Capítulo 54
Las montañas de la Barbagia se recortaban sobre un cielo habitado por millones de estrellas.
La luna, a la que faltaban apenas dos días para morir, todavía no asomaba tras unas cimas acostumbradas a la soledad.
Tampoco el viento se atrevía a reclamar su protagonismo.
La noche había traído consigo una tregua en el mistral que llevaba horas agitando el corazón de Cerdeña.
Me giré hacia la casa de Valeria. El coche recién llegado y la Vespa seguían allí, ante la puerta. Todo en orden. Su madre no parecía haberse percatado de mi visita.
Llené de aire los pulmones y me permití aflojar el ritmo.
—Muy bien, chico. No has soltado ni un ladrido —le dije a Sua frotándole el lomo. Uno solo nos hubiera delatado ante esa madre que abría una puerta mientras nosotros salíamos por otra.
Mi marcha precipitada me había dejado una sensación ambivalente.
Optimismo, sí, pero solo a medias. Tenía la impresión de contar con más preguntas que respuestas, porque saber el nombre de la acabadora no era suficiente.
Quizá sirviera para que Nerea pudiera localizarla en los archivos del centro de salud, pero no podía confiarlo todo a esa carta.
Sin embargo, por primera vez en muchos días, tenía la impresión de haber dado con algo verdaderamente importante.
Grazia Serra. Tenía su nombre y tenía su historia. Al menos, parte de ella. La restante estaba ahí, guardada entre los recuerdos familiares de una chica que también deseaba encontrarla.
Ya no remaba solo.
Lástima no haber podido leer esas cartas que enviaba desde su exilio vasco. Porque esas misivas que Grazia hacía llegar a su familia hablarían seguramente de su nueva vida.
¿Dónde había estado durante tantos años?
¿Con quién había tratado? ¿Quiénes formaban su entorno?
Nadie puede pasar media vida en un lugar sin dejar huella ni crear lazos.
Y eran esos vínculos los que debía identificar, porque si de algo estaba seguro era de que entre esos nombres se escondía el asesino.
Mi mente voló de vuelta a Lekeitio. Las ruinas del viejo hospital, una caravana, un italiano parco en palabras…
¡Claudio!
No había preguntado por él a Valeria. Había desaprovechado una buena ocasión para tratar de saber más sobre el buscador de tesoros. Tendría que hacerlo en cuanto volviera a verla.
Sua se detuvo a olisquear un poste.
—Venga… ¿Acaso tú no tienes hambre? —le pregunté tirando suavemente de la correa.
Como si pretendieran reforzar mi mensaje, las campanas de la iglesia sonaron en la distancia.
Eran las ocho de la tarde. Seguro que Elena había preparado alguna especialidad sarda para cenar.
Para Sua había encontrado unas latas de comida en la tienda, que lo mismo vendía pan y salchichas que productos de limpieza.
Le gustaban. La etiqueta decía que se trataba de ternera con verduras, aunque parecía cualquier cosa menos eso.
Volví a tirar de la correa.
—Veeenga.
El perro no me escuchaba. Había algo en la base de esa señal que era más interesante que mis palabras. Estuvo hurgando con el hocico y las patas hasta que un ratoncillo salió disparado hacia los campos.
—Déjalo, anda. Vaya susto le habrás pegado —le dije obligándolo a seguir.
Las primeras casas de Ottana se veían ya entre los árboles, bañadas por la luz anaranjada de las farolas. El olor a invierno que brotaba de las chimeneas comenzaba a anunciar la cercanía del lugar.
Tenía ganas de llegar.
El sonido lejano de un coche me hizo volver la cabeza.
Se acercaba por nuestra espalda. Alguien que regresaba al pueblo, igual que nosotros.
Sujeté con fuerza la correa de Sua para asegurarme de que no se apartaba de mi lado.
—No salgas a la carretera —le ordené sin separarme del arcén.
Me tranquilizó sentir que el vehículo reducía la velocidad. Nos había visto. Sus faros dibujaron ante nosotros largas sombras que danzaban conforme se aproximaban.
Y de pronto todo se congeló.
El coche se había detenido solo unos metros antes de llegar a nuestra altura.
—¿Valeria? —pregunté forzando la vista para tratar de reconocer a quien se sentaba al volante. Seguro que era ella. Querría acercarnos al pueblo para que no tuviéramos que caminar de noche por la carretera.
Me disponía a desandar el camino que nos separaba del vehículo cuando la luz ganó intensidad, deslumbrándonos por completo. Había encendido las largas.
Sua gimoteó y corrió a esconderse entre mis piernas.
—¡Oye! ¿Qué haces? —protesté estirando la mano para protegerme del torrente de luz.
El silencio que obtuve como única respuesta me hizo sospechar que algo no iba bien.
Me lo confirmó el rugido del motor.
No fue una aceleración progresiva, sino un golpe seco, violento. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto y vi cómo el coche se abalanzaba de lleno hacia nosotros.
Pretendía atropellarnos.
Sua no lo dudó. Saltó hacia las sombras que se extendían más allá del asfalto, las mismas que le habían arrebatado al roedor hacía un par de minutos.
Me dejé llevar por el tirón de la correa y rodé por el talud.
Arriba, en la carretera, el motor seguía rugiendo. El coche no frenó. Sus ruedas pasaron muy cerca, disparando sobre nosotros una lluvia de gravilla.
No dio marcha atrás. Se alejó a toda velocidad, engullido por la oscuridad y las calles del pueblo.
Me quedé allí, tendido, con el corazón desbocado y las manos clavadas en la tierra. Me dolía todo el cuerpo, tenía pinchos de zarzas clavados aquí y allá.
Tragué saliva a duras penas. Tenía ganas de gritar de pura impotencia.
También allí, en un pueblo perdido en las montañas de Cerdeña, alguien había intentado matarme.