Bajamar Capítulo 44
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Capítulo 44

Las gotas de lluvia se fundían con el aroma a eucalipto y pino de repoblación que impregnaba la noche. Era apenas un sirimiri, una leve cortina de agua que acariciaba mis mejillas y se perdía en una tierra acostumbrada a recibirla.

El silencio lo envolvía todo. Un silencio que hubiera sido total de no ser por el murmullo del Lea en su carrera hacia el mar y de las gotas que se desprendían de los árboles para caer en la hojarasca.

Me detuve en seco al verla.

La caravana de Claudio se recortaba junto a los muros en ruinas del viejo hospital.

Había luz tras sus ventanas. Una luz amarillenta que brotaba al exterior sin dotar de un ápice de calidez a aquel entorno hostil.

—Y ahora ¿qué? —me pregunté en un susurro.

Era una buena pregunta.

Había llegado hasta allí en coche, siguiendo la carretera que une Lekeitio con Markina. Semanas atrás no hubiera dudado a la hora de enfrentarme a la senda de las marismas en plena noche. Pero estaba aprendiendo a cuidar mejor de mí mismo.

O eso quería creer.

Y también de Sua. Esta vez lo había dejado en casa. No podía permitirme que volviera a pasarlo mal por mi culpa.

Me había puesto en camino pocos minutos después de marcharse Goiko. La visita del viejo patrón había despertado en mí demasiadas preguntas y no pensaba esperar al día siguiente para intentar encontrar respuestas.

¿Qué estaba haciendo realmente ese italiano en Lekeitio?

¿Quién se ocultaba tras ese disfraz de bohemio buscador de tesoros?

Todavía resonaban en mi cabeza sus palabras en el Muga. Esas horas que te golpean hasta que una última te envía a la tumba. Igual que el martillo de aquella mujer misteriosa.

No podía ser una simple casualidad. Y menos cuando Maite había muerto de un martillazo apenas una o dos horas después de que las pronunciara.

—Y ahora ¿qué? —me repetí. Porque llegar hasta donde me encontraba no era más que la primera parte. Me faltaba reunir el valor suficiente para actuar.

Decidí hacerlo con naturalidad. Llamaría a la puerta y le haría las preguntas que me habían llevado en su busca.

Eso era todo.

Sin embargo, conforme avanzaba hacia la caravana fui consciente de que estar allí era una locura. Lo sentía con cada paso que daba, con cada latido que reverberaba en mis sienes. Si el italiano era el asesino que estaba buscando, no dudaría un segundo en matarme.

Tecleé un mensaje en el móvil. La destinataria era Itziar. Le expliqué a grandes rasgos las sospechas que me habían llevado a la caravana del italiano y le pedía ayuda urgente.

No lo envié, pero lo dejé ahí, a punto para dispararlo en caso de peligro.

Esta vez no estaba dispuesto a que me pillara desprevenido.

Avancé en silencio, cuidando de que las hojas no crujieran bajo mis zapatillas. No quería alertarlo de mi presencia antes de tiempo. Hasta que no llamara a su puerta, Claudio no debía saber que tenía visita.

Cambié de plan en el último momento. En lugar de dirigirme directamente a la entrada, empezaría por echar un vistazo a través de la ventana.

Quizá eso me permitiera ver a qué se dedicaba el enigmático italiano cuando no buscaba monedas o fingía leer en el Muga.

Porque estaba seguro de que, tras esa máscara de aparente desinterés por todo lo que sucedía a su alrededor, había un observador metódico registrando cada movimiento y calculando su siguiente paso.

Por eso el asesino nos llevaba tanta ventaja.

La oscuridad reinante jugaba a mi favor. Pero debía darme prisa. En el cielo, las nubes comenzaban a abrir paso a algunos claros, sobre todo por la zona del mar. La luna haría su aparición en cualquier momento y entonces las sombras dejarían de ocultarme.

Me agaché para afrontar los últimos pasos y, cuando por fin llegué hasta la caravana, me incorporé despacio y me asomé por la ventana.

Parpadeé extrañado.

No se veía un alma allí dentro.

La única cama estaba vacía, igual que el espacio destinado a cocinar y también el comedor. La puerta del baño, abierta de par en par, no dejaba lugar a dudas: tampoco había nadie allí.

Observé que el detector de metales colgaba de una percha junto a la puerta y un mapa desplegado ocupaba casi por completo la única mesa.

Reconocí Lekeitio en él. Una regla y un lápiz descansaban encima.

Claudio había dividido la playa en una cuadrícula perfecta, repleta de signos extraños y anotaciones.

Las dos playas: Isuntza y Karraspio, dos arenales que podrían considerarse uno solo de no ser por la herida que el Lea traza entre ambos para abrazarse con el mar.

Pero no fue eso lo que me hizo fruncir el ceño, sino la taza que había junto al mapa.

El humo que brotaba de ella solo podía significar que Claudio estaba cerca.

Y si allí dentro no había rastro del italiano…

El crujido de una hoja seca me dio la respuesta.

Apreté los dientes mientras me giraba. Aquello no estaba saliendo conforme a mi plan. ¿Por qué no me habría limitado a llamar a la puerta?

—¿Qué cojones haces aquí? —escupió el italiano en tono glacial. Reconocí el objeto que sostenía en actitud poco amigable. Se trataba de la pala plegable que arrastraba consigo a todas partes.

—Hola, Claudio.

—¿Hola? ¿De qué vas? ¿Qué haces espiándome?

—Aparta eso. La policía sabe que estoy aquí —mentí apoyando la mano en la pala para impedirle que la descargara sobre mí. No era verdad, pero con solo pulsar un botón la inspectora se pondría en marcha.

El italiano me observó con expresión confundida.

—¿La policía? ¿A qué viene esto?

Señalé hacia el sendero que llegaba desde Lekeitio siguiendo las marismas.

—Lea murió a un par de minutos de aquí. Quien la mató empleó una herramienta contundente. Algo como esa pala con la que me estás amenazando —indiqué sin titubeos.

Los labios del italiano se abrieron en una mueca de asombro.

—Estás loco —balbuceó.

—¿Quién eres, Claudio? ¿De qué te escondes aquí?

El italiano negó con la cabeza.

—¿Me estás acusando, medicucho? —No se me escapó que su tono comenzaba a virar de la estupefacción a la crispación.

—¿Cómo sabes mi profesión?

Claudio resopló.

—Estás fatal de la cabeza. —Bajó su pala y dio un paso atrás—. Sal de aquí ahora mismo.

—Eres de Cerdeña, ¿verdad?

El italiano me miró con los ojos muy abiertos. Mis últimas palabras lo habían descolocado.

—¿A qué viene todo esto?

—Lo sé todo, Claudio. Sé lo de la mujer que mataba a enfermos terminales con su martillo. ¿Es lo que haces tú con esa pala?

Estaba seguro de que era él quien estaba sembrando Lekeitio de muerte. Me faltaba comprender por qué había escogido a sus víctimas, pero el asesino era él. Y el arma homicida la tenía en la mano. No guardaba la más mínima duda.

—Esta tarde has sabido por mí que Maite iba a salir a navegar. He hablado más de la cuenta en el Muga, ¿verdad?

—La consejera sale al mar cada día. No es ningún secreto.

—Estás muy informado de todo lo que pasa y de quién es quién en Lekeitio —observé. Aquello corroboraba mi teoría. El italiano no era quien simulaba ser—. Sabías también que no me conformaba con la versión oficial de la policía y que buscaba respuestas. ¿Por eso trataste de matarme?

Claudio se llevó la mano libre a la frente.

— Ma di che cazzo parli? ¿Qué locura es esta?

—¿Quién eres, Claudio? ¿Qué estás buscando aquí?

El italiano dio un paso hacia mí sin dejar de empuñar la pala con fuerza.

—¿Quieres saber qué busco? ¿Quieres saberlo?

—preguntó encarándose conmigo—. Busco vivir tranquilo.

Sin meterme con nadie y sin que nadie se meta conmigo.

Eso es lo único que estoy buscando en este lugar.

Y ahora, largo de aquí. Quien sale en los periódicos no soy yo, precisamente.

Vete o seré yo quien llame a la policía.

Me dio la espalda y se perdió en el interior de su caravana. Cerró de un manotazo la cortina y apagó la luz.

No sé cuánto tiempo me quedé allí, escuchando el susurro del Lea y observando aquella caravana donde estaba seguro de que habitaban secretos. Fue la luna menguante quien asomó entre las nubes y me dijo que era hora de marcharme.

Y entonces, cuando me disponía a regresar al coche, una luz reclamó mi atención desde el corazón de las marismas.