Bajamar Capítulo 55
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Capítulo 55

El invierno sumía en un estado somnoliento a las hierbas aromáticas.

Tomillo, romero, salvia… Crecían a la orilla del sendero, pero reservaban su olor solo para quien se detuviera a acariciarlas.

Perdí la cuenta de las veces que aflojé mi carrera para repetir el gesto.

Me gustaba sentir ese aroma áspero y limpio en las yemas de mis dedos.

Arriba, en el cielo, un halcón de Eleonora observaba el mundo con la paciencia de quien sabe que su presa acabará cometiendo un error.

Giuseppe, mi anfitrión, me había hablado de él mientras compartíamos un café en la cocina.

Estaba indicándome en un mapa los restos megalíticos más interesantes cuando lo recordó.

Sus congéneres emigraban en otoño hasta Madagascar, pero aquel ejemplar se había quedado a pasar el invierno en la isla.

Alguna lesión en el momento de emprender el gran viaje debía de haberlo obligado a renunciar a él.

—Es un cazador metódico y paciente. Puede pasarse horas suspendido sobre los campos, sin batir las alas, dejándose llevar por las corrientes.

No persigue, no se precipita. Espera en silencio.

Y cuando cae sobre su presa, lo hace solo una vez.

No necesita más. Porque nunca falla —aseguró clavando el dedo en el mapa.

Apreté el ritmo. Había salido a correr para intentar poner en orden mis pensamientos. Todavía me perseguía el susto de la víspera. Al menos por aquellas veredas entre los cultivos nadie podría tratar de atropellarme.

—Vamos, Sua. No te quedes atrás —lo llamé al ver que se entretenía olisqueando algo.

El terreno ondulaba sin brusquedad, pero la subida era constante. Bancales, muros de piedra seca, alcornoques solitarios… Mi respiración era entrecortada y los latidos empezaban a retumbarme en las sienes.

Sua me alcanzó, incansable.

Correr le sentaba bien. Igual que a mí.

Goiko tenía razón. Dejar de correr no había sido una buena idea. Debía volver a hacerlo cada día. Lo necesitábamos. Sua y yo.

Pensaba en ello cuando llegué al nuraghe .

Se trataba de un gran cono irregular formado por piedras de un tamaño considerable, encajadas unas sobre otras con una gran precisión.

No había nada alrededor que distrajera la vista: solo hierba baja y rocas sueltas.

Los árboles guardaban una distancia reverencial, como si la presencia del monumento de la Edad del Bronce les infundiera respeto.

Sua se asomó tímidamente al interior, pero reculó de inmediato.

—Vamos. Ven conmigo —lo animé adelantándome. Tenía curiosidad por ver cómo era una de esas construcciones que situaban la región de Barbagia en el mapa de los arqueólogos.

No me siguió. Prefirió tumbarse a la entrada y dejarme hacer a mí.

Penetré en la galería oscura. Estaba formada por grandes piedras, sujetas sin argamasa.

Desembocaba en un espacio vacío, suficientemente amplio para permanecer de pie.

El aire se sentía pesado en el interior.

La luz se filtraba entre las piedras y lo bañaba todo con una extraña calidez.

No sabría explicar por qué, pero me sentía bien en aquel vientre de piedra.

Una agradable sensación de paz me embargó y me hizo olvidar por un momento la tormenta que llevaba meses sacudiendo mi vida.

Y fue allí, envuelto en un silencio iniciático, donde decidí que no iba a seguir esperando.

Me dirigí al exterior y me encaramé a los sillares para trepar a lo alto del monumento, convertido de pronto en el mejor otero sobre los campos de labor.

Un pastor con un rebaño generoso ponía una nota de vida al paisaje durmiente.

Igual que un bando de estorninos que dibujaba formas ágiles en la distancia.

Mis pensamientos volaron con ellos. De las montañas del corazón de Cerdeña a las de Guadarrama. De la libertad de aquella mañana de febrero al dolor de un domingo de primavera que hizo añicos mi vida.

Apreté los labios y saqué el móvil del bolsillo. No podía seguir huyendo. Los padres de Sofía merecían saber que no era el héroe que ellos creían.

Busqué su número en la agenda y respiré hondo mientras aguardaba a que sonaran los tonos de llamada.

La voz de Jaime se asomó de inmediato al auricular.

—¡Juan! —Qué raro se me hacía oír mi nombre en castellano tras tantos meses convertido en Jon—. ¿Cómo estás?

Su tono, tan amable como lo recordaba, deshizo en parte el nudo de mi estómago.

—Estoy bien… Creo.

Se interesó por los pormenores de mi detención y me los sacudí de encima tan rápido como pude. No le llamaba para hablar de mi vida en Lekeitio, sino de la anterior.

—Oye… Jaime… Tengo que contarte algo —confesé cerrando los ojos—. Es sobre aquel día… Sobre el accidente.

Durante los siguientes minutos solo hablé yo. Vomité toda la verdad. Me vacié. Lloré. Y, sobre todo, pedí un perdón que tenía la impresión de no merecer.

—Lo siento… —balbuceé cuando terminé—. Me hubiera gustado poder contároslo a la cara.

—¿Crees que no lo sabíamos? —me preguntó con la voz rota. Respiré hondo. Estaba preparado para escuchar sus reproches. Llevaba desde aquel domingo preparándome para ello—. ¿Por qué te torturas así? Actuaste como habría hecho cualquiera de nosotros. Quien no se preocupe por los suyos no es humano.

—Pero de un médico se espera que…

Jaime me interrumpió.

—La culpa de lo que sucedió no es tuya, Juan. Es solo de ese cabrón que las atropelló. Y te aseguro que antes o después pagará por ello.

—Pero yo podría… —Me costaba hablar. Las palabras se enredaban en mi garganta.

—No, Juan. Sofía murió de una hemorragia severa.

Con los medios que tenías a tu disposición no habrías podido salvarla.

—Un sollozo se coló entre sus palabras—.

Nuestro mayor consuelo es saber que su vida se apagó en los brazos de alguien que la quería, arropada por Lola y por ti.

¿Sabes lo que eso significa para unos padres que lo han perdido todo?

Asentí en silencio.

Después nos alargamos en palabras de apoyo y, antes de despedirnos, me pidió que hiciera el favor de cuidarme.

Me recosté en la torre prehistórica y lloré con la mirada fija en el cielo.

De pronto sentí una piel peluda a mi lado. Era Sua. No sé cómo había conseguido trepar hasta allí arriba, pero había percibido mi llanto y no quería dejarme solo.

Y entonces reparé en una nube de polvo que se elevaba entre los campos y se dirigía a toda velocidad hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamé poniéndome en pie de un salto.

Tenía que buscar un lugar donde ocultarme.

¡Y tenía que hacerlo de inmediato!