Bajamar Capítulo 51
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Capítulo 51

Por la mañana, tras un café rápido con Elena y Giuseppe, puse rumbo a la iglesia.

No se me ocurría un lugar más adecuado para comenzar la búsqueda. Los archivos parroquiales son a menudo mejor fuente de información que los ayuntamientos.

Me detuve frente a la escalinata del templo, una hermosa construcción románica de piedra negra y roja que destacaba con solemnidad sobre las casas del centro de Ottana.

La temperatura era agradable. El sol de primera hora caía con suavidad y todo estaba envuelto en ese silencio propio de los pueblos de interior.

Mandaba el olor a campo seco con algunos leves matices de plantas aromáticas.

Un tractor pasó junto a mí arrastrando un remolque vacío.

Su conductor me observó con poco interés y no respondió al saludo de mi mano.

Nada que ver con el frenesí casi diabólico que había desbordado aquellas calles solo unas horas antes. El rugido de los cencerros era ya un eco tan lejano que, por un momento, llegué a pensar que lo había imaginado.

Sua exploró encantado aquella pequeña colina que marcaba el centro de Ottana. Se detenía en cada mata de romero y la olfateaba antes de seguir adelante.

No tardó en traerme una piña para que se la lanzara.

Cuando se cansó de correr de un lado para otro, pude subir por fin hasta la puerta de la iglesia y comprobar que estaba abierta.

—¿Me esperas aquí? —le pregunté, atando su correa a una cañería que bajaba del tejado.

Sua se dejó hacer sin protestar y se tumbó al sol, con su piña entre las patas.

Recorrí la nave con la mirada nada más cruzar el umbral.

La piedra oscura de las paredes y la cubierta de madera a dos aguas invitaban al recogimiento.

Allí dentro no había espacio para los dorados ni los excesos ornamentales.

Al contrario. Era una iglesia de formas puras, una sinfonía al vacío y la sobriedad, presidida por un sencillo Cristo crucificado.

No vi a nadie, pero unas voces me llegaron desde la sacristía.

— Buongiorno —saludé asomándome al interior.

Había tres personas en ella: un hombre y dos mujeres.

El alzacuellos y el tono apagado de su camisa eran lo único que identificaba al párroco. Le calculé cincuenta años bien llevados.

Las otras dos eran mayores. Hermanas, sin duda. Gemelas. Y saltaba a la vista que acudían a la misma peluquería. Quizá la única del pueblo.

Una de ellas sostenía un cubo con diferentes productos de limpieza. La otra, una escoba.

El cura se giró hacia mí con una sonrisa. Tenía un rostro redondo, de rasgos amables y mirada serena.

— Salve. Buongiorno —dijo tendiéndome la mano—. Don Matteo.

—Jon —respondí estrechándosela.

Tras intercambiar unas frases de cortesía, el sacerdote me preguntó en qué podía ayudarme.

Tragué saliva. Era el momento de abordar el tema que me había llevado a Cerdeña.

Le expliqué que venía de un lugar al que una vecina de Ottana había emigrado mucho tiempo atrás.

—Esta isla es una tierra de emigrantes. Son muchos quienes se marcharon… —señaló el párroco. Su tono se había tornado condescendiente.

—Y quienes todavía lo hacen —lo interrumpió una de las hermanas. Se habían apartado un par de pasos, pero no disimulaban su interés por nuestra conversación—. Aquí ya solo quedamos los viejos.

La otra discrepó. El idioma que empleaban era un italiano salpimentado con palabras y expresiones sardas, y si entendía muchas de ellas era solo gracias al contexto en el que las pronunciaban.

—Están viniendo jóvenes últimamente. Mira esa pareja que ha comprado la casa de Rosalia. Ella cumplió los treinta y dos la semana pasada. Y esperan familia. Ahora con eso de trabajar a distancia… Hay quien se ha dado cuenta de que aquí se vive mejor que en la ciudad.

Don Matteo negó ostensiblemente.

—Son una mosca blanca. —Mi gesto confundido lo animó a aclarar que se refería a la excepción que confirmaba la regla, algo así como las habas contadas del castellano—. Todavía son muchos más quienes se van. El interior de esta isla morirá con nuestra generación.

El asunto de la despoblación rural no era nuevo para mí. A dos mil kilómetros de allí, los pueblos de la península ibérica también se estaban desangrando.

En cualquier caso, aquel debate no era lo que me había llevado a embarcarme en un largo viaje a través del Mediterráneo.

—Lekeitio, la costa vasca. ¿De verdad no les dice nada? —insistí.

El sacerdote negó sin detenerse un momento a pensarlo.

—Lo siento. Como le digo, muchas personas han dejado esta región.

—No se trataba de una mujer cualquiera —dije tras carraspear para aclararme la voz.

Me costaba encontrar las palabras que venían a continuación—.

Era alguien… especial. Recurrían a ella quienes precisaban…

—Algo me decía que no era el público ideal para lo que estaba a punto de explicar, pero no tenía alternativa—.

Era una mujer que ayudaba a acabar con el sufrimiento de quienes agonizaban.

No se me escapó el efecto que causó en ellos mi última frase. Las dos hermanas se santiguaron y el sacerdote cruzó con ellas una mirada incómoda antes de negar con crudeza.

—Leyendas sin fundamento… Aquí no hay acabadoras. Ni aquí ni en ningún otro lugar de esta isla. Le han informado mal. —Ya no sonreía. Incluso su voz se había tornado más fría.

—Le estoy hablando de hace muchos años. Esa mujer debió de marcharse de aquí en torno a mil novecientos cincuenta.

—No. Ni ahora ni entonces —respondió categóricamente don Matteo—. Son solo cuentos. En Cerdeña somos buenos cristianos. Es Dios quien decide cuándo morimos, no una mujer con un mazo ni tampoco unos médicos empeñados en suplantar al Altísimo.

Su respuesta fue un jarro de agua fría.

—¿Me permitiría consultar sus archivos parroquiales? —dije señalando los anaqueles repletos de libros que tenía a su espalda—. Es importante que dé con ella.

El gesto congelado del hombre de iglesia no cambió un ápice.

—No es necesario que pierda el tiempo con ninguno de esos libros. Yo se los resumo: ni hubo, ni hay ni habrá en Ottana nadie dedicado al falso oficio al que usted se refiere. Olvídelo.

No pretendía encontrar algo tan explícito.

—Quizá pueda dar en sus páginas con información sobre las personas emigradas.

Don Matteo esbozó una sonrisa forzada mientras caminaba lentamente hacia la puerta. No era necesario dominar idiomas para comprender que me estaba invitando a abandonar su iglesia.

—Son libros delicados —zanjó en tono autosuficiente—. Lo siento, pero no puedo permitirle hurgar en ellos. Guardan la historia de esta tierra. Las vidas de sus vecinos están ahí dentro. Mi cometido es que lleguen sanos y salvos a las generaciones futuras.

—Pero…

El sacerdote alzó una mano para interrumpirme. La otra la apoyaba en mi espalda en un aparente gesto amistoso que en realidad pretendía empujarme a la salida.

—Olvide esos cuentos y regrese al mundo real. Todo lo demás será una pérdida de tiempo. Disfrute de la Barbagia. Esta región tiene mucho que ofrecerle si deja de lado esas supersticiones absurdas.

No se conformó con sacarme de la sacristía. Me acompañó hasta la puerta y se aseguró de que salía del templo.

Sua nos recibió con un gruñido poco amistoso. No le gustaba el cura, era evidente.

Me giré para objetar algo. No podía marcharme de allí sin intentarlo una vez más.

Pero antes de que fuera capaz de abrir la boca, don Matteo me había cerrado la puerta de su iglesia en las narices.