Capítulo 48
Al principio era un leve olor a quemado que atribuí al propio del invierno en los pueblos. Leña ardiendo en los hogares a los que la caída de la noche invitaba a retirarse. Pero solo unas calles más allá, las columnas de humo que flotaban entre las casas me dijeron que se trataba de algo diferente.
Un extraño repiqueteo metálico se sumaba desde algún lugar y también comencé a percibir siluetas que se movían en la lejanía.
—Espera aquí —le dije a Sua, deteniendo el coche en una esquina.
Dos pasos más allá, se desencadenó el caos.
Había fuego. Hogueras grandes y pequeñas a cuyo alrededor danzaba una oscura comitiva de sombras. Rostros extraños, de otro mundo, de otro tiempo, en un trance dionisiaco. El rugido de los cencerros lo devoraba todo.
Ruido, mucho ruido.
Parpadeé en un intento por comprender.
Las llamas acariciaban los rostros de madera, mostraban un inquietante vacío en el lugar que deberían ocupar los ojos.
Eran bueyes.
Bueyes y pastores.
Los animales avanzaban encorvados, envueltos en pieles o en telas oscuras. Bandoleras de pesados cencerros les cruzaban el cuerpo y hacían temblar el mundo con cada sacudida.
A su alrededor se movían sus dueños. Llevaban una cuerda enrollada en una mano y un palo en la otra. Bastaba un gesto, un tirón seco, un golpe en el aire para que la bestia respondiera con un amago de fuga, con una rebeldía animal.
Las máscaras de unos y otros resultaban magnéticas. Otorgaban a los bueyes un hocico, unos cuernos, una expresión fija e indescifrable. Pero eran las de los pastores las que inquietaban de verdad. Negras, toscas, traslucían una ferocidad arcaica que me hizo estremecer.
El fuego, encendido en las plazas y en algunos cruces, dotaba a la noche de un aura tan cálida como inquietante. Las llamas proyectaban en las fachadas las sombras de aquel cortejo ancestral de humanos y bestias, un baile de claroscuros que se retorcía al ritmo metálico de los cencerros.
Sufrí un ataque de tos.
El humo subía despacio, espesaba el aire, y todo lo que quedaba más allá del círculo de luz se convertía en un borde negro, impreciso, donde cualquier cosa podía estar ocurriendo.
Cuando me giré de nuevo hacia el frente fui incapaz de contener un grito.
No esperaba ver a nadie tan cerca. Sin embargo, allí estaba una anciana tan vieja como el tiempo, estudiándome a apenas un palmo de mi cara.
Una máscara. Ella también. Negra, arrugada, con una exagerada nariz aguileña y los ojos hundidos en dos cavidades oscuras. Un pañuelo le cubría la cabeza y le caía sobre los hombros, fundiéndose con un vestido del color de las tinieblas.
Los campanos de los bueyes callaron, expectantes.
O al menos lo hicieron para mí, atrapado por completo en la expresión amenazante de esa hilandera que no se apartaba de mí.
Tal vez fueran solo unos segundos, pero sentí que pasaban horas mientras sus manos nudosas me mostraban la lana que estaba hilando.
Un escalofrío me sacudió de arriba abajo al comprender que ese hilo tan frágil representaba mi propia vida.
La anciana acercó a él una tijera oxidada. Su rostro gélido también se aproximó aún más, hasta que pude sentir su aliento. Y cuando la cizalla amenazó con cortar la lana, unas manos me cogieron de los hombros y me apartaron de allí.
Alcé la mirada para encontrarme con una de esas frías máscaras animales.
—¿Estás bien? —me preguntó. Era una voz joven. De mujer. Igual que la mirada que alcancé a ver a través de los ojos de la máscara.
Me obligué a asentir.
—Sí… Solo un poco mareado. El humo…
—Lo siento. Les encanta asustar a los forasteros.
—Estoy bien. No te preocupes.
Ella me observó en silencio y solo cuando estuvo segura de que decía la verdad, me dio un apretón en el brazo.
—Bienvenido a Ottana —dijo con un tono que me hizo intuir una sonrisa bajo la máscara. Después dio un paso atrás y se dejó devorar por el fuego y las sombras.