Capítulo 39
Cuando llegué al mostrador, encontré a Cristina y Nerea cuchicheando.
—¿Qué? —me apremió la administrativa—. ¿Qué quería la Iturri?
—Nada. Cosas de médicos… —respondí restándole importancia.
—Pues habéis estado un buen rato.
—Más de quince minutos —añadió Cristina, apoyada en una fregona.
Me reí. Puede que las adorara y que se hubieran convertido en mi tabla de salvación durante los últimos días, pero su amor por el chisme era inagotable.
—¿Acaso no sabéis que los médicos tenemos obligación de mantener la confidencialidad? —Observé que ambas seguían con los ojos clavados en mí. Tenía que darles algo o no pararían—. Está bien… Me ha invitado a salir a navegar esta tarde.
Cristina parpadeó de manera teatral.
—¿En serio? ¿En su velero? Esa quiere algo contigo.
—Qué va. Dice que conoció a mi padre y que le dio mucha pena cuando se enteró de que había fallecido.
—¿Y vas a ir? —preguntó Nerea.
—Otro día, quizá. Hoy no me animaré. No he pegado ojo y necesito una buena siesta. —Evité confesarles que lo hacía por no enfrentarme a los fantasmas que el mar despertaba en mi cabeza.
—Dale mi número, que ya voy yo —bromeó Cristina. Movía la fregona de vez en cuando para guardar las apariencias.
—Pues yo, ni regalado —bufó Nerea—. Con la Iturri no iría ni hasta esa puerta.
—A mí me parece una mujer agradable —discrepé.
Nerea resopló.
—¿Agradable? Tendrías que haberla visto hace media hora.
He intentado pasarla con la doctora Bescós, que tenía un hueco libre, pero se ha negado.
Que con la Bescós no quería saber nada, que tenías que verla tú.
Y ahí, erre que erre. Como si tuviera derecho a elegir.
En su ambulatorio de Vitoria será así, pero aquí, si viene con una urgencia, la atiende quien yo considere.
Pues nada, que a ella solo la veía el doctor Aguirre.
Por sus ovarios. Hasta que no he cedido, aquí la he tenido, dando voces y pidiendo ver a un superior.
—Porque quería hablar conmigo —la excusé—. Había visto lo de mi detención y quería saber qué había pasado.
—Pero esto es un ambulatorio y tenemos normas que cumplir, seas quien seas. Si quiere tomarse una caña contigo o invitarte a su velero, me parece genial, pero no puede presentarse aquí y ponerse a exigir como si todo fuera suyo.
—Siempre ha tenido fama de dura —me aclaró Cristina—. Cuando era concejala de Lekeitio la llamaban la Dama de Hierro.
—Es verdad —recordó Nerea—. La Thatcher de Lekeitio.
El teléfono sonó con insistencia y la obligó a volver a su sitio.
—Centro de Salud de Lekeitio, dígame… —saludó descolgando el auricular—.
No, lo siento. Para ese trámite tiene que rellenar un impreso en el mostrador…
Sí. A mí también me gustaría que se pudieran realizar estas cosas por internet, pero no soy yo quien lo decide…
De acuerdo, aquí la esperamos… Estamos hasta las dos… Agur.
—¿Otra más? —se interesó Cristina.
Nerea me lanzó una mirada cargada de preocupación.
—Tenemos un problema, Jon. No paran de llamar usuarios para pedir un cambio de médico. Después de verte en las noticias como sospechoso de asesinato ha cundido el pánico.
—Díselo al oficial Castaños. No fui yo quien filtró a la prensa mi detención. ¿Y qué vas a hacer? Bescós y Azkue no dan abasto con sus pacientes.
—Lo he hablado con la directora —indicó Nerea—. No vamos a conceder ningún cambio.
—Pero están en su derecho.
—Más o menos. La ley dicta que los usuarios pueden elegir el facultativo que los atienda, pero hay letra pequeña: podrán hacerlo siempre que los cupos de pacientes de otros médicos no se encuentren completos.
Dejé escapar un suspiro.
—No me gusta que tengan que quedarse conmigo por obligación.
—Tampoco es para tanto —le quitó importancia Cristina, que estaba terminando de fregar la recepción—. En un par de semanas lo habrán olvidado todo. El mundo va muy deprisa.
—Ojalá estuviera tan seguro —deseé mientras recordaba la víspera, junto al faro—. Itziar ya me advirtió de que sucedería esto.
—¿Ella también estaba en comisaría? —preguntó Nerea, sorprendida.
—No. Ella es policía local. A mí me detuvo la Ertzaintza. Pero ayer por la tarde se acercó a verme.
—Creía que estaba enfadada contigo.
—Eso ya está arreglado. Y parece que le ha arrancado a Jokin la promesa de que dejará la pesca furtiva.
—Desconfía, Jon —me recomendó Nerea—. Lo que quería la inspectora era saber qué habías contado a la policía.
¿No ves que, según lo que dijeras, su hermano podía acabar metido en un buen lío?
¿Por qué no le preguntas dónde estaba Jokin cuando alguien intentó asfixiarte en casa de Aresti? O mejor aún: ¿dónde estaba ella?
—Sí, ¿dónde estaba la inspectora el domingo por la tarde? —remató Cristina colocando un cartel de SUELO MOJADO .
Lo peor de todo era que yo mismo había pensado en esa posibilidad. Sin embargo, tenía la impresión de que mi encuentro con Itziar a la luz del faro había sido sincero. Mucho más que cualquiera de los anteriores.
Fue entonces cuando se abrió la puerta de la calle.
Era Margarita, una de mis pacientes. Su hipertensión la traía cada jueves a consulta. Revisábamos las constantes, ajustábamos la medicación, hablábamos un poco de sus nietos…
Me sorprendió verla allí un martes por la mañana.
Iba a acercarme para preguntarle si se encontraba bien, cuando vi que se dirigía directamente hacia Nerea.
— Egun on. He llamado a primera hora. Vengo a… —La mujer se detuvo al verme y esbozó una sonrisa incómoda. Bajó la voz y no alcancé a oír el resto de sus palabras.
Vi que Nerea abría un cajón y le entregaba un formulario.
Mientras lo rellenaba, mi compañera dirigió la mirada hacia mí y asintió con gesto grave.
Una nueva usuaria que acudía a solicitar el cambio de médico.