Bajamar Capítulo 42
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Capítulo 42

Cuando llegué al puente que salvaba el Lea, la noche había caído sobre Lekeitio.

Decenas de curiosos se agolpaban tras la cinta de plástico que bloqueaba el paso, impidiendo que nadie avanzara más allá.

Susurros, móviles alzados, miradas inquietas.

Me abrí paso entre ellos, intentando atisbar algo.

Las luces intermitentes de los coches patrulla bañaban el viejo astillero de ribera con sus tonos fríos. Ahí estaba la trainera y también algunas herramientas de Goiko. Descansaban a la espera de que el viejo patrón regresara a continuar su trabajo.

Pero no se percibía movimiento alguno.

—¿Qué ha pasado? —pregunté acercándome a Lourdes, que ocupaba una de las primeras filas.

La pescadera me apoyó una mano en el hombro. Su gesto decía más que sus palabras.

—Ay, hijo… —murmuró con voz temblorosa—. La Iturri… La han encontrado en su velero.

Me llevé las manos a la cara.

—No —balbuceé dando un paso atrás.

Me giré hacia la playa.

A pesar de la oscuridad reinante, observé un barco varado muy cerca de nosotros.

Las linternas de los ertzainas se movían en torno a la embarcación, recortando su silueta con destellos nerviosos. También se veía gente en el interior de su cabina.

Tenía que tratarse de una pesadilla. Aquello no podía estar ocurriendo.

—Se están pasando. Una cosa es protestar en paz y otra esto —oí a alguien.

Otro intervino para decir que detrás de esos sucesos no había ningún movimiento vecinal, que solo podía ser cosa de algún psicópata.

Me pareció que algunas miradas recalaban en mí. Entre ellas la del oficial Castaños, al que no vi acercarse hasta que lo tuve prácticamente encima.

—¿Qué hace aquí? —preguntó sin saludos.

Me encogí de hombros. A mi alrededor había al menos medio centenar de vecinos haciendo exactamente lo mismo que yo: intentar enterarse de qué demonios había pasado.

—Lo mismo que ellos —respondí.

—Al menos hoy no lo hemos encontrado inspeccionando el cadáver, como las anteriores… —Castaños levantó la cinta de plástico con gesto brusco—. Pase. Venga conmigo. Me ha ahorrado el viaje hasta su domicilio.

Un murmullo se extendió entre los curiosos conforme acompañaba al ertzaina hasta la parte central del puente, convertido de pronto en un humilladero implacable.

Si Castaños pretendía dejar claro que sus sospechas recaían en mí —y solo en mí— lo estaba consiguiendo con creces.

—¿Dónde ha estado hoy por la tarde?

—Paseando —respondí, sin más. ¿Qué iba a decirle? ¿Que apenas había dado unos cuantos pasos tras salir del Muga y me había sentado a la orilla del muelle a dejar volar el tiempo con la esperanza de que se llevara consigo mi frustración?

—Y habrá estado solo, claro.

—Sí.

—¿No cuenta con nadie que pueda corroborarlo? Debería haber pensado una coartada mejor.

Sentí una punzada de indignación, pero me contuve. Maite Iturri, la mujer que me había invitado a navegar con ella, estaba muerta a solo unos metros de nosotros.

—He estado en el Muga hasta alrededor de las cuatro de la tarde. Lourdes podrá confirmárselo —dije señalándola.

El oficial me observó en silencio.

—Sabemos que esta mañana ha estado con la víctima. Hay testigos que la han visto con usted en el ambulatorio.

—Hoy he atendido a veintitrés pacientes. Maite ha sido uno de ellos, en efecto.

—Ya le dije que no creo en las casualidades —indicó el oficial—. Tres asesinatos, y en todos ellos aparece su sombra aquí o allá. Me va a obligar a seguirlo veinticuatro horas al día.

—Esto es Lekeitio. Si pregunta a cualquiera de ellos —argumenté señalando a los vecinos que asistían a nuestra conversación desde la distancia—, comprobará que podría vincular a todos, de uno u otro modo, con las víctimas.

—Quizá, pero usted es médico.

—¿Y qué tiene eso que ver? —No entendía adónde quería llegar Castaños.

—Eso le permite saber perfectamente dónde golpear a una persona para causarle la muerte.

Protesté. No tenía ningún sentido. Cualquiera sabía que un golpe suficientemente fuerte como para romper el cráneo de una persona acabaría con su vida.

—Un solo golpe bastó en los tres casos para matarlos. Uno nada más. Certero —explicó el oficial dándose una palmada en la cabeza—. El forense ha sido muy claro. Estamos ante un arma homicida contundente, pero también ante alguien que sabe cómo emplearla.

Castaños me dio la espalda para apoyarse en la barandilla. Una bolsa para el traslado de cadáveres había emergido de la cabina del velero. La portaban dos hombres por los extremos.

Reconocí junto a ellos al juez de guardia que me había tomado declaración durante mi detención. Otro tipo, con un maletín discreto en una mano y una libreta en la otra, se adelantó unos metros.

—¿Tenemos hora? —le preguntó el oficial cuando lo tuvo a tiro.

El forense alzó la mirada hacia el puente.

—A simple vista, y con todas las cautelas, diría que ha muerto a media tarde. Entre las cuatro y las seis. Seré más preciso cuando haya realizado la autopsia.

El ertzaina se volvió hacia mí.

—¿Y dice que ha salido del Muga a las cuatro? Después de eso no tiene coartada —planteó con una mueca—. ¿Le importa que echemos un vistazo a su domicilio? Si lo prefiere puedo solicitar una orden al juez.

Suspiré mientras negaba con la cabeza.

—Haga lo que quiera. No tengo nada que ocultar.