Capítulo 36
No podía dormir.
Por más vueltas que daba en la cama no había manera de conciliar el sueño.
¿Cómo iba a hacerlo si solo unas horas antes estaba sentado delante del juez de guardia, tratando de explicarle que el oficial Castaños se equivocaba? ¿Cómo, si alguien había tratado de matarme de nuevo?
Dos intentos ya.
Si el refranero estaba en lo cierto, a la tercera lo conseguiría.
No. Eso sí que no. Estaba decidido a no permitírselo.
El ataque sufrido en la casa-torre me confirmaba que mis pesquisas iban en la dirección correcta.
El turismo no era la clave que unía ambas muertes.
Si lo fuera, nadie se habría tomado la molestia de entrar en el domicilio de Aresti para borrar las mismas pruebas que yo buscaba.
Porque estaba seguro de que eso era lo que trataba de hacer quien había intentado asesinarme abriendo la llave del gas.
Sin embargo, tenía la impresión de que mi investigación había llegado a una vía muerta. Los papeles en los que confiaba para avanzar estaban ahora en manos de la policía. El lado bueno de aquello era que quizá el oficial Castaños fuera capaz de encontrar alguna clave en ellos.
Algo me decía, por desgracia, que no sería así.
Ese tipo estaba obcecado conmigo y cada minuto que perdiera buscando la manera de demostrar mi relación con los asesinatos era un minuto regalado a quien hubiera matado a Lea y a Aresti.
Y también a quien me quería ver muerto.
Me arrebujé en la manta. Debía olvidar todo aquello, aunque solo fuera por unas horas. Necesitaba descansar.
Pero era imposible. Mi mente era un torbellino. Esto, lo otro, aquello y lo de más allá… Pero una y otra vez llegaba a esa vía sin salida.
Por primera vez en mucho tiempo, mis pesadillas habían cambiado de escenario y mi mente no se quedaba en aquella curva de Navafría.
Los postigos también se agitaban, inquietos. El temporal, que se había desatado poco después de la medianoche, estaba arreciando.
El viento y la lluvia golpeaban la costa con furia. Y no eran los únicos. El mar se aliaba con ellos y arremetía implacable contra los acantilados, despertando un rugido que lejos de arrullar la noche la hería de muerte.
De muerte…
Mi cabeza me llevaba una y otra vez al mismo punto: alguien quería matarme.
Alguien quería evitar que siguiera hurgando en busca de la verdad. Había sido un inconsciente cantando a los cuatro vientos que sospechaba que lo de Lea se trataba de un asesinato.
Ajeno a mis pensamientos, Sua dormía hecho un ovillo en el suelo, a los pies de la cama. Su respiración acompasada me ofrecía un salvavidas al que aferrarme, pero mi mente me traicionaba. Me devolvía a la casa-torre, a la zancadilla de alambre en medio de la niebla…
Un silbido llegó desde el comedor. Le contestaron otros, algunos más graves y otros no tanto, desde distintos rincones de la casa. Los postigos se sumaron con un tamborileo nervioso.
Sua se incorporó y gruñó.
—Tranquilo. Es solo el viento —le dije, invitándolo a subir a la cama.
Durante mis primeros temporales, allá por el mes de septiembre, también a mí me habían inquietado esos ruidos.
Era lo que tenía vivir en una casa, vieja y aislada, a orillas del Cantábrico.
El silencio, protagonista la gran mayoría de las noches, se tomaba la revancha los días de tempestad con un auténtico recital de silbidos, crujidos y golpeteos.
Mis palabras lograron calmarlo, pero apenas habían pasado un par de minutos cuando los postigos volvieron a la carga.
Suspiré y eché un vistazo al reloj.
Eran poco más de las tres de la madrugada. Aún no había pegado ojo, y un perro gruñendo en mi cama no auguraba que fuera a conseguirlo. Era evidente que tenía que buscarle un hogar de forma urgente. Vivir conmigo no le sentaba bien.
—Calma, hombre… Que no pasa nada —musité rascándole la nuca.
No había terminado de decirlo cuando un golpe sordo llegó desde el comedor.
Le siguió el ruido de papeles volando. También el de la lluvia colándose en casa.
Sua saltó de la cama ladrando. Estaba fuera de sí.
Yo también me incorporé con el corazón bombeando sangre a toda velocidad.
Era la puerta de la calle. Algo —o alguien— la había abierto.
—Shhh, habrá sido el viento —susurré, abrazado al border collie.
Me costaba creerme mis propias palabras.
Palpé junto a la mesilla y pulsé el interruptor, pero el torrente de luz que esperaba que inundara el dormitorio no llegó.
Volví a pulsarlo.
Nada.
La escasa templanza que me quedaba se hizo añicos.
No había electricidad.
Regresé a la mesilla, cogí el móvil y encendí su linterna.
La luz blanca se movió nerviosa de un lado para otro, descubriéndome mi propio dormitorio desde una perspectiva nueva: la del miedo.
De pronto me sentía de vuelta a la casa-torre de Aresti. Sua, también. No dejaba de ladrar de un modo que no le había visto antes. Estaba aterrado.
—Calma, muchacho. Estamos en casa. Nadie va a hacerte daño.
No sé de dónde saqué el valor, pero me obligué a salir al comedor. El perro me siguió, pegado a las piernas, siempre a punto de hacerme tropezar.
Un rápido barrido con la linterna me mostró que la puerta estaba abierta de par en par, pero allí no había ningún intruso.
Al menos a simple vista.
Mientras Sua se encaraba con las cortinas, que las corrientes de aire convertían en espectros dispuestos a atacarnos, avancé hacia la puerta a grandes zancadas. La luz del faro de Santa Catalina dibujó brevemente un mundo exterior barrido sin piedad por el aguacero. El mar estaba erizado.
Tuve que forcejear contra el viento para poder cerrarla, pero lo conseguí.
—Ya está —dije, con la espalda apoyada en ella.
El alivio que sentía contrastaba con el aspecto desastroso que se había adueñado de mi salón. Un charco a mis pies, el diario con la noticia de mi detención disperso por las esquinas…
Me agaché junto a Sua, que tenía el rabo entre las patas, y lo abracé.
—No pasa nada… Nadie va a hacerte daño.
Una nueva ráfaga de viento batió los postigos y zarandeó la poca seguridad que lograba imprimir a mi voz.
Tampoco ayudó el pitido grave que emitió el móvil. La batería se estaba agotando.
Y entonces los oí…
Pasos.
No tuve ninguna duda.
Esta vez no se trataba del viento.