Capítulo 43
Me dejé caer en el sofá. Tenía ganas de llorar.
Castaños y sus compañeros habían estado más de una hora registrando mi casa.
Los vi comprobar si el contenido de los productos de limpieza que guardaba bajo el fregadero se correspondía con lo que indicaba su etiqueta.
Deduje por sus comentarios que Maite había sido atacada con un espray de pimienta, similar al empleado para dejar fuera de juego a Aresti antes de asestarle el golpe mortal en la cabeza.
Los armarios donde guardaba la comida también fueron revisados a conciencia.
Y el horno.
Y la nevera.
Ahora, por fin, se habían marchado, pero no se habían llevado consigo la impotencia y la rabia que me quemaban por dentro.
Busqué a Sua con la mirada. Era extraño que no hubiera corrido a tumbarse a mi lado.
—¿Sua? —llamé.
Oí sus patitas viniendo de la cocina.
—Ay, pobre… —exclamé al verlo llegar con su cuenco en la boca. Con todo el trajín se me había olvidado su cena—. ¡Perdona! Ven conmigo, anda.
No hacía falta que se lo dijera. Llegó antes que yo a la cocina y se puso a ladrar a la nevera. Sabía que lo guardaba allí.
—Ya va. Ya va… —le dije sacando la cazuela de arroz con pollo. Le serví una buena ración.
El perro acercó el hocico al plato, pero en lugar de probarlo se apartó estornudando.
—No te creo… No puedes ser tan señorito. ¡A mediodía te ha encantado!
Cuando lo vi repetir el gesto, supuse que no le gustaba tan frío.
—Está bien, ya te lo templo un poco —dije suspirando.
Lo introduje en el microondas y conté hasta veinte. No quería pasarme. Tenía comprobado que caliente tampoco le gustaba.
—¿Lo aprueba ahora el señor marqués? —le pregunté cuando volví a servírselo en el cuenco.
No perdió el tiempo en responderme. Lo devoró con deleite. Al paso que íbamos, antes de terminar el mes estaría comprándole solomillo y preparándolo con crudités de verduras variadas…
Me acerqué a la ventana. Llovía. El atardecer rojizo que había tomado el testigo a la niebla no había traído consigo una noche estrellada. Pero al menos no hacía viento.
Eso reduciría las posibilidades de volver a quedarme sin electricidad.
La compañía había reparado el tendido a primera hora de la mañana. La caída de un poste había sido la causante del corte en el suministro.
Todo apuntaba a esta que sería una noche tranquila.
Sin embargo, sabía perfectamente que no iba a ser capaz de pegar ojo.
Alguien había asesinado a Maite en el velero donde yo mismo había estado a punto de embarcar.
—¿Qué hubiera pasado? —pregunté en voz alta.
Sua levantó la cabeza un instante, pero enseguida volvió a centrarse en su cena.
Quizá la presencia de un segundo tripulante habría disuadido a su atacante y Maite seguiría viva. O quizá ahora fuéramos dos los muertos. Supongo que entonces mi inocencia habría quedado demostrada al fin.
Un estremecimiento me hizo apartarme de la ventana y regresar al sofá.
Sua no tardó en apurar hasta el último grano de arroz. Después corrió a tumbarse a mi lado. Apoyó la cabeza en mis piernas y bostezó a gusto cuando le acaricié el lomo.
Era reconfortante sentirlo tan cerca.
Muy reconfortante.
Hasta que comenzó a gruñir.
—No empecemos, Sua. Por favor… Hoy no —le rogué abrazándolo—. Es la lluvia. Hace ruido al chocar contra el cristal. Nada más.
El perro volvió a descansar el hocico en mis piernas, pero apenas habían pasado unos segundos cuando saltó al suelo y se dirigió ladrando hacia la puerta.
Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que aquello no estuviera sucediendo.
—Otra vez no —mascullé con las manos en la cara.
Pero los ladridos no cesaban.
Unos nudillos golpearon la puerta.
Maldije por lo bajo al recordar que no había mirilla.
Me dirigí a la ventana más cercana a la puerta y aparté la cortina.
Estaba oscuro fuera, pero me pareció entrever un impermeable amarillo.
Sí. Había alguien ahí.
Todavía dudaba entre abrir o no hacerlo cuando el visitante dio un paso atrás y se giró hacia la ventana.
—Goiko —murmuré reconociéndolo.
—Ya le ha costado… —protestó en cuanto le abrí—. Lo tenía por más hospitalario.
El anciano se despojó de su impermeable y lo colgó del perchero.
—¿Qué hace aquí a estas horas? ¡Y lloviendo! —exclamé.
No respondió. Con el viejo patrón los tiempos los marcaba él.
—¿Ya no corre? Hace días que no se acerca por el río.
—No. Estoy cansado. Ya volveré —mentí abriendo la nevera—. Puedo ofrecerle una cerveza. O vino tinto. No tengo mucho más. No esperaba visita.
—Un vaso de agua, si acaso. —Goiko se volvió hacia Sua, que se había acercado a saludar—. Este chucho no debería vivir en una casa. Es un perro pastor. Necesita monte para correr libre. Tiene que volver usted a sus carreras matinales.
—Estoy buscándole un hogar. Yo no puedo quedármelo.
Goiko se acercó a la ventana y observó algo en silencio. La luz intermitente del faro iluminó su rostro.
—Está muerto y no lo sabe —murmuró en voz queda.
—¿Quién? —pregunté sobresaltado.
—El faro. El de Santa Catalina y todos los demás.
La tecnología los ha matado. Ya nadie los necesita para saber en qué punto del mapa se encuentra.
Siguen fieles a nosotros, con sus destellos y sus ocultaciones, pero no saben que ya solo los miran los románticos.
—El viejo patrón sacudió la cabeza—. Todo cambia demasiado rápido en estos tiempos.
Y lo pagarán los que vienen detrás… ¿Le digo yo por qué no corre?
—planteó girándose hacia mí—. Tiene miedo.
Y no lo culpo. Con lo que está pasando, yo también me lo pensaría dos veces antes de andar solo por ahí.
—Pues acaba de venir caminando desde el pueblo —observé.
Goiko me dedicó una mueca socarrona.
—Nadie mataría a un tipo de mi edad. ¿No ve que es una pérdida de tiempo? ¿Para qué iba alguien a esforzarse si la parca vendrá cualquier día a hacerle el trabajo?
Sus palabras me sacaron una sonrisa.
—Usted no ha venido por dar un paseo —le dije sin rodeos.
—No, claro que no. Necesitaba hablar con usted.
—Goiko volvió a dejar vagar la mirada por la ventana—.
Tiene unas bonitas vistas desde aquí. Tendría que haber visto estos acantilados cuando era día de regata.
No cabía un alfiler. Los ánimos de quienes se apostaban aquí nos llegaban como si estuvieran a bordo de nuestra propia trainera.
No diré que nos llevaban en volandas, porque había que remar, pero ayudaba.
¿Cómo no va a hacerlo saber que tienes en tu mano el honor de todo un pueblo?
Asentí en silencio. No quería interrumpirlo ni empujarlo a continuar navegando en sus recuerdos. Necesitaba saber qué era aquello que lo había traído hasta mi casa cuando hacía solo unas horas que Maite Iturri había sido asesinada.
—Ha sido usted quien la ha encontrado —comprendí de pronto. El barco estaba varado muy cerca de su astillero.
Goiko asintió levemente mientras se apartaba de la ventana.
—Estaba trabajando en mi trainera cuando me fijé en su velero.
Venía a la deriva, en medio de la niebla.
Tendría que haberlo visto… Un barco fantasma.
Me dije que se habría soltado por accidente.
A veces sucede. Un golpe de mar, un cabo mal amarrado…
El viento del norte lo arrastró hasta la desembocadura del Lea.
Encalló. Si la marea llega a estar más alta se hubiera estrellado contra el puente.
—El anciano se detuvo. Suspiró esbozando un mohín—. Me acerqué a echar un vistazo y…
—Y la encontró muerta.
—Pobre mujer. Estaba tirada en la cabina, como un trapo viejo. Tenía un caramelo de goma entre los labios. Vaya broma de mal gusto. La radio dijo que en el cadáver de José Ignacio Aresti también apareció uno.
—Un mingorri —maticé—. Al lado de Lea también encontré uno de esos.
—A mi nieto le encantaban —recordó Goiko con una sonrisa—. Nunca quería pegárselos al demonio. Prefería comérselos. Me hacía acompañarlo a la iglesia para cumplir el ritual, pero el muy bandido siempre acababa zampándoselos.
—¿Por qué lo hace? ¿Qué cree que quiere decirnos el asesino con ese dulce?
El anciano se encogió de hombros.
—Eso se lo dejo a la policía. O a usted. —Se dirigió a la mesa del comedor y se sentó en una silla—. Pero la forma de matarlos me ha hecho recordar algo. Siéntese. Tengo algo que contarle. Si no me equivoco, a los tres los han matado de un golpe en la cabeza.
—Así es.
Goiko entrelazó las manos sobre la mesa y las observó fijamente.
—Hace años, muchos años, conocí a una mujer.
Era italiana, de Cerdeña. Sé que servía en una casa, pero nada más.
Ha pasado tanto tiempo que tendrá que perdonarme que los detalles sean tan poco precisos…
Además, eran días complicados para mí. No estaba en el ambulatorio por capricho.
No. Mi madre, que en paz descanse, agonizaba en casa.
La enfermedad la había devorado durante tres años que no se los deseo ni a mi peor enemigo.
—Hizo una pausa para aclararse la voz—. Y entonces apareció ella.
Morena, de pelo y de piel. Con unos ojos tan negros como jamás he visto otros.
—El anciano se llevó un dedo a la cabeza—.
Han pasado cuarenta años y conservo su mirada aquí grabada.
Era mayor que yo, aunque tampoco sabría decirle cuánto.
Hizo una pausa para apurar su vaso de agua.
—Ahora le traigo más —dije poniéndome en pie.
Goiko me cogió la mano y me obligó a sentarme.
—Me vio allí, rogando que me recetaran algo para calmar los dolores que padecía mi madre, y se sentó a mi lado. Recuerdo su voz como si la estuviera oyendo ahora mismo. Y también sus palabras. Me habló de compasión, de ayudar a irse sin dolor, de morir dignamente.
—Eutanasia —observé. Como médico me he enfrentado en ocasiones al dilema de algunas familias.
—Me explicó que en su otra vida, antes de abandonar Cerdeña, había ayudado a irse sin sufrimiento a enfermos terminales.
—Y se ofreció a ayudar a su madre —comprendí.
Goiko asintió en silencio.
—Que Dios me juzgue si lo hice mal, pero no podía verla sufrir por más tiempo. Aquella mujer solo me puso una condición: cuando llegara, todos los espejos de la casa debían estar cubiertos. Y no solo ellos, sino también las imágenes religiosas. Insistió mucho en que lo hiciera.
El patrón apretó los labios. Le dolía recordar todo aquello.
—Yo hubiera actuado igual que usted —admití.
Los últimos días de vida de mi padre tampoco habían sido fáciles.
Mi hermana y yo luchamos para que muriera en paz, sin alargar su agonía.
No soportábamos verlo asfixiándose lentamente.
Mi madre, sin embargo, se empeñó en no dejarlo marchar hasta que fueron los propios médicos quienes dijeron basta.
—Una decisión complicada —afirmó Goiko—. Pero cuando horas después aquella mujer llamó a nuestra puerta mi madre había fallecido. Siempre he pensado que la pobre no quiso cargarme para el resto de mi vida con el peso de haberla matado.
—No lo mire así. Como médico sé que una vez que la enfermedad ha elegido llevarse a alguien, importa más el cómo que el cuándo. Especialmente si se trata de un ser querido.
El patrón no me escuchaba. Estaba navegando en las aguas de su memoria.
—Me acompañó toda la noche. Estuvo allí, sentada a mi lado, a los pies de la cama donde velé a mi madre hasta que se hizo de día.
Me habló de su pueblo, de su vida y de un viejo oficio transmitido de madres a hijas desde muchos siglos atrás.
Un oficio que se basaba en la piedad, en la compasión.
Su única herramienta era un martillo fabricado con madera de olivo.
Nada más. Un solo golpe con él obraba el milagro de acabar con el sufrimiento.
Tragué saliva. Un martillazo en la cabeza… Igual que el que había segado las vidas de Lea, de Maite y de Aresti. Y que había estado a punto de acabar con la mía.
—¿Qué más sabe de ella? ¿Dónde vivía? ¿Qué hacía aquí?
Goiko negó lentamente, pensativo.
—Nada. No quiso decirme su nombre, ni yo saberlo.
Me contó que llevaba más de treinta años en esta zona y que no podía regresar a su tierra.
Su vida corría peligro si lo hacía. Y también me dijo que jamás desde que vivía entre nosotros había vuelto a emplear su martillo, pero que verme tan triste la había empujado a ayudarme.
—Un profundo suspiro interrumpió su historia—.
En algún momento me quedé dormido y cuando abrí los ojos se había marchado.
Nunca más volví a verla. Me he convencido durante años de que todo había sido una ensoñación fruto de mis largas noches en vela.
Hasta que lo sucedido en las últimas semanas ha traído de vuelta mis recuerdos.
Observé a Goiko. Se conservaba bien, pero los años estaban ahí. En sus arrugas y sus ojos cansados.
—Ha dicho que era mayor que usted.
El patrón asintió con gravedad.
—Así es. Si vive, debe de tener más de noventa.
—No parece muy probable que alguien de esa edad pueda ser la asesina que buscamos —indiqué.
Goiko apretó los labios y se mantuvo pensativo. Después me miró fijamente.
—He estado en el velero de Maite y puedo asegurar que quien ha acabado con su vida ha sido esa mujer.
Su afirmación me sorprendió.
—Todos tenemos algún martillo en casa —discrepé.
—No es solo la forma de matarlos —se defendió Goiko—. En el barco no solo había una mujer muerta de un martillazo. Había algo más… Colgados de las paredes de la cabina había un espejo y una imagen de la Virgen del Carmen.
—Y… —lo apremié impaciente.
El anciano clavó en mí su mirada nublada por las cataratas. Estaba serio. Muy serio.
—Cuando he entrado a ese velero, la patrona de los marineros y el espejo estaban cubiertos con pañuelos.
Sospecho que a usted también le visitan algunos fantasmas —Goiko me miró fijamente y yo no pude reprimir un escalofrío—, pero le aseguro que mi imaginación no colocó esas telas.
Ha sido ella, doctor. Ha sido esa mujer.