Bajamar Capítulo 50
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Capítulo 50

Un crucifijo enorme sobre la cabecera de la cama y un par de angelotes apoyados en una cómoda parecían encargarse de proteger la habitación.

Por si no fuera suficiente, la ventana estaba enrejada.

Aquello era una auténtica celda doméstica, más propia de un convento que del dormitorio de una anciana.

No era el lugar más acogedor ni el más moderno del mundo, pero tenía sábanas limpias y eso bastaba. Solo necesitaba una cama donde dormir y una ducha, aunque fuera compartida con Giuseppe y su mujer.

—Aquí tiene toallas —indicó ella, abriendo un armario que olía a naftalina.

Se llamaba Elena y su primera reacción al ver a su marido llegar con un forastero fue de incredulidad. Superado aquel momento de tensión, se estaba mostrando una buena anfitriona.

—Coja lo que necesite. Y puede usar también el gel y el champú que hay en la bañera. Está en… —Titubeó, poco habituada a aquella fórmula—. Está en su casa.

Antes de irse, barrió el dormitorio con la mirada y se acercó a estirar una arruga de la colcha.

Cuando cerró la puerta me dejé caer en la cama.

Los cencerros y la algarabía propia de la fiesta se colaban todavía por la ventana. También algunos retazos de música y el resplandor de alguna hoguera.

Poco importaba. Estaba agotado. El largo viaje me estaba pasando factura.

Bostezando, saqué el móvil del bolsillo para consultar la hora. Me sorprendió comprobar que había recibido un mensaje de Itziar. No sabía nada de ella desde que le había hecho llegar la foto de su hermano en plena faena furtiva.

Se trataba de un enlace a una noticia del diario.

Bastó un vistazo al titular para que se me encogiera el estómago.

Detenido un vecino de Lekeitio por pesca ilegal de angulas.

La imagen que acompañaba al texto era demoledora.

Jokin Mendibe, con expresión seria y las manos esposadas a la espalda junto a un coche patrulla.

Pero había algo más. Un detalle que pasaría desapercibido para quien no viviera en Lekeitio, y que a esa hora correría como la pólvora por todos los mentideros de la villa marinera.

Porque la policía que lo conducía al vehículo era su propia hermana.

Leí la noticia. Hablaba de reincidencia, de aperos de pesca incautados y de contactos con una red de tráfico internacional de una especie en peligro de extinción. La Ertzaintza se había hecho cargo de una investigación iniciada por la Policía Local de Lekeitio.

Itziar había añadido en su wasap una sola palabra:

Gracias .

Volví a observar la foto con un nudo en la garganta. Aquel momento debía de haber sido uno de los más duros de toda su vida. Y, aun así, lo había hecho. Un acto de valentía y de lealtad a sí misma y a los valores en los que creía.

Marqué su número.

—Hola —me saludó su voz antes incluso de que llegara a sonar el primer tono.

—¿Cómo estás?

—No lo sé. Bien y mal, supongo. He traicionado a un hermano, pero he cumplido con mi deber.

—Es muy difícil lo que has hecho —respondí—. Y te honra. De verdad.

Ella suspiró.

—Tendría que haberlo hecho antes. Me he pasado media vida encubriéndolo en sus mil y un enredos al margen de la ley.

Si le hubiera parado los pies desde el primer momento, hoy no estaríamos así.

Pero él no ha matado a nadie, Jon. Pondría la mano en el fuego por Jokin y sé que no me quemaría.

Mi hermano será un malandro de mucho cuidado, pero no es un asesino.

Respiré hondo.

—Ojalá tengas razón.

—La tengo —insistió ella sin atisbo de duda—. ¿Y tú, dónde estás? ¿Qué es ese ruido?

—Es una especie de carnaval. Estoy en Cerdeña. —Le expliqué lo de Goiko, lo del martillo y todo lo demás.

—Por eso regresaste a las marismas. Querías comprobar si Claudio… —comenzó a decir ella.

—Intenté hablar con él, pero se puso muy violento. Esconde algo, Itziar. Estoy seguro. Ese tipo no es trigo limpio.

—Eso lo tengo claro desde que llegó. A mí no me engaña con el detector de metales. En verano quizá dé con un puñado de euros o, con suerte, un reloj perdido. En invierno, en cambio, ya me dirás.

—Estoy de acuerdo —aseguré—. Y espero poder averiguar algo más por aquí.

—¿Me tendrás al día si lo haces?

—Claro.

Un aviso lejano se coló por el auricular. Alguien la llamaba en voz alta.

—Lo siento, Jon. Tengo que colgar. Estoy en el juzgado. Me espera el juez para ratificar el atestado.

—¿Por lo de tu hermano?

—Sí. Le va a caer una buena. Es un delito grave.

Y más este año. El Gobierno Vasco ha prohibido terminantemente toda pesca de angulas.

Tengas licencia o no la tengas. —Itziar resopló—.

Esta vez no va a librarse. Me da que pisará la cárcel por primera vez en su vida.

Mis padres estarían tremendamente decepcionados.

Espero que, al menos, le sirva para aprender de esta y sea la última.

—Tus padres estarían muy orgullosos de ti, Itziar. Más que orgullosos. —El auricular me trajo el sonido de una puerta al abrirse y de varias voces que se acercaban. La imaginé entrando en una sala con su informe bajo el brazo—. Qué duro. Mucho ánimo, amiga.

—Gracias, Jon. Lo voy a necesitar. Y hazme un favor: no hagas tonterías por allí y vuelve pronto.

Después de despedirme de ella, dejé el teléfono en la cama y me quedé un buen rato con la mirada fija en la lámpara de araña.

Los querubines me contemplaban con sus mofletes sonrosados y su expresión satisfecha.

Sua les había gruñido al principio, pero ya se había acostumbrado a su presencia.

Él también estaba cansado. La alfombra le había parecido un buen lugar donde tumbarse y allí estaba, estirado a los pies de la cama.

Cerré los ojos y me dejé arrastrar por un duermevela azuzado por los sonidos que llegaban del exterior.

Vi a los bueyes y sus pastores, pero sobre todo vi a la vieja hilandera.

Danzaba en silencio junto a las llamas, arrojando al fuego viejos secretos, empeñada en borrar para siempre las vergüenzas del pueblo.

Una censora silenciosa, custodia de un pasado que no estaba dispuesta a permitir que saliera a la luz.

Mis pensamientos inconexos volaron después desde aquel lugar hasta una iglesia a orillas del Cantábrico.

La figura burlona del Mingorri me recibió en ella.

Tres caramelos pendían de su lengua, con sus gotas viscosas derramándose en un suelo al que llegaban convertidas en sangre.

El sinuoso río rojo corría lentamente hasta el altar mayor, donde no había una sola imagen que no estuviera cubierta por grandes pañuelos negros.

Y en medio de todo aquello, don Jesús, el párroco, alzaba el cáliz con la sangre de Cristo. La comunión estaba a punto de comenzar.

Un golpe sordo me hizo girarme de nuevo hacia el demonio.

Su cabeza aparecía ahora rota. Alguien la había destrozado de un martillazo.

Allí seguían los dulces, deshaciéndose con una parsimonia pegajosa.

Tres caramelos; tres víctimas.

No…

¡No eran tres!

Eran cuatro los dulces de goma pegados ya a la lengua.

Lea, Aresti, Maite y…

Me incorporé de golpe. El corazón latía con fuerza en mi pecho. Sentí que me faltaba el aire.

—Basta —me dije dirigiéndome a la puerta.

No podía seguir perdiendo el tiempo. ¿A qué esperaba? No había ido hasta Cerdeña para tumbarme en una cama. Cada minuto que pasara sin saber quién era esa mujer del mazo suponía regalar al asesino un tiempo que podría resultar fatal. Tenía que hacer preguntas. Sin ellas no iba a obtener respuestas.

Salí de mi habitación. Elena parecía amable. Quizá ella pudiera ayudarme.

La encontré en la cocina, rellenando pasta fresca.

—Cenará con nosotros, ¿verdad?

—No se moleste. Gracias. Estoy muy cansado.

—Como prefiera. Estoy preparando culurgiones . Seguro que nunca los ha probado.

—No —reconocí acercándome a la mesa. Parecían raviolis, aunque en forma de espiga de trigo. Desprendían un agradable olor herbal—. ¿Qué es eso que llevan dentro?

—Queso de cabra, patata y menta. Solo los encontrará en Cerdeña. Quédese a cenar. Le gustarán.

Traté de buscar una excusa, pero comprendí de inmediato que no iba a ser fácil. Viernes noche en un pueblo perdido entre montañas… No iba a servirme de nada inventarme una cita o el estreno de una función de teatro.

—¿Puedo preguntarle algo? —dije, obviando su invitación.

Elena alzó la mirada, desconfiada. Dudó un instante.

—Diga.

—¿Ha oído hablar de una mujer que acababa con el sufrimiento de las personas agonizantes?

—Una acabadora… Historias para asustar a los niños —resumió, restándole importancia—. No sé cómo hemos crecido bien con todos esos miedos que nos metían en la cabeza.

Le hablé de la mujer emigrada a Lekeitio, de su martillo de olivo y del misterio que rodeaba su identidad. Aquello no era ningún cuento para niños. Era real.

—Se marchó de aquí a mediados del siglo pasado. Algo la obligó a dejar Ottana. Y es probable que jamás regresara —añadí.

Elena negó con la cabeza sin levantar la mirada de la pasta que no había dejado de rellenar en ningún momento. Su incomodidad era demasiado evidente.

—Lo siento… No puedo ayudarlo. Y, si me permite un consejo, no vaya por ahí preguntando por ese tema. Yo no soy quién para saber si las acabadoras existieron o son meras leyendas, pero estoy segura de algo: lo que no se nombra no existe. Y aquí nadie habla de ellas.