Capítulo 52
El paso por la iglesia había resultado un absoluto fracaso, igual que mi intento de la víspera con Elena, mi anfitriona. Quizá preguntar abiertamente por la acabadora no fuera el camino. Pero entonces, ¿cuál lo era?
Era complicado. Más de lo que esperaba. Si en Lekeitio las tradiciones marcaban todavía el paso, las montañas del corazón sardo respiraban claramente al ritmo de ellas.
—El ayuntamiento —me dije en voz alta mientras bajaba las escaleras del templo.
Quizá allí contaran con censos de mediados del siglo XX . Con suerte incluso podrían tener algún tipo de registro de quiénes se marcharon y a dónde habían emigrado.
Consulté el mapa y vi que se encontraba cerca. En realidad, todo lo estaba en aquel pueblo que pasaba por poco de los dos mil habitantes.
Sua caminaba a mi lado. Se detenía a olisquearlo todo; aquel mundo nuevo debía de estar repleto de rastros desconocidos para él.
Acabábamos de girar una esquina cuando empezó a gruñir.
—¿Qué pasa? —pregunté mirando alrededor.
Yo no veía nada. Tampoco a nadie. Solo una calle vacía. Sin embargo, sus gruñidos fueron a más. Había algo allí que no le gustaba.
Se quedó inmóvil, con el lomo erizado. Miraba hacia las casas, a las ventanas cerradas, una tras otra.
Tiré de la correa.
—Vamos, anda.
Enseñó los dientes. Un gruñido bajo, sostenido.
Seguí su mirada hacia una ventana. Creí ver un leve movimiento, pero cuando fijé los ojos ya no había nada.
No me gustaba. Tenía la sensación de que nos observaban. No sabría decir desde dónde, pero sentía esas miradas clavadas en nosotros.
—No pasa nada —dije, agachándome junto a él—. Es solo una calle más.
Le rasqué detrás de las orejas, le acaricié el lomo. Al final logré que avanzara. Nuestros pasos resonaban en el silencio de aquel lugar expectante.
Pero apenas unos metros más allá se paró en seco. Ladraba fuera de sí. Con el rabo entre las patas y sin apartarse de mí. Nunca lo había visto tan alterado.
A mí también me sobresaltó aquella silueta.
Vestía de negro de la cabeza a los pies.
Encorvada, con un pañuelo cubriéndole la cabeza.
La aparición duró apenas unos segundos, los que necesitó para desvanecerse por una estrecha calle lateral.
Antes de hacerlo, se giró hacia nosotros y nos observó en silencio.
Los rasgos del rostro, duros y angulosos, tan negros como su vestimenta, me hicieron detenerme en seco. Pero lo que realmente me hizo contener el aliento fue reconocer en su mano el huso y la lana.
La vieja hilandera.
Me obligué a respirar lentamente. Me repetí una y otra vez que solo se trataba de un carnaval. Sin embargo algo me decía que Ottana entera conspiraba para que cogiera mis maletas y me marchara de allí.
—Solo cuando tenga las respuestas —me aseguré con menor firmeza de la que me hubiera gustado.
Dos calles más allá, la bandera italiana y la sarda que ondeaban en una fachada sobria me permitieron identificar el ayuntamiento.
La puerta estaba cerrada y el horario que colgaba de ella no me regaló buenas noticias. Solo abría de lunes a viernes.
Estábamos a sábado.
Dejé escapar un lento suspiro. Tendría que esperar.
Era eso o probar otro camino.
¿Y si preguntaba en el bar?
No.
Esa tampoco parecía la mejor opción. Lo más sensato sería tratar de pasar desapercibido el resto del fin de semana y acudir al ayuntamiento el lunes.
Aunque tampoco guardaba grandes esperanzas sobre lo que pudiera encontrar en sus archivos.
Quizá no contaban con censos de unos años convulsos.
La administración local debió de cambiar de manos en aquellos tiempos, igual que un Estado del que los fascistas de Mussolini habían sido desplazados.
Pensaba en ello cuando el teléfono vibró en mi bolsillo.
Una llamada.
No conocía el número. Se trataba de un móvil.
—¿Sí?
—¿Dónde está? —me saludó un torrente de voz.
Me aparté el teléfono para volver a mirar la pantalla. No, allí no ponía ningún nombre. Sin embargo, me había parecido reconocer a mi interlocutor.
—¿Castaños? —pregunté.
—Oficial Castaños —subrayó el policía—. ¿No está en casa?
—No.
—Pues acérquese por aquí. Le espero en la puerta.
—Me temo que no va a ser posible.
—¿Por qué? ¿Dónde está?
—En Cerdeña.
Un largo silencio siguió a mi respuesta. Imaginé a aquel ertzaina pestañeando incrédulo.
—Déjese de bromas y venga ahora mismo. Necesito hacer algunas comprobaciones.
Repliqué que no me lo estaba inventando y le aseguré que en un par de días me tendría de vuelta.
—Le ordené que no se fuera lejos y usted responde desde una isla a mil kilómetros…
—Creo saber quién está detrás de los crímenes.
—Yo también lo sé. Y me acaba de quedar aún más claro —zanjó Castaños—. Vuelva inmediatamente, Jon. Si de verdad está usted en Italia, regrese en el primer vuelo o me obligará a pedirle al juez una orden de detención.
No me dio opción a responder antes de que cortara la comunicación.
—¡Joder! —exclamé con rabia. Era frustrante que la investigación estuviera en manos de aquel tipo tan obtuso.
Acababa de guardar el teléfono cuando una sombra emergió de un callejón lateral y me hizo dar instintivamente un paso atrás. Me costó contener un grito de terror cuando su rostro, oscuro como la noche y retorcido en una mueca, se acercó al mío.
Se trataba de otra de esas extrañas criaturas que el carnaval había llevado a las calles de Ottana. Pero saber que solo era un disfraz no evitó que mi corazón se desbocara.
—¿Quién eres? —me preguntó a bocajarro. Reconocía esa voz, esa mirada a través de los agujeros. Se trataba de la joven que me había salvado la víspera de las garras de la vieja hilandera—. ¿Por qué estás haciendo preguntas sobre Grazia?
No entendía nada.
—¿Grazia…? —balbuceé antes de comprender que se refería a la acabadora.
No tuve tiempo de añadir nada más antes de que ella volviera a tomar la palabra.
—Te espero en esta dirección cuando se ponga el sol —indicó deslizando en mi mano un papel doblado—. Asegúrate de que no te sigue nadie antes de llamar a la puerta.
Apenas había terminado de decirlo cuando se esfumó de nuevo, dejándome solo en mitad de la calle.