Capítulo 49
Me aparté de la fiesta y empujé la puerta del único bar que encontré.
Dos ancianas que jugaban a las cartas en una mesa me repasaron de arriba abajo sin el menor disimulo.
Algo más discretos fueron el único cliente que permanecía de pie en la barra y la tabernera, aunque también sentí cómo se me clavaban sus miradas.
—¿Qué le pongo?
Buena pregunta. En realidad no me apetecía beber nada. Tampoco comer. Me sentía mareado, confuso. Solo había entrado por apartarme de la siniestra procesión que tenía lugar de puertas para afuera.
—¿Tiene algo de comer? —Sí. Hacía horas que no comía nada. Me vendría bien llevar algo a la tripa.
—Como no quiera un panino …
—Claro. Es perfecto.
Mientras lo preparaba le pregunté si sabía de alguien que alquilara habitaciones. Aún no tenía dónde pasar la noche. En internet no aparecía un solo hotel en la zona.
La tabernera se giró hacia mí con una mueca escéptica.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿En Ottana? —Me miraba como si me estuviera equivocando de lugar.
—Sí o… No sé… Cerca del pueblo.
La mujer frunció los labios y negó con la cabeza.
—Aquí no hay de eso. Nuestro pueblo no interesa a nadie.
Fue una decepción. Tendría que regresar hasta Nuoro para buscar alojamiento. Eso o dormir en el coche.
Oí cuchichear a las ancianas de los naipes. Me giré hacia ellas y comprobé que no se molestaban en apartar la mirada.
—Aquí tiene —dijo la tabernera dejando el bocadillo en la barra.
—Huele bien —comenté por romper el silencio. Pocas veces en mi vida me había sentido tan incómodo.
Ella se limitó a encogerse de hombros con gesto inexpresivo.
Partí un buen pedazo y lo guardé en el bolsillo. Sua debía de estar hambriento.
Más cuchicheos a mi espalda. Seguramente estaban comentando mi extraño gesto.
Tenía ganas de salir de allí. Me sentía estudiado, juzgado hasta el tuétano.
—Yo puedo alquilarle una habitación —me ofreció el otro cliente. Era un tipo que pasaría por poco los cincuenta y que lucía una barba que hacía pensar en el abuelo de Heidi—. No espere lujos. Ni televisor ni nada de eso. Pero tiene estufa. Frío no pasará.
—Me sirve. Pero… —Recordé a Sua—. Tengo perro.
—No hay problema. Puede dormir con usted o, si lo prefiere, puede dejarlo en el garaje. Tendrá que pagar un poco más en todo caso. ¿Cuánto tiempo será? ¿Una noche?
—Tres —aclaré. No había ferry de regreso antes—. ¿Le va bien?
—Claro. Los días que necesite. Mientras pague, puede quedarse.
—Ay, Giuseppe… —le dijo una de las ancianas—. ¿Quién te iba a decir que ibas a hacer negocio con la cama libre que os ha dejado tu suegra? No hace un mes que murió la pobre y ya has encontrado reemplazo.
—Es por hacerle un favor a este hombre —se defendió mi anfitrión.
Las dos señoras se rieron con ganas.
—Siempre has sido una hermanita de la caridad —bromeó la misma que había hablado antes.
—Lo dice doña generosidad —le espetó él, antes de girarse hacia mí—. ¿Viene al carnaval?
—No… Estoy… —Miré alrededor. La tabernera y las ancianas de los naipes también aguardaban mi respuesta sin disimular su interés. Decidí no precipitarme—. Sí… Al carnaval.
—Vaya a ver los nuraghes —me indicó una de las jugadoras.
—¿Qué es eso? —pregunté.
La mujer me dedicó una mirada que viajaba entre el disgusto y el desdén.
—¿No ha oído hablar de ellos? Son las construcciones de los primeros habitantes de Cerdeña. Los que vivían aquí antes de la llegada de los romanos.
Su compañera, que todavía no había abierto la boca, resopló con una mueca burlona.
—Le va a sobrar tiempo. Esos pedruscos se ven en dos minutos y nuestro carnaval solo lo entendemos los de aquí. Me parece que las tres noches acabarán siendo una sola. Y gracias.
Ahora fue Giuseppe quien intervino. No tenía ganas de perder su primer cliente.
—¿Quiere que le muestre su habitación? —me preguntó señalando la puerta.
—Tengo que ir al coche a por mi equipaje.
El hombre se apoyó en la barra.
—Claro. Vaya. Yo lo espero aquí. Mi casa está aquí al lado.