Capítulo 46
—¿Italiana? —Lourdes entrecerró los ojos, pensativa, antes de negar con un gesto—.
Lo siento, Jon. No recuerdo a ninguna. Me parece que te han informado mal.
Si hubiera vivido una temporada en Lekeitio, la conocería.
Todo el mundo come pescado antes o después.
—La pescadera se volvió hacia el puesto vecino—.
Mila, ¿a ti te suena una italiana que vivía aquí en los años ochenta?
—En el ochenta y seis —maticé.
—No. Para nada —respondió aquella pesando unas sardinas.
—¿Ves? Lo que yo te decía —señaló Lourdes retomando la palabra—. ¿Y para qué la buscas?
Respiré hondo. No tenía ganas de perderme en explicaciones, y menos después del disgusto con el que había abandonado el centro de salud. Estaba deseando llegar a casa, donde mi baja médica iba a mantenerme unos cuantos días.
—Nada. Cosas mías —dije restándole importancia.
Mi mirada recaló entonces en alguien.
Era Itziar. De uniforme. Venía hacia el puesto de Lourdes con paso decidido.
Esbocé una sonrisa de compromiso. Sabía que iba a ser difícil.
Sin embargo, en cuanto su mirada se cruzó con la mía, frenó en seco, simuló consultar algo en el móvil y se perdió por una calle lateral.
—¿Qué le has hecho? Porque ha sido verte y darse la vuelta —preguntó Lourdes.
—Qué va… Qué cosas tienes —respondí fingiendo que me reía de su ocurrencia, pero yo también lo había visto con total claridad.
La inspectora me había evitado. Tampoco me había respondido al mensaje que le había escrito de madrugada desde las marismas tras descubrir que Jokin no había cumplido su palabra.
—A mí no me engañas, Jon… Es un asunto de amores. ¿Me equivoco? —planteó Lourdes mirándome de reojo mientras esparcía hielo por encima del pescado—. Pues haríais buena pareja. Y es buena chica. A tu madre le gustaría.
Esta vez me reí con ganas.
—Me voy para casa. Sua me está esperando —dije lanzándole un beso.
—Eso… Escapa, cobarde —se burló la pescadera mientras me alejaba.
Apenas había dado un puñado de pasos cuando una voz me llamó a mi espalda.
Me sorprendió ver que se trataba de Goiko.
—Lo tengo —dijo tendiéndome un documento.
—¿Y esto? —pregunté tras comprobar que era una simple póliza de decesos. No entendía nada.
El viejo patrón señaló una anotación a mano. Ocupaba el extremo inferior del papel. Solo dos palabras. A bolígrafo. En negro.
Ottana. Cerdeña.
—Ese era el pueblo del que venía aquella mujer —aseguró—.
Recordaba que comenzaba por O. Y también que lo situaba en el centro de la isla, en los límites de una zona montañosa cuyo nombre me hizo pensar en los bárbaros: la Barbagia.
Ahí lo tiene. He pasado un buen rato buscándolo en el mapa. Quizá le sirva de algo.
—Ottana —repetí en voz baja. No era mucho, pero al menos contaba con un punto de partida.