Capítulo 47
No era la Cerdeña de las publicaciones de Instagram ni los catálogos turísticos.
Nada de playas de arena fina y aguas cristalinas.
En su lugar, Porto Torres me recibió con grúas y silos para el grano.
También con chimeneas fabriles y el trajín habitual en un puerto industrial.
Camiones que hacían cola para adentrarse en la barriga del ferry, un tren que corría lento con sus vagones cargados de mercancías, grandes depósitos de combustible…
De no haber sido por la parada fugaz que realicé en la primera cafetería que vi, no me hubiera sentido en Italia.
Pedí un café y un cornetto relleno de crema.
El leve gusto a naranja del hojaldre me devolvió a Lecce, la ciudad del tacón de la bota donde había vivido un curso entero. Cuarto de Medicina por cortesía del programa Erasmus. Aunque de eso hacía media vida.
Observé que las costumbres no habían cambiado.
Gentes que iban y venían, que apuraban su café de un trago, sin ceremonias ni charlas.
Una mera gasolina para continuar con la jornada.
Hasta la siguiente parada para repostar cafeína.
Nada que ver con esos cafés interminables, de mesa y tertulia, predominantes a nuestro lado del Mediterráneo.
Los clientes eran en su mayoría operarios del puerto, pero también reconocí otros viajeros como yo, recién apeados del ferry.
La siguiente hora la pasé al volante a través de una llanura que parecía no tener fin.
El verde vibrante que caracteriza el cereal en invierno pintaba cada rincón de ese mundo insular.
De vez en cuando alguna aldea, arracimada en torno a un campanario, se asomaba tímidamente a la carretera.
Ellas y algunas encinas solitarias eran las únicas que profanaban la monotonía de aquel mundo gobernado por las líneas rectas.
Me recordaba a los campos de Castilla a través de los que discurren buena parte de las cinco horas que separan Madrid de Lekeitio.
Sentado en el asiento del copiloto, Sua no perdía detalle de ese paisaje tan diferente al de su casa. Al de nuestra casa.
—¿Qué te parece? —le pregunté apoyándole la mano en el lomo.
Me contestó con un bostezo.
—No hacía falta que lo dijeras tan claro —murmuré entre risas.
A mí también se me hacía un poco monótono, pero no me disgustaba. Esos horizontes tan amplios me contagiaban una serenidad de la que andaba escaso en los últimos tiempos. Al menos por unos días, Cerdeña me iba a permitir respirar lejos de la olla a presión en la que se había convertido Lekeitio.
El perro no tardó en volver a bostezar. Después se recostó en el asiento y cerró los ojos.
Había sido una suerte descubrir ese ferry que unía Barcelona y Roma, con escala en Cerdeña, porque el avión para el que había estado a punto de comprar el billete no admitía animales a bordo.
Encendí la radio en busca de una compañía que Sua no parecía dispuesto a ofrecerme.
Conforme giraba el dial pasé de un debate sobre la gestión de las basuras a la última derrota de algún equipo de fútbol local. La emisora que consiguió retenerme más tiempo fue una donde explicaban las virtudes del pan sardo y daban las claves para poder elaborarlo en casa.
Celebré que, a pesar del tiempo transcurrido desde mi Erasmus en el extremo sur de Italia, el idioma siguiera resultándome familiar. Lo iba a necesitar para averiguarlo todo sobre aquella mujer llegada a orillas del Cantábrico muchos años atrás.
Pensaba en ello cuando el reino del cereal comenzó a quedar atrás.
Al principio los árboles solitarios se convirtieron en pequeños bosquetes.
Después la carretera olvidó las largas rectas y comenzó a culebrear entre colinas.
Tras una de ellas apareció Nuoro, el último núcleo de población de cierta entidad antes de que la vía se estrechara para adentrarse entre las montañas de la Barbagia.
El corazón agreste de la isla se dibujó con fuerza al otro lado del parabrisas. Un territorio duro, de granito y lentisco, de silencio y despoblación.
—Esto te gusta más, ¿eh? —dije al comprobar que Sua se había despertado y observaba los rebaños de ovejas que pastaban aquí y allá. Quizá fuera una buena idea buscarle un hogar entre los pastores de los montes que rodeaban Lekeitio.
Los kilómetros se hicieron eternos entre tanta curva. Cuando el cartel que identificaba Ottana apareció finalmente a la orilla del camino, el sol había perdido ya toda su fuerza. Las garras del horizonte no tardarían en atraparlo.
Al principio fueron algunas casas dispersas. Después las calles comenzaron a tomar forma. Edificios bajos, de tonos ocres y grises, con fachadas austeras. Un pueblo agrícola donde los ritmos los seguían marcando las estaciones y su traducción en las cosechas.
Un lugar, en definitiva, poco acostumbrado a recibir forasteros y donde parecía evidente que la vida sucedía de puertas para adentro. Uno de esos que invitan a dar la vuelta y regresar por donde has llegado.
Algo me decía que no iba a resultar fácil, pero no pensaba echarme atrás. Una hija de aquel lugar había emigrado a la costa vasca, llevando consigo una vieja tradición sarda, que parecía estar detrás de los crímenes que estaba decidido a esclarecer. Y pensaba llegar hasta el final.