Bajamar Capítulo 41
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Capítulo 41

La niebla no comenzó a disiparse hasta que la noche llamó a las puertas de aquel martes de febrero. Los primeros en dibujarse fueron los diques del puerto. Poco a poco les siguió el mar, apenas unas pinceladas oscuras a través de la cortina lechosa.

Me puse en pie. La humedad se me había colado en los huesos y las piernas protestaron al recuperar el movimiento.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? Sentado en las escaleras de piedra que descendían a la dársena, sin más compañía que el frío y el reproche de no haber tenido valor para subirme al velero de Maite.

Me prometí que al día siguiente lo haría.

No podía permitir que el miedo siguiera imponiendo a mi mundo unos límites cada vez más estrechos.

—Sua —murmuré.

El pobre llevaría horas esperándome. Tenía que sacarlo a pasear.

Al llegar, me ladró desde el otro lado de la ventana. Seguro que se había pasado media tarde con el hocico pegado al cristal; bastaba ver las babas que empañaban el vidrio.

Abrí la puerta y se lanzó feliz a darme la bienvenida.

—Tienes razón. He tardado mucho —admití cogiendo su correa y una pequeña bolsa de plástico—. Vamos a estirar esas patas, anda.

Nos dirigimos hacia el faro. Allí, entre las ruinas de la maderera clausurada y las campas que caían hacia el Cantábrico, podía correr libre.

La lámpara de la torre de luz estaba encendida a pesar de que el cielo apenas había comenzado a apagarse. Sus destellos se percibían entre los jirones de niebla que se resistían a retirarse.

Sua no tardó en dar con un palo. Lo dejó a mis pies y lo observó impaciente, las patas inquietas, como si el suelo ardiera bajo ellas.

Tomé impulso, fijé la vista en un punto del prado y lo lancé con todas mis fuerzas.

—Maldita sea… —Me eché a reír al ver que había fallado de lleno.

Sua observó las zarzas donde había caído su juguete.

—Déjalo. Buscaremos otro. —No había terminado de decírselo cuando saltó a los arbustos. Lo perdí de vista durante algo más de un minuto, pero las plantas se agitaban a su paso y delataban su posición.

Cuando por fin emergió de aquel laberinto vegetal con el palo en la boca, estaba empapado.

Lo dejó a mis pies y…

—Ni se te ocurra, Sua. En serio, ni lo pienses —murmuré, dando un paso atrás.

No me dio tiempo a terminar la frase. Se sacudió, lanzando gotas en todas direcciones.

—¡Nooo! —protesté, secándome la cara con la manga de la cazadora—. ¿Es una venganza por mi puntería?

Sua ladró y dio un par de saltos alrededor del palo. No escuchaba nada. Solo quería otra ronda.

Era incansable.

—Vale, vale… Ya voy. No seas tan impaciente.

Esta vez lo lancé más cerca. No estaba dispuesto a que se perdiera de nuevo entre la maleza.

El perro salió disparado a por él y, antes de que pudiera darme cuenta, estaba de regreso con el bastón entre los dientes. Iba y venía sin dejarme un segundo para recuperar el aliento.

—¿Cómo lo haces para no cansarte nunca?

Me alegró ver que no cojeaba. La herida ya no le molestaba.

Cuando, después de unos cuantos lanzamientos más, levanté la vista, me di cuenta de que la bruma se había deshecho casi por completo. El mar, que hasta hacía un momento se confundía con el cielo, volvía a desplegarse en toda su inmensidad.

Pensé en Alberto. Esos jirones de niebla danzando sobre un Cantábrico en calma habrían cautivado a cualquier amante de la fotografía. El faro encendido, el horizonte teñido del rojo del crepúsculo y algunas chipironeras faenando completaban una instantánea digna de enmarcar.

No pude resistirme: saqué el móvil del bolsillo para inmortalizar el momento.

Me sorprendió comprobar que tenía un mensaje. No había oído la notificación.

Era un arcoíris del que brotaban unas manos extrañas, abiertas en un abrazo imposible. A sus pies, el mensaje: «Todo saldrá bien».

Mi madre, claro. Le seguía una receta de perritos calientes de salmón. Cocina saludable en tres minutos, otro de sus clásicos.

Le respondí con un corazón y abrí la cámara. La pantalla exageraba los colores, los volvía casi luminosos. Mentía.

Igual que yo.

Mi mente viajó hasta Madrid. A una carretera solitaria entre Lozoya y Navafría.

Apreté los dientes para no gritar. Aquel recuerdo me seguía desgarrando por dentro. Poner kilómetros de por medio no había solucionado nada. Al contrario: la muerte de Sofía me torturaba cada día con más fuerza.

Su familia merecía saber la verdad.

Busqué el número de su padre entre mis contactos.

Nos conocíamos desde hacía cuatro o cinco años, desde que Sofía y Lola habían empezado a competir en bicicleta y las carreras se habían convertido en el pan nuestro de cada domingo.

Para mi hermana y mi cuñado era imposible dejar el restaurante sin atender, así que solíamos ser Mónica y yo quienes acompañábamos a Lola.

Y casi siempre acabábamos tomando el vermut con los padres de Sofía.

Ahí estaba su número.

Me disponía a pulsar el botón de llamada cuando una sirena lejana me devolvió a Lekeitio.

Sua también la oyó: dejó de escarbar, alzó el hocico y sus orejas se erizaron.

—No pasa nada —le aseguré, dándole unas palmadas en el lomo cuando vino hacia mí, ladrando inquieto.

El sonido se acercaba deprisa. Era un coche patrulla. Cada segundo se percibía con más intensidad, hasta que finalmente sus luces azules se colaron entre los árboles de la carretera de Gernika.

Todavía no había alcanzado las primeras casas de Lekeitio cuando aparecieron otros dos vehículos policiales. Seguían la estela del primero a toda velocidad.

Las sirenas herían la tarde sin compasión alguna.

Aquello no pintaba bien. Un despliegue así solo podía anunciar algo grave.

Los vi dejar atrás el puerto y avanzar hasta el puente sobre el Lea.

Fue allí, a caballo entre las marismas y la playa, donde detuvieron su marcha.

—Goiko… —murmuré en voz queda.

El patrón pasaba los días en su astillero, entre lijas, maderas y la ilusión de devolver la vida a la trainera en la que había sido feliz.

Sua también lo intuyó. Se plantó a mi lado, muy quieto, con la mirada clavada en aquellas luces azules que oscilaban sin descanso. Apoyó la cabeza en mi pierna y dejó escapar un quejido leve.

—Sí, muchacho —dije tragando saliva—. Ha vuelto a suceder.