Bajamar Capítulo 53
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Capítulo 53

Era una casa aislada, rodeada de campos de cultivo. Un sencillo farol pendía de la fachada. El edificio, de dos alturas y tono mostaza, mostraba desconchones y ramas de hiedra trepando hacia las ventanas del piso superior. Pero lejos de afearlo, le otorgaban un cierto encanto.

No se apreciaba movimiento tras las ventanas, aunque una Vespa roja permanecía aparcada junto a la puerta. Era idéntica a la mía. A la que había restaurado con tanto mimo y me había llevado al encuentro del horror en las alturas de la sierra de Guadarrama.

Tragué saliva. Los recuerdos que me despertaba dolían demasiado.

Me detuve ante la entrada y miré alrededor.

No había nadie a la vista. Las luces de Ottana se dibujaban en la distancia, a casi veinte minutos de caminata por el arcén de una carretera.

En coche hubiera sido más fácil, pero había optado por llegar a pie, disfrutando de una puesta de sol jaleada por la algarabía de los estorninos.

Sua también necesitaba un poco de ejercicio.

Estaba a punto de pulsar el timbre cuando la puerta se abrió sin ruido y una chica apareció recortada contra la luz del interior.

—Gracias por venir —dijo, apartándose para dejarme paso.

Sus ojos me confirmaron que se trataba de la misma mujer que me había abordado esa mañana. Era mucho más hermosa de lo que la máscara permitía imaginar. De tez morena y rasgos finos, pero con unos labios carnosos que mostraron una ligera sonrisa a modo de bienvenida.

Sua olfateó su mano y se dejó acariciar. Le gustaba.

—¿Qué estás haciendo en Ottana? ¿A qué viene tu interés por Grazia? —me interrogó cerrando la puerta en cuanto entramos.

Me mordí el labio. No sabía por dónde comenzar.

Opté por omitir los crímenes, pero le hablé de la madre de Goiko y de esa mujer rodeada de misterio que le había ofrecido su ayuda en el lecho de muerte.

—¿Qué más sabes de ella? —preguntó.

—Nada más. Aquel hombre no volvió a verla.

La italiana asintió lentamente.

—¿Y a qué viene tu interés? —continuó, mirándome con desconfianza.

Me encogí de hombros. Hablar de los asesinatos me parecía precipitado.

—Pues deberías tener más cuidado. Tus preguntas podrían buscarte enemigos por aquí.

—¿Enemigos?

—No creo que quede nadie en toda la Barbagia que no esté al corriente de que ha venido un forastero a remover el pasado.

Protesté. Eso no era verdad.

—Bienvenido a la Cerdeña más profunda… Estas montañas tienen oídos.

Si yo me he enterado, es que ya lo saben todos.

Elena llamó ayer a mi madre para contarle que uno de fuera estaba haciendo preguntas.

Y esta mañana te he visto salir de la iglesia.

Dime, al menos, que no has abierto la boca con el cura.

Apreté los dientes.

—Claro que le he preguntado por ella. A él y a unas feligresas que le ayudaban a limpiar.

La joven se llevó las manos a la cara.

—Las hermanas Garau… Lo que te digo: ya lo sabe todo el mundo.

No entendía nada. ¿A qué se debía tanto interés por que la acabadora no saliera a la luz?

—Los Garau son poderosos —resumió ella con una mueca de desagrado—.

Lo fueron, lo son y lo serán. Buena parte de las tierras que nos rodean les pertenecen.

De ellos es el poder económico y también el político.

Difícilmente darás en Ottana con alguien dispuesto a enfrentarse a esa familia.

Quien lo haga no tendrá futuro aquí. Por eso todos callan y seguirán haciéndolo.

—¿Y qué tiene eso que ver con la mujer que estoy buscando?

La italiana me hizo un gesto para que no me precipitara.

—Perdona. Ni siquiera me he presentado. Me llamo Valeria.

—Jon —dije con un amago de sonrisa—. Y él es Sua.

Valeria acarició al perro antes de explicarme que vivía en la capital de la isla. Se marchó a estudiar y ya no volvió. Solo lo hacía por carnaval, Navidad y alguna otra fecha señalada del calendario familiar.

—Adoro este lugar, pero me asfixiaría si tuviera que vivir aquí. Me gusta Cagliari. Allí tu apellido no marca tu camino, allí no eres la hija de estos o de aquellos. No. En la ciudad eres tú. Todo lo demás no importa.

—Sé de lo que hablas —admití pensando en mi propia migración vital, en mi caso en dirección opuesta.

Me ofreció asiento.

—La mujer que buscas se llama Grazia Serra. Se trata, efectivamente, de una hija de este pueblo, igual que toda mi familia. Yo no he llegado a conocerla, pero nadie ha estado más presente en mi vida.

—¿Por qué? —pregunté al ver que no continuaba.

—Porque mi abuela hablaba continuamente de ella. Grazia es su hermana.

—Grazia Serra es tu tía abuela…

La italiana asintió con gravedad.

—Y fue víctima de los abusos de poder de una familia que se ha sentido siempre por encima de la ley. Fueron los Garau quienes la acusaron de asesinar a un recién nacido. No pudo luchar contra sus mentiras. Solo le quedaba huir o la hubieran silenciado para siempre.

—¿Nunca regresó?

—Jamás —sentenció Valeria—. Si hoy vive, tendrá noventa y cuatro años.

Dudo que regrese ya… Mi abuela no se cansaba de repetir que su hermana era inocente, que ella jamás hubiera matado a un bebé.

Porque Grazia no era una asesina. Al contrario.

Ella… —Apretó los labios como si le costara pronunciar lo que venía ahora—.

No oirás por aquí a nadie reconocer esto, pero ella era una acabadora.

Ayudaba a irse en paz a quienes tenían la mala fortuna de permanecer atados a una vida que los hacía sufrir.

Cada vez me sentía más confuso. ¿Había matado Grazia a un bebé o no lo había hecho?

—Creo que no te estoy entendiendo.

La italiana me estudió con la mirada. Comprendí que estaba midiendo hasta qué punto podía confiar en mí.

—Ven. Te mostraré algo —dijo al fin. Me tomó de la mano y me llevó escaleras arriba.

El tacto cálido de su piel me recorrió de arriba abajo. Era agradable sentir que no estaba solo en mi búsqueda.

Valeria empujó una puerta sencilla.

Era una buhardilla, lo suficientemente alta como para estar de pie en su parte central.

Sua dio un paso atrás y soltó un lamento.

—Pobre… ¿Qué le pasa? —preguntó la italiana acariciándolo.

—Nada. Malas experiencias —suspiré agachándome para ponerme a la altura del animal—. No pasa nada, Sua. ¿Prefieres esperar aquí fuera?

No lo dudó. Ladró un par de veces y se tumbó junto a la puerta. No tenía ninguna intención de entrar en aquel lugar oscuro.

Seguí a Valeria al interior del desván.

Olía a cosas viejas, a historia familiar concentrada… Me recordaba, en cierto modo, al de mi casa de Lekeitio, aunque sin faros ni boyas de cristal.

Una bombilla desnuda colgaba de la viga central. La luz que emitía era tan cálida como escasa, aunque suficiente para disipar las sombras del lugar.

Valeria se dirigió a una mesa y apoyó la mano en una vieja caja de hojalata que algún día había contenido galletas.

—Aquí está todo —dijo tamborileando levemente en la tapa—.

Mi abuela falleció hace cinco años y, en su lecho de muerte, todavía mencionó a su hermana.

Me pidió que limpiara su nombre y que la buscara.

Le torturaba la idea de que Grazia acabara enterrada en algún lugar desconocido.

Lejos de su tierra y de los suyos. Me hizo prometerle que la encontraría y la traería de vuelta.

Y hasta que ese compromiso no brotó de mis labios, no dejó de aferrarse a una vida que hacía tiempo que no le aportaba más que sufrimiento.

—Retiró la tapa y me invitó con un gesto a acercarme—. Esto es todo lo que guardaba de ella.

Me asomé al interior y observé un pedazo de cuero, acartonado por el paso del tiempo. Valeria lo cogió y se lo acercó a la cara. Sus ojos volvieron a mirarme a través de una máscara.

—Se la ponía cuando acudía a casa de quienes necesitaban marcharse. Esto y su mazo de madera de olivo, el mazzolu , eran sus únicas herramientas. Ellas y la compasión. Nada más.

Me fijé en que había también una vieja fotografía en la caja. La cogí con cuidado. Su tono sepia y los bordes desgastados me hacían temer que se desintegrara en mis manos.

—¿Es ella? —pregunté, señalando a una mujer vestida completamente de negro. Seria. Muy seria. La sonrisa que trataba de ofrecer a la cámara no pasaba de un esbozo forzado. La expresión de la niña que la acompañaba no era más alegre.

—No. Grazia es la pequeña. Tenía nueve años.

La mujer es la tía Maria. En realidad no era su tía, pero la llamaban así.

Ella era… —Valeria se mordió el labio; no le resultaba fácil explicarlo—.

Maria no tenía hijos. La familia de mi abuela era muy pobre y le entregaron a Grazia para que la criara.

La foto está tomada el día en que se marchó con ella.

Y fue la tía quien le transmitió sus conocimientos y la hizo heredera de su oficio.

—El de acabadora —planteé.

—No exactamente. La tía era comadrona. Ayudaba a los niños a llegar al mundo.

—Pero también… —empecé.

—También —zanjó Valeria. Me dio la impresión de que a ella también le costaba nombrar un oficio que durante generaciones se había pronunciado en voz baja.

—No hay nada más —indiqué, echando un vistazo en la caja.

Valeria negó con la cabeza.

—Nada. Cuando se marchó de aquí, Grazia estuvo unos años en silencio.

Mi abuela oyó que la habían matado. Que los Garau se habían deshecho de ella y sus secretos.

Hasta que un día llegó una carta. Con un remite falso, que pasaba desapercibido para el resto del pueblo, y sin pistas que permitieran localizarla, más allá de que el matasellos era de una ciudad lejana: Bilbao.

—¿La tienes?

—Ni esa ni ninguna. Mi abuela me contó que su madre le enseñó a quemarlas en cuanto llegaban.

Porque Grazia envió algunas más. Quería que supieran que estaba bien.

Pero también que jamás regresaría. En ellas explicaba la verdad sobre lo ocurrido con aquel recién nacido.

La verdad que los Garau no querían que saliera a la luz y que condenó a mi tía abuela al exilio.

—¿Cuál era? —pregunté. Necesitaba saberlo todo de esa mujer emigrada a la costa vasca.

—A Grazia la llamaron una noche. Tenía que atender el parto de una sirvienta.

Pero cuando el bebé llegó al mundo, Antonio Garau, el patriarca de la familia, le ordenó que acabara con su vida.

Lo quería muerto. De nada le sirvió que la joven madre jurara una y otra vez que se marcharía muy lejos con el recién nacido, que el pequeño nunca sabría quién era su padre, que jamás le causarían problemas.

Que desaparecerían para siempre de la faz de la tierra.

—Porque Antonio Garau era el padre —comprendí.

Valeria asintió.

—Y no estaba dispuesto a permitir que un hijo ilegítimo complicara las cosas. Pero Grazia se negó. Ella no era una asesina y trató de impedirlo, pero ese monstruo mató al bebé y se deshizo de él.

—Grazia era una testigo incómoda —deduje.

—Tuvo que huir. No le quedó alternativa. O se marchaba o los Garau habrían acabado con ella.

De pronto Sua ladró, inquieto.

—¿Qué pasa, chico? —pregunté girándome hacia él.

Valeria se acercó a la única ventana y se asomó al exterior.

—Es mi madre. Tienes que irte… —dijo regresando a mi lado—. Ella no quiere ni oír hablar de todo esto.

—¿Por qué?

—Dice que el pasado no debe lastrar nuestra vida. —Se apresuró a introducir todo en la caja—. Tiene miedo. Como todos. Por eso el pueblo calla. Los Garau no permitirán que nadie ensucie su nombre. —Valeria señaló una escalera secundaria—. Ven por aquí. Tendrás que salir por detrás.

—Pero…

—Seguro que mi madre recuerda algo más. Tu aparición en Ottana ha abierto la caja de Pandora. Eso me permitirá hacerle algunas preguntas. No me busques. Seré yo quien lo haga. Vamos. Márchate. ¡Rápido! —insistió empujándome hacia la salida.