Capítulo 40
Las tres y cuarto de la tarde.
Faltaban solo unos minutos para que Maite se hiciera a la mar. Necesitaba hablar con ella. No lograba sacudirme de la cabeza esas dudas que había mencionado sobre los asesinatos. Sabía algo. Era evidente. El precio a pagar, sin embargo, era vencer al miedo y subir a su velero.
La meteorología no me ayudaba.
Desde el mediodía, una bruma espesa se había adueñado de todo. Lekeitio parecía borrado del mapa. Nunca lo había visto así. Y si ya me imponía el mar en calma, imaginarlo oculto bajo aquella niebla me helaba la sangre.
Empujé la puerta del Muga y una bocanada de aire húmedo entró conmigo.
Me sorprendió ver a Lourdes detrás de la barra.
—Cierra, hijo. Cierra. Que todavía entrará la bruma —me apremió la pescadera.
—¿Y Alberto?
—Se ha ido al monte. A sacar fotos.
—Si no se ve ni a un palmo.
—Eso le he dicho yo, pero quiere una foto de las cimas flotando sobre la niebla.
Un mar de nubes, ya sabes. Él y la fotografía…
—Lourdes resopló—. Mira que en su día intenté que se apuntara a algún curso.
Pero nada, lo de estudiar nunca ha ido con él.
Y es una pena porque tiene mano. ¿Sabías que esas de ahí son suyas?
—Señaló las cuatro imágenes que decoraban la pared del fondo: una anciana remendando una red, un pescador descargando una caja de la bodega de su barco, un pastor con su rebaño de ovejas…
—Son muy bonitas —admití. No mentía. Eran fotografías que transmitían vida. Alberto tenía una sensibilidad especial cuando cogía la cámara.
—A mí me sacó muy guapa en mi puesto. Por sorpresa. Sin posar. La tengo arriba. Luego, si quieres, te la bajo. —Se volvió hacia la cafetera—. ¿Café?
—Uno solo.
—¿Azúcar o sacarina? —preguntó cuando lo tuvo listo.
—Nada.
Lourdes arrugó la nariz.
—Vaya modas… El café se ha tomado siempre con azúcar. Me lo bebo yo sin nada y me da un perrengue.
—Te acostumbras. Prueba un par de días y verás que al tercero no quieres ni oler el azúcar. Y le estarás haciendo un favor a tu cuerpo. No son solo las calorías. Es evitarle al organismo unos picos de glucosa y de insulina que no necesita.
—Ya se os pasará la tontería… ¿Qué te sucede con el reloj? —preguntó girándose a mirarlo—. No le has quitado ojo desde que has entrado. ¿Está mal la hora?
No pude evitar sonreír. Qué gran observadora era Lourdes. Detrás de su verborrea implacable se escondía una mirada a la que no se escapaba nada.
Iba a explicarle que Maite Iturri me había invitado a su velero, cuando una voz me sobresaltó. Venía de detrás de la máquina de tabaco.
—Todas las horas golpean al hombre. La última lo envía a la tumba.
Me aparté de la barra para ver de quién se trataba, aunque el acento me había dado una buena pista. Era Claudio, el italiano.
—¡Madre mía! Para decir según qué mejor no abrir la boca —lo regañó Lourdes.
—¿Acaso no es verdad? —se defendió el buscador de tesoros—. Lo vi escrito junto al reloj de una iglesia. En Sara. Y menuda razón tiene.
Di un trago al café.
—Creía que estábamos solos —dije en voz baja.
Lourdes asintió.
—A mí ya se me había olvidado que estaba ahí, leyendo. Llevará más de una hora con un café. —Señaló el reloj antes de recuperar su tono habitual—. Todavía no me has dicho por qué estás pendiente de esas agujas.
Le conté lo de la invitación a navegar.
—Me quedan solo cinco minutos para decidir si voy con ella o no.
La pescadera se dirigió a la única ventana del Muga. Se abría a unos muelles donde apenas lograba dibujarse la silueta espectral de un pesquero.
—¡Jesús! ¿Con este tiempo? Chico, ya podría invitarte un día de sol. Todavía os estamparéis contra las rocas. —Lourdes puso los brazos en jarras y me dedicó una mirada ladeada—. ¿Y desde cuándo te codeas tú con la alta sociedad de Lekeitio?
—Conocía a mi padre. Y parece que lo tenía en buena estima.
La pescadera asintió con una mueca nostálgica.
—Tu padre, que en paz descanse, era un buen abogado. Esto es un pueblo y no teníamos de eso. Muchos aprovechaban vuestras visitas para pedirle favores. No paraba el pobre. Solía decir que en vacaciones trabajaba más que en Madrid.
—Le gustaba mucho su trabajo.
—Hay que valer para eso. A mí dame todo el pescado que quieras para despachar, pero enterrarme en libros y papeles me mataría. —Ahora fue ella quien consultó la hora—. ¿Y qué piensas hacer?
—Me quedo contigo —respondí sin dudar. Si me sentía inseguro saliendo a navegar con un sol radiante, la niebla no iba a ayudar a contagiarme serenidad. Quizá pudiera abordarla a su regreso.
—Bien hecho, hijo. Mira, me pondré un café y así te acompaño —dijo girándose hacia la cafetera—. ¿Quieres otro? Invita Alberto.
—No, todavía me queda media taza. ¿Y esta niebla es normal?
—Bastante. En primavera es más frecuente, pero a veces nos visita también en invierno. Nos la envía el mar. Llega como una ola. Desde el paseo de la Tala la ves acercarse y parece un tsunami a punto de devorarlo todo.
—Y vaya si lo devora —ratifiqué—. No se ve más allá de tu propia nariz.
Ajeno a nuestros comentarios, Claudio recogió sus trastos y se dirigió a la puerta.
— Ciao —dijo al pasar a nuestro lado.
—Hasta mañana, majo —le despidió la pescadera, que se quedó mirando cómo se perdía en la niebla.
Después se giró hacia mí—. Es muy raro este hombre, ¿no crees?
Todo el día con su detector de tesoros y su pala plegable…
Nadie viene desde el otro extremo del mundo para buscar monedas en la playa.
Y no trates de arrancarle una palabra, no.
A lo sumo te soltará uno de esos versos como el que ha dedicado al reloj.
Italia no era precisamente el otro extremo del mundo, pero Lourdes tenía razón: Claudio era peculiar.
—¿Irás mañana a la asamblea que ha montado la Iturri? —me preguntó, olvidando al italiano.
—Creo que sí.
—Alberto también. Yo me quedaré aquí. Alguien tendrá que atender esta barra…
Pero tampoco esperéis gran cosa. Me huele a lavado de cara más que a búsqueda real de soluciones.
El mal ya está hecho. ¿Qué van a proponernos?
Tendrían que comenzar por anular todas esas licencias que han permitido destinar pisos al alquiler turístico.
Y eso no lo van a hacer. Partiendo de ahí, todo lo que hagan serán parches.
Asentí sin saber qué añadir.
La situación a la que se enfrentaba Lekeitio no era nueva para mí.
La había sufrido en Madrid, donde barrios enteros del centro habían sucumbido al turismo descontrolado, expulsando a sus vecinos hacia barrios contiguos en los que poco tiempo después volvían a aparecer las maletas cada fin de semana, los cajetines para llaves en los portales y los bares como el Muga acababan sirviendo torreznos y calamares en pan bao.
Un virus extremadamente contagioso y muy difícil de combatir.
—Te ha quedado muy rico el café, Lourdes —dije dejando la taza en la barra. No tenía ganas de seguir hablando del tema del turismo.
La pescadera cogió un paquete que tenía cerca y leyó la etiqueta.
—Cafés Cestero —leyó antes de entregármelo—.
Hace meses que Alberto se pasó a este. Lo tuesta una chica, en Oñati.
Lo trae ella misma. Es graciosa, toda llena de tatuajes.
—Bajó la voz como quien se dispone a contar un secreto—.
Parece ser que era policía, pero que lo dejó por el café…
Algo le pasaría, porque la gente no deja un buen trabajo porque sí.
—Lourdes devolvió el paquete a su balda y su voz recuperó el volumen normal—.
Es más caro que el que teníamos antes, pero dice Alberto que la gente agradece que no le des cualquier cosa.
Y yo no soy quién para decir nada, que lo mío es el pescado.
—Señaló el bolsillo de mi chaqueta—. Te están llamando.
Era un tono de WhatsApp.
—Luego contesto.
—Haz el favor de mirarlo —protestó ella—. A ver si va a ser tu madre.
Me reí mientras sacaba el móvil del bolsillo, pero el nombre que leí en la pantalla me congeló la sonrisa.
No te mereces lo que cuentan las noticias.
Se demostrará que eres inocente. Estamos contigo.
Era el padre de Sofía.
Sus palabras quemaban. Hablaban de un apoyo que sabía sincero, igual que todos los mensajes que siguieron a la muerte de su hija.
Me sentía un estafador.
Levanté la mirada hacia Lourdes. Estaba ahí enfrente, diciéndome algo, pero yo no la escuchaba.
—Que si estás bien —insistió la pescadera—. ¡Jesús! Vaya cara… Se diría que se te ha aparecido un muerto.
Traté de esbozar una sonrisa al tiempo que respondía que sí, que todo iba bien.
—Tu madre está preocupada por ti. ¿Cómo se te ocurrió colarte en casa de Aresti?
Me encogí de hombros. ¿Qué podía decirle?
—Quería saber qué podía haber llevado a alguien a matarlos a Lea y a él.
Ella negó con la cabeza mientras recogía las tazas.
—Deja eso, Jon. Olvídalo. Para algo está la policía. Tú eres médico. ¡Un buen médico! Tenías a la gente muy contenta contigo.
Ese verbo en pasado no se me escapó. Sonaba fatal. Dolía más que cualquier acusación.
—¿Tenía?
Lourdes asintió con gesto serio.
—¿Qué esperabas? Has salido en las noticias como si tuvieras algo que ver con los crímenes.
La gente está preocupada. Lekeitio era un lugar muy tranquilo.
Aquí nunca pasaba nada y de repente nos hablan de un asesino en serie.
¿Quién mejor que alguien llegado de fuera para colgarle el sambenito?
Yo sé que tú no has hecho nada, pero la gente no te conoce como yo, desde que eras así.
—Lourdes dibujó con la mano la altura de un niño de unos pocos años de edad—.
No debiste entrar en la casa-torre. En mala hora se te ocurrió hacerlo.
Ahora solo te queda rezar para que den pronto con quien los mató y sacudirte así de encima todas estas dudas.
La pescadera hablaba con conocimiento de causa.
Por su puesto pasaban las noticias más frescas, aquellas que los diarios no se atrevían a publicar.
El tribunal de la opinión pública dictaba sus sentencias mientras ella destripaba salmonetes y guillotinaba merluzas recién llegadas de la lonja y sin rastro de anisakis.
—Si hablas con mi madre dile que estoy bien —le pedí cogiendo los cambios de la barra.
—No lo estás —me corrigió ella.
—Da igual. Tú dile que sí. ¿O prefieres hacerla sufrir?
—No, claro que no. Pero tienes que cuidarte.
Mi mirada recaló una vez más en el reloj. La aguja larga había dejado atrás la hora de la cita. Maite se habría hecho ya a la mar. Mi última oportunidad de acompañarla esa misma tarde acababa de evaporarse.
—Voy a cuidarme, Lourdes —dije tratando de creerme mis propias palabras.
—Y no vas a hacer más tonterías —dijo ella saliendo de la barra—. Promételo.
—Prometido. —Tan pronto como lo dije supe que no iba a ser capaz de cumplirlo.
Pero para la pescadera fue suficiente. Era lo que necesitaba oír.
Me acompañó a la puerta y me dio un largo abrazo.
Afuera, la bruma seguía tragándose el mundo en silencio.
—Cuídate, hijo. Cuídate mucho.