Bajamar Capítulo 45
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Capítulo 45

Cuando llegué al centro de salud, tuve que abrirme paso entre quienes aguardaban a que dieran comienzo las analíticas de primera hora. Eran más de veinte y formaban una fila que defendían con determinación férrea.

—A la cola… —masculló alguien entre dientes.

Otro murmullo aclaró que no me estaba colando. Era médico. El madrileño.

—El de los periódicos —añadió otra voz, aún más bajo.

Apreté el paso para no oír más. Temía que lo siguiente que llegara a mis oídos doliera.

La puerta automática estaba cerrada. Llamé con los nudillos y vi a Nerea asomar la cabeza por encima del mostrador antes de pulsar el botón que activaba la apertura.

—Ya podrían dejarnos entrar. Nos vamos a helar —protestó alguien cuando las dos hojas de vidrio volvieron a cerrarse a mi espalda.

Mi compañera se levantó para recibirme.

—Vaya susto ayer… —murmuró abrazándome—. Menos mal que al final no fuiste con ella al barco. Cuando oí la noticia… Y encima tardaste dos horas en cogerme el teléfono. ¡Ya pensaba que tú también…!

—Estaba con los ertzainas. Bastante lío tenía —me excusé.

Unos pasos rápidos resonaron en el pasillo. Era Cristina.

—Joder, Jon… —soltó en cuanto me vio. Se acercó y me rodeó con los brazos; tuve que apartarme al notar que el abrazo se prolongaba demasiado—. Ayer casi me da algo. Qué cerca has estado… De verdad, deja de jugar con fuego.

Me emocionó ver que estaban tan afectadas.

Sin embargo, no pude evitar una punzada de tristeza.

¿Dónde estaba el pesar por quien era la verdadera víctima del nuevo crimen?

Maite Iturri, la mujer amable que se había ofrecido la víspera a convertirse en un bastón para ayudarme contra mis miedos, había sido brutalmente asesinada.

Nerea regresó al ordenador para imprimir mi listado de citas.

—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó extrañada—. Falta casi una hora para tu primera consulta. ¿Te ha expulsado la cama a patadas?

—Necesito que me eches una mano —confesé.

—¿Yo?

—Sí. Estoy buscando a una italiana. De Cerdeña. Mayor. Muy mayor —dije señalando el ordenador—. ¿Puedes buscarla?

—Como no seas un poco más preciso…

—Claro, perdona. —Acerqué una silla y me senté a su lado—. Ayer vino alguien a verme.

—¿Quién?

Su interés no me sorprendió. Era Nerea. Necesitaba poner nombre a todos.

—Alguien. No importa quién —indiqué. Goiko había confiado en mí. No podía fallarle—. El asunto es que me habló de esa mujer. Podría tener algo que ver con los crímenes.

—Te explicas fatal —se rio Cristina, sentándose en el borde de una cajonera.

—Menos mal que no soy la única que no entiende nada —celebró Nerea.

Respiré hondo. Mis compañeras tenían razón. Sería mejor comenzar de nuevo. Los nervios y la falta de sueño me estaban pasando factura.

—Año mil novecientos ochenta y seis…

—El que yo nací —me interrumpió Cristina.

—¿Quieres dejarle continuar? —la regañó Nerea—. Ahora que parecía que iba por buen camino…

—Perdón.

—Pues eso… El año en que Cristina nació agonizaba una mujer —continué.

—La italiana.

—No. La italiana lo que hizo fue ofrecer su ayuda para acabar con el sufrimiento de la enferma. ¿Y sabéis qué empleaba para hacerlo? Un martillo. Uno como el arma homicida de los tres crímenes de estos días.

Nerea mostró una mueca de desagrado.

—No sé quién es tu informante misterioso, pero ha visto muchas películas.

—De terror, además. Vaya mal rollo… —añadió Cristina.

No quise discutir con ellas. Creía a Goiko. Si alguien parecía tener la cabeza bien amueblada en Lekeitio era él.

—Esa mujer llevaba años viviendo aquí. Tenemos que averiguar de quién se trataba.

—¿Por qué no le preguntas a tu informante? —intervino Nerea.

—Porque no sabe nada. Ni la había visto antes ni volvió a verla después.

—Es muy raro. Esto no es Madrid. Aquí antes o después acabas cruzándote con todo el mundo —apuntó Cristina.

Nerea respiró hondo mientras se giraba hacia el ordenador.

—Esto está prohibido —me advirtió—. Yo no te he dado ni un solo dato de aquí.

—Ni uno —prometí.

—Coge papel y apunta. Y después lo quemas. Podría quedarme sin trabajo.

—No te preocupes, Nerea. Nadie sabrá nunca de dónde ha salido la información.

La administrativa interrogó a Cristina con la mirada.

—Yo soy una tumba.

—Más te vale.

Unos nudillos llamaron a la puerta.

—Aquí viene Mikel —señaló Cristina pulsando el botón de abrir.

—¿Esta gente no tiene casa? —resopló el enfermero quitándose el abrigo—. Tienen cita a partir de las ocho y media. ¿Qué hacen tanto rato en una cola? Ya saben que no voy a dejar a ninguno sin sacarle sangre. Es agotador. Todos los días lo mismo…

—Y la mayoría no tendrá nada que hacer durante el resto de la mañana —añadió Nerea sin apartar la vista de la pantalla. Estaba probando todo tipo de búsquedas, pero por el momento no parecía dar con nada.

—Mikel, ¿tú recuerdas a una italiana que vivió aquí hace muchos años? —preguntó Cristina desde su cajonera.

—Si no concretas más… ¿De cuándo estamos hablando?

—Del ochenta y seis.

—A ver, guapa… Que no soy tan viejo. Yo entonces tenía quince años. ¿Cómo pretendes que recuerde algo así?

—Olvida el año concreto —intervine—. Creemos que pudo continuar viviendo por aquí. Quizá hasta siga por la zona.

—¿Cuántos años tendría hoy? —preguntó Nerea, buceando todavía en los datos informáticos.

—Más de noventa.

El enfermero arrugó la nariz.

—No sé. Turistas italianas he atendido unas cuantas en mi carrera.

La última hace solo unos días. Una chica que había pisado un erizo de mar.

Menudo estropicio se hizo… —Negó con la cabeza mientras se abotonaba la bata azul—.

Ninguna que yo sepa se quedó a vivir. Siento no poder ser de más ayuda.

El único que se me viene a la cabeza es el hombre ese de la playa. El del detector de metales.

—Claudio —maticé.

—No sabía ni que se llamara así —admitió Mikel—. ¿Y todo esto a qué viene?

—Aquí, nuestro inspector Gadget —respondió Cristina con una mueca divertida—. Que cree que ha dado con la asesina.

—¿Una anciana de casi cien años? —planteó el enfermero sin ocultar su incredulidad.

No quise perderme en explicaciones, quizá porque ni siquiera yo mismo las tenía. De momento lo más importante era identificar a la mujer del martillo de olivo. Después llegaría lo demás.

—¿Podemos saber si Claudio proviene de Cerdeña? —le pregunté a Nerea.

Ella sacudió la cabeza.

—Para eso tendría que haber pasado por aquí y ese tío no ha pisado este ambulatorio. No está dado de alta en el sistema.

—A mí no me gusta —admitió Mikel mientras se dirigía a la sala de extracciones—. Pero es solo una opinión personal.

—Nada —dijo Nerea girándose hacia mí—. Las únicas italianas a las que hemos atendido figuran como visitantes puntuales. Ninguna con residencia fija en la zona.

—Es extraño —señalé desanimado—. Una persona que habita durante años en un lugar acaba acudiendo al médico antes o después.

—No es tan raro —me corrigió la administrativa—. No hace tanto tiempo que se informatizó el registro de pacientes. En el ochenta y seis, desde luego no lo estaba. Antes, si alguien venía por aquí se le atendía y punto. Ahora lo guardamos todo, pero entonces…

Asentí con un suspiro. Tenía la esperanza de que el ordenador de Nerea pudiera ser de más ayuda, pero acababa de echarme por encima un buen jarro de agua fría.

Tendría que buscar en algún otro lugar.

Nerea me entregó el listado de mis citas de la jornada. Su gesto de circunstancias no anticipaba nada bueno.

—Hoy te vas a aburrir. Cada día te cancelan más. Vas a tener que empezar a traerte sudokus.

Observé el papel. Los huecos ganaban la partida a las filas con nombre. Dolía esa pérdida de confianza por parte de quienes habían sido mis pacientes.

Todavía iba camino de mi consulta cuando la directora me salió al paso.

—Hola, Jon. ¿Cómo estás?

Agité el listado ante ella.

—He estado mejor.

—Lo sé. No te mereces todo esto. Y se te nota. Estás cansado, afectado… No puedes seguir pasando consulta en estas condiciones.

—Puedo trabajar.

—No lo pongo en duda. Pero ahora mismo no es lo más prudente.

¿Me estaba diciendo que me fuera a casa?

—¿A qué viene esto? ¿Es por las citas que me están cancelando?

La directora sostuvo mi mirada apenas un segundo antes de apartarla.

—Los usuarios no están cómodos. Todo se aclarará, Jon. Eres un buen médico y no dudo de tu inocencia, pero ahora es mejor que descanses.

—¿Mejor para quién? Estoy bien. Me gusta mi trabajo.

—Mejor para todos, Jon. Para ti sobre todo. Asúmelo. Tu salud mental pide a gritos unos días de descanso. —Señaló hacia el otro extremo del pasillo—. Pasa por la consulta de la doctora Bescós, por favor. Tiene preparado tu parte de baja.