Bajamar Capítulo 38
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Capítulo 38

No esperaba volver a ver a Maite Iturri en mi consulta.

En el listado que Nerea me había dejado sobre la mesa no figuraba la consejera de Turismo. Pero a media mañana la administrativa asomó la cabeza por la puerta y me pidió que le hiciera un hueco.

No era difícil encontrarlo, porque algunos pacientes habían cancelado su cita. Tal como pronosticara Itziar, mi paso por el calabozo iba a pasarme factura.

La política me dio las gracias en cuanto entró. Comprendí enseguida que aquella visita no tenía nada que ver con su medicación. Bastó el aplomo con que me sostuvo la mirada al sentarse frente a mí.

—Vi lo de tu detención —dijo sin rodeos.

—Sí —respondí a regañadientes—. Me parece que no hay nadie en Lekeitio que no lo viera.

Me arrepentí en el acto de mi tono cortante.

—Perdona… No pretendía molestarte —se disculpó con una sinceridad que no parecía fingida—.

Solo quería ofrecerte mi ayuda. No te lo dije el otro día porque no era consciente, pero yo conocí a tu padre.

No solo era un gran tipo, también el mejor abogado que ha pisado Lekeitio.

Puedes estar muy orgulloso de él. Era una suerte tener aquí a alguien así, aunque fuera únicamente durante el verano.

Con mi divorcio hizo un gran trabajo. Le estaré siempre agradecida.

Aquello no lo esperaba. Maite, la todopoderosa Iturri, estaba frente a mí, tendiéndome la mano en un momento en el que muchos me daban la espalda.

De pronto me vino a la cabeza un recuerdo de la infancia.

—Una vez salimos a navegar con unos amigos de mi padre —dije, sintiendo una punzada de nostalgia. Apenas conservaba imágenes nítidas de aquel día, pero de algo estaba seguro: disfruté del mar, no le tuve miedo—. ¿Fue contigo? ¿Era tu velero?

Maite esbozó una sonrisa triste.

—No. Lo mío con el mar es más reciente… Él me robó a mi hijo mayor hace dieciocho años.

Nunca recuperaron su cuerpo. —Sus palabras estaban marcadas por el dolor.

Un dolor sereno, maduro, sin lágrimas pero arraigado en el fondo del corazón—.

Lo odié profundamente, lo temí… Estuve años sin poder acercarme a él.

Creo que por eso me marché a Vitoria, tan lejos del Cantábrico como pude.

—Maite asintió, pensativa—. Hasta que comprendí que sus olas fueron las que dieron a Ibai su último abrazo.

Y lo siguen haciendo. Ellas guardan el último aliento de mi niño, ellas lo traen hasta mí cada vez que rompen en la orilla.

Por eso navego. Y te puedo asegurar que hoy el mar es el único lugar donde soy feliz.

Tardé tiempo en poder pronunciar palabra.

—Tuvo que ser muy duro.

—Tú has perdido a un padre y sabes lo que duele la ausencia, pero perder a un hijo es…

—Maite buscó la palabra, pero acabó sacudiendo la cabeza.

No había ninguna capaz de describir lo que sentía—.

Jon, me gustaría que vinieras conmigo a navegar.

Tu padre amaba el mar y ya nunca podré invitarlo a mi velero, pero a ti sí.

Puede ser hoy mismo. Esta tarde. Te ayudará a despejar la cabeza de todo lo sucedido en los últimos días.

Respiré hondo, pero no fui capaz de desterrar el pánico que despertó en mí su propuesta. No necesitaba cerrar los ojos para visualizarme paralizado por el miedo en un velero a merced de las olas.

—No puedo… Me da miedo el mar. No me siento seguro lejos de la costa.

Me sorprendió oírme confesar aquello. Era la primera vez que lo compartía con alguien.

Maite acababa de lograr que me abriera en canal.

Y no sentí vergüenza. Al contrario: me sentí mucho mejor.

Comprendí que admitirlo en voz alta no me hacía más vulnerable, sino que sentaba la base para comenzar a enfrentar una realidad que me atormentaba.

Ella me observó sin juzgarme.

—¿Y no crees que deberías ponerle remedio?

Tienes una mente científica, Jon. Sabes que no es racional y que puedes enfrentarte a ello.

Vamos a ganarle la partida a ese miedo. Navegaremos hasta donde tú quieras.

No hace falta que vayamos muy lejos hoy, lo justo para que disfrutes y quieras volver a intentarlo.

¿Has visto alguna vez nuestra costa desde ahí fuera? Te aseguro que merece la pena.

—¿Te importa si lo dejamos para otro día? —propuse con los nervios aferrándose con saña a mi estómago—. Hoy estoy agotado y creo que someter mi mente a más tensiones es lo último que necesito.

—Claro. Saldremos el día que estés preparado.

Pero cuenta conmigo, de verdad. A los miedos hay que plantarles cara.

Solo serás libre el día que los mires a los ojos y les digas que ya no te asustan.

Y entonces te arrepentirás de todo el tiempo perdido.

Porque hoy es el mar, pero mañana será cualquier otra cosa.

El miedo es voraz: si no lo pones a raya, cada día te pedirá un poco más, y los límites de tu mundo serán cada vez más pequeños.

La escuché con atención. No era solo el mensaje, sino la pasión con que lo defendía. Entendí por qué le había ido bien en la política.

—¿No te interesará un puesto de psicóloga? —bromeé—. Puedo hablar con la directora del ambulatorio para que te contrate.

Maite dejó escapar una risa nasal. La seguridad que mostraba se diluyó como por arte de magia.

—Me conformaría con ser capaz de aplicarme todo esto a mí misma.

Paso demasiado tiempo leyendo libros de psicología.

Y artículos. La teoría me la sé mejor que nadie, pero me falta fuerza para aplicarla.

—La política señaló mi teclado—. Ya viste el otro día.

Si no tengo cerca mis pastillas, me bloqueo.

Me da por pensar que voy a tener una crisis y me vengo abajo.

—No te culpes por tomar antidepresivos. No te avergüences de ello. ¿Acaso lo harías si se tratara de unas píldoras contra la tos? La mente también duele y es algo que debemos normalizar. De todos modos, esas pastillas que te receté el otro día no son más que un bastón. El trabajo real lo haces tú.

—Qué orgulloso estaría tu padre de ti. —Maite me observaba con verdadera admiración—. Cuando el año que viene deje el Gobierno Vasco y me vuelva a Lekeitio, no dudaré al elegir médico. A mí que me pongan con Jon Aguirre. No se te ocurra marcharte, eh.

—¿Dejas la política?

—Una tiene ya sus años. Me apetece poder pasear cada día por el puerto, ver atardecer desde las marismas del Lea, navegar…

Sí, navegar cada día y sin hora de regreso.

Mi partido pretende que me presente a la alcaldía de Lekeitio, pero no voy a aceptar.

Me jubilo, Jon. Amo este pueblo y sé que necesita a alguien más joven y con energía.

Aunque antes de dejarlo me gustaría resolver el problema de convivencia que ha despertado la turismofobia.

Por el bien de todos. No solo ha llegado a Lekeitio sino también a otros lugares de nuestra costa.

Y quiero que sea mi último servicio público.

—Un objetivo ambicioso —señalé. Visto lo caldeados que estaban los ánimos, quizá jamás lograra jubilarse.

—Un reto —me corrigió Maite—. ¿Qué sería la vida sin ellos?

Sus palabras me hicieron pensar. Una vez más.

—Mañana —dije.

La consejera me miró confusa. ¿A qué me refería?

—Mañana saldré contigo a navegar. —Me sorprendió ser capaz de asegurarlo sin sentir que se abría un abismo a mis pies.

La consejera cerró los ojos para visualizar su agenda.

—Tendrá que ser a primera hora de la tarde. Después tengo la asamblea.

—Hecho —dije tendiendo la mano hacia ella.

Maite me la estrechó.

—¿Y qué buscabas en casa de Aresti? —preguntó una vez que sellamos el acuerdo.

—No lo sé.

—Pero algo buscabas…

Le expliqué que estaba convencido de que tenía que haber algún vínculo entre Lea y el empresario.

Maite me escuchaba, pensativa. De vez en cuando asentía.

—Ambos eran activos importantes en la atracción de visitantes —reconoció—.

A Lea la seguíamos con interés desde la Consejería de Turismo.

Vendía una costa vasca diferente, alejada de los tópicos de playa y gastronomía.

Tenía una manera de hablar que enamoraba.

Siempre tan entusiasta… Conseguía que, aunque no te interesaran los pájaros o las nutrias, te quedaras mirando el vídeo hasta el final.

Nos vendía muy bien. —Sentí un nudo en la garganta al reconocer perfectamente a Lea en su descripción—.

Y José Ignacio… ¿qué podemos decir de él que no se haya dicho ya?

Su hotel, el Palacio de Zubieta, es una referencia entre los viajeros que vienen buscando el lujo.

Sus pisos tienen otro público, pero aquí hay espacio para los ricos y para quienes no lo son.

—Tú crees que el móvil de sus crímenes tiene que ver con eso —señalé.

Maite se encogió de hombros.

—Cuando solo contábamos con el asesinato de Aresti, estaba segura de ello. Pero ahora que parece que la muerte de Lea pudo no ser un accidente, no lo tengo tan claro. Me surge alguna duda.

—¿Cuál?

La consejera dudó unos instantes. Me dio la impresión de que sabía más de lo que quería admitir.

—No sé… Tampoco quiero hablar de más. Confiemos en la Ertzaintza.

No pude evitar resoplar al recordar al oficial Castaños. Iba a mencionarle mi escasa confianza en aquel tipo cuando Maite agitó el brazo izquierdo para consultar su reloj.

—Madre mía… Llego tarde a una reunión —dijo poniéndose en pie.

Quise seguir la conversación. Pero ella tenía ya la mano en el pomo de la puerta.

—Oye, Jon… —dijo pareciendo recordar algo—.

Ven mañana a la asamblea sobre el turismo.

Tu presencia ayudará a visibilizar que no es malo que llegue gente de fuera.

Si no fuera por ti, este ambulatorio no podría atender también por la tarde.

Hace años que no podíamos ofrecerlo por falta de facultativos.

Comprendí que no se le acababa de ocurrir. Quizá el verdadero motivo de su visita fuera hacerme llegar esa invitación.

—Me parece que lo de mi detención no ayuda mucho. Seguro que hay vecinos que hoy se han despertado con la idea de que soy un asesino. La gente necesita poner nombre a sus miedos y la prensa les ha brindado el mío en bandeja.

Maite arrugó los labios y los movió de un lado a otro, pensativa.

—Acude igualmente. Sigues siendo el médico que ha venido a reforzar la atención primaria en la comarca.

Y toma la palabra en algún momento. Eres un gran orador.

Te ayudará a limpiar tu imagen. Tus pacientes ya saben que eres una buena persona, pero con los demás te vendrá bien darte a conocer.

Nadie que te oiga hablar sospecharía de ti. Salta a la vista que eres un buen tipo.

Me reí para mis adentros. Me caía bien Maite, pero era evidente que estaba acostumbrada a mandar y ser obedecida.

—Iré —prometí.

La política me respondió con una sonrisa satisfecha.

—Te veo mañana, entonces. Y… si te animaras a adelantar lo de salir a navegar —indicó antes de cerrar la puerta—, me encontrarás hoy en el muelle a las tres y media.