Bajamar Capítulo 37
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Capítulo 37

Había alguien en el piso de arriba.

Sua ladraba furioso al techo. Él también lo había oído.

Me dirigí a la cocina y cogí el cuchillo más grande que encontré. No estaba dispuesto a brindarle la más mínima ventaja al visitante nocturno.

—Ven —le susurré al border collie—. Echaremos un vistazo.

Sua gimoteó, pero prefirió venir conmigo a quedarse solo.

Los pasos nos llegaban claramente. Alguien buscaba algo allí arriba.

No habíamos llegado todavía a mitad de escalera cuando el móvil se apagó.

Maldije para mis adentros por no estar más preparado. Me prometí a mí mismo que lo primero que haría por la mañana sería ir a comprar linternas. Muchas. Una para cada habitación. Una para cada peldaño de esa maldita escalera.

Pero no iba a echarme atrás. A pesar de los lamentos de Sua, que no se separaba de mí, continué subiendo.

Llegué al distribuidor al que se abrían varios dormitorios, pero el oído me hizo seguir un piso más.

Los pasos venían del desván que apenas había pisado un par de veces desde que me había mudado a Lekeitio.

Su puerta estaba entreabierta.

El faro de Santa Catalina se convirtió en mi mejor aliado. Su resplandor se colaba por la única ventana de aquella buhardilla y me permitía atisbar algo entre las sombras. Aunque solo fuera de manera fugaz.

Un destello, una pausa corta y tres destellos más antes de sumir el mundo en la oscuridad absoluta por veinte eternos segundos. Los había contado mil veces en largas noches intentando conciliar el sueño.

La mano que no sostenía el cuchillo buscó a Sua. Le froté el lomo para calmarlo. Me reconfortaba sentirlo cerca. Pero los pasos seguían ahí. Deambulaban por aquel desván donde mis padres habían ido acumulando montones de retazos de una vida.

¿Qué podría estar buscando allí?

Me detuve junto a la puerta y aguardé a que el faro me diera paso.

Sin linterna, solo podía valerme de sus destellos para irrumpir en la buhardilla y ver a quién me enfrentaba.

—¿Preparado? —le susurré a Sua.

Oí unos pasos alejándose de la puerta.

El primer destello me dio la señal. Tras él venían tres más. Era el momento.

Empujé la puerta con una mano. La otra sostenía firmemente el cuchillo, sin ocultarlo. Quería que quien estuviera allí dentro comprendiera que esta vez no iba a ponérselo tan fácil como en la casa-torre.

Tres destellos.

Tres miradas fugaces.

Cajas apiladas, estanterías, bolsas…

El desván parecía el de siempre.

Los veinte segundos de oscuridad que siguieron se me hicieron eternos, y más cuando oí venir hacia mí al intruso. Los gruñidos de Sua parecieron disuadirlo de seguir avanzando, pero no reculó.

Apreté con fuerza la empuñadura del cuchillo y me arrepentí de haber entrado allí. Tendría que haber invertido la poca batería del móvil en llamar a la policía para alertarlos de que alguien había irrumpido en mi casa. Era un inconsciente.

Y entonces llegó una nueva serie de destellos y las vi.

Una, dos, tres… Hasta cinco boyas de vidrio rodaban por el suelo a merced de las ráfagas de aire que se colaban por la ventana. El temporal la había abierto y el viento jugaba a su capricho en aquel espacio donde habitaban los recuerdos.

Eran ellas quienes imitaban el sonido de unos pasos.

Si no hubiera estado tan asustado, me habría reído de mí mismo.

Conocía demasiado bien aquellas bolas de colores.

Formaban parte de la decoración que había arrancado de las paredes a los pocos días de mudarme.

Igual que esos pequeños faros que se amontonaban junto a unas cajas de cartón repletas de enciclopedias antiguas.

Apoyé la espalda en la pared y me dejé caer hasta el suelo. Todavía era capaz de sentir los latidos desbocados de mi corazón, pero mi mente había logrado salir de la espiral del miedo.

Pulsé el botón del faro que tenía más cerca y se encendió una pequeña bombilla en lo alto de la torre de luz. No era mucho, pero al menos desterró la oscuridad.

Sua la olisqueó y se recostó a mi lado. Sentado en el suelo, a la luz de un faro de mentira y rodeado por unas boyas que rodaban aquí y allá al ritmo caprichoso que les marcaba el viento, no pude evitar sentirme ridículo.

—Vaya par nos hemos juntado, muchacho —me reí abrazándolo—. No sé cuál de los dos es más valiente.

El border collie me colmó de lametazos. Ya no gimoteaba. Él también parecía más tranquilo.

Cuando conseguí sacudírmelo de encima, me acerqué a la ventana abierta.

El faro de Santa Catalina dibujó fugazmente los contornos del paisaje antes de volver a sumirlo todo en la oscuridad.

Aguardé el regreso de sus destellos y observé aquel mundo.

Un territorio áspero, labrado a golpes de ola y vientos del noroeste.

También de una lluvia que no daba tregua.

Pero el rugido del mar era el gran protagonista.

Sus olas batían furiosas contra la costa y hacían saltar una espuma blanca que parecía nieve a la luz del faro.

Olía a humedad y a salitre. A soledad y a nostalgia.

Del otro lado las luces de Lekeitio brindaban una leve calidez a la panorámica. Mi casa, en cambio, seguía envuelta en las sombras, igual que toda la carretera que llegaba hasta ella, donde no quedaba una sola farola encendida.

Supuse que el temporal estaría detrás del apagón.

El hocico de Sua se hundió en mi mano en busca de unos mimos que también yo precisaba.

Cerré la ventana y apoyé la frente en ella. Estaba agotado.

—Vamos a necesitar fuerzas —murmuré.

Y sabía que no lo decía en vano.