellos bilbaíno, también me conducían a Lekeitio.
Pero eso ya lo sabía sin necesidad de viajar hasta Ottana.
Tenía la sensación de que el hilo estaba ahí, pero aún no lograba tirar de él.
—Mi madre me ha recordado un dato que creo que podría servirte —continuó Valeria—.
Grazia vivía cerca de un río. Lo explicaba en sus cartas.
Era lo primero que veía cada mañana. A mi abuela se le quedó grabado ese detalle.
Le parecía una escena maravillosa. Aquí, en Ottana, lo único que vemos alrededor son tierras de cereal y las ruinas de una refinería que desmantelaron hace años.
Le hacía ilusión pensar que, al menos, su hermana había ido a caer a un lugar hermoso y donde la trataban bien.
—¿La trataban bien? ¿Cómo lo sabes?
Valeria asintió lentamente.
—Perdona. No te he hablado de ellos… A Grazia la acogió una familia.
Entró a trabajar como chica de servicio y allí ha estado toda su vida.
Con ellos. Siempre hablaba maravillas de esa gente.
La trataban como a una más de la familia.
Justo lo que una mujer joven, obligada a dejar su tierra, necesitaba.
Hacía las tareas de casa, trabajaba el huerto, cuidaba de su hija, cocinaba…
—Sería importante saber quiénes eran. ¿Seguro que no conserváis ninguna carta?
Valeria apretó los labios.
—Ninguna. Mi madre ni siquiera llegó a leerlas.
Había algo que no encajaba en esa historia.
—Tu abuela tendría alguna dirección a la que escribir. ¿Cómo respondía si no a las cartas?
—No lo hacía. La comunicación fue siempre en una sola dirección. Grazia intentaba que su familia supiera que estaba bien. Nada más. No aguardaba respuesta. No quería correr riesgos.
—¿Y cuándo llegó su última carta?
—No lo sé. Pero desde que mi abuela falleció hace cinco años no hemos recibido ni una sola.
—Cinco años —repetí en voz baja.
—Sí. Yo también temo que eso signifique que Grazia ya no esté entre nosotros. Pero no pienso tirar la toalla. —Valeria me pasó una mano reconfortante por la espalda—. Vamos a encontrarla. Tú podrás descubrir al asesino y yo cumpliré la promesa que le hice a mi abuela.
—Ojalá —deseé en voz alta.
—No lo dudes.
Su determinación me fascinaba. Y el brillo de sus ojos, tan negros como el azabache, me resultaba magnético. Me costaba apartar la mirada de ellos, y también de esos labios entreabiertos.
Dejé escapar un largo suspiro mientras frenaba el impulso de recorrer la escasa distancia que me separaba de su boca.
El halcón de Eleonora seguía observándonos desde el cielo. Todavía no había encontrado el momento de actuar. Pero lo haría. Antes o después se lanzaría, implacable, sobre una nueva presa.