Capítulo 35
Me giré con los dientes apretados. No esperaba a nadie. Menos aún allí, de noche, en un lugar apartado y sin nadie a la vista.
—Sabía que lo encontraría aquí —dijo una voz.
Era Itziar. Sin rastro del uniforme de inspectora. Solo unos tejanos rasgados y una sudadera.
—¿Lo buscabas? —pregunté, dando por hecho que se refería a Sua.
—Estaba tomando una caña en el Muga y ha entrado María Jesús preguntando si lo habíamos visto. Se le ha escapado de la tienda. La Ertzaintza se lo había entregado esta mañana.
El perro le contestó con un gruñido. Después apoyó las patas en mis rodillas. Me pedía ayuda.
—¿Cómo se te ocurre escaparte? —lo regañé dándole unas palmadas en el lomo.
Su respuesta fue colmarme de lametazos. No se apartaba de mí.
—Te tiene cariño —observó Itziar—. Pobre animal. Debe de echar de menos a Lea.
Al oír el nombre de su dueña, las orejas del perro se irguieron. Miró a su alrededor, como si esperara verla aparecer. Luego frotó la cabeza contra mi mano, en busca de mimos.
—¿Te lo vas a quedar? La madre de Lea dice que no puede ocuparse de él.
—¿Yo? No puedo. Me encantaría, pero los horarios de un médico…
—Hay gente con peores horarios que tú, anda. A mí no me vengas con esa excusa.
Sua nos observaba con atención. Era consciente de que hablábamos de él.
—Es increíble —reconocí—. A pesar de que hace una semana casi no nos conocíamos, tengo la sensación de haberlo tenido a mi lado toda la vida.
Itziar se sentó junto a mí. Dejó escapar un suspiro y me dio un apretón en el hombro.
—La que has liado —comentó después de un largo silencio.
Comprendí que se refería a lo de la casa-torre.
Me costó responder. ¿Qué podía decir?
—Tenía que hacerlo.
—Eres un inconsciente. Habrás visto las noticias…
¿Quieres que te diga lo que pasará mañana?
—preguntó entregándome un diario que traía bajo el brazo—.
Irás al Muga, al centro de salud, al puesto de Lourdes…
Tratarás de seguir con tu vida. Y tienes todo el derecho a hacerlo.
Pero nada será igual. Oirás cuchicheos a tu espalda.
Notarás miradas incómodas. Habrá quien se aparte a tu paso…
—Yo no los maté, Itziar. Si el juez hubiera visto algo, me habría enviado a la cárcel.
Me observó con una mueca triste.
—Eso les da igual. Para muchos ya eres culpable. Y lo seguirás siendo aunque detengan al verdadero asesino.
—Entré a su casa porque necesitaba respuestas. Tiene que haber algo que vincule a Lea y Aresti. Algo que haya movido a alguien a acabar con ellos. No puede ser solo el turismo.
—Ya sabes lo que pienso de la muerte de Lea, pero el oficial Castaños ha decidido abrirse a la hipótesis del crimen y hasta se lo ha contado a los periodistas.
Tu irrupción en la casa-torre le ha brindado una conexión.
—Itziar suspiró con la mirada fija en ese faro que iluminaba rítmicamente sus facciones—.
Querías que lo de tu amiga se investigara como homicidio y lo has conseguido.
Contigo en el centro de todas las pesquisas, pero lo has logrado.
—No era mi amiga.
—Lo sé. Ya te hubiera gustado que lo fuera. O algo más. —Su insinuación me hizo ruborizar. Afortunadamente, Itziar cambió de tema—. ¿Le has hablado a Castaños de mi hermano?
—No.
—¿Nada? ¿De verdad?
—Ni una palabra.
Ella miró hacia el cielo, aliviada.
—Gracias. Cuando supe de tu detención creí que irían a por Jokin. Pensaba que les contarías lo de… Ya sabes… He hablado con él. Va a dejar lo de las angulas. Me lo ha prometido. Pero él no mató a Lea. Tampoco a Aresti.
Deseé con todas mis fuerzas tenerlo tan claro como ella, pero no era así.
—Quiero pedirte perdón… —continuó tras unos instantes—. El otro día no fui justa contigo. No debí decirte que tienes las manos manchadas de sangre. No es así, Jon, y quiero que sepas que me avergüenza haber reaccionado así. No lo mereces.
—Las tengo manchadas. No dijiste ninguna mentira.
—Eso no es verdad. —Su mano fue a buscar la mía. La calidez de nuestros dedos entrelazándose me llegó al corazón—. Tu reacción aquel día fue la que hubiera tenido cualquiera.
Se refería al accidente que sacudió mi vida hasta el punto de obligarme a abandonarlo todo y comenzar de nuevo.
—Soy médico. Mi reacción no tenía que ser la de cualquiera. Fallé a mi profesión.
—Pero no a tu humanidad. No puedes seguir culpándote toda la vida por lo que hiciste.
La mañana que arrasó mi mundo regresó a mi memoria con la misma intensidad que se me aparecía una y otra vez desde aquel día.
Me sentí de vuelta a un maldito domingo de mayo. El sol mandaba en un cielo azul donde apenas flotaban algunas nubes de algodón, tan blancas, tan hermosas, que parecían obra de algún pintor. Un día perfecto para estrenar la Vespa clásica que llevaba años restaurando.
La sierra de Guadarrama fue el lugar elegido.
Sus bosques todavía estaban vistiéndose de verde tras el letargo invernal.
La naturaleza se hallaba en plena ebullición.
Había dejado atrás el pantano de Pinilla y las últimas casas de Lozoya y trepaba, sin prisa, disfrutando de cada curva, hacia el alto de Navafría.
El ganado se encontraba ya en los pastos de verano y el canto de los pájaros se colaba en mis oídos cuando el motor de la Vespa se lo permitía.
No tardaría en alcanzarlas. Se habían adelantado mientras yo apuraba mi café al pie del puerto.
Lola y Sofía. Mi sobrina y su mejor amiga.
El ciclismo era su droga, su vitamina. Su vida. A sus dieciséis años ambas competían en la categoría de cadete y los fines de semana que no había carrera los aprovechaban para salir a entrenar.
Aquella mañana Mónica iba con ellas. Hacía ya siete años que mi novia había colgado la bicicleta, pero salía con las dos de vez en cuando. La adoraban. Una voz veterana que les explicaba historias de ese mundo y les mostraba los mejores puertos.
Todo se truncó de repente. Primero fue el ruido de una frenada, después un coche que me adelantó en plena curva. Negro, deportivo.
Levanté la mano para recriminarle su actitud temeraria.
El chirrido de sus neumáticos contra el asfalto se repitió apenas unos segundos después. Contuve la respiración. Aquello no me gustaba nada.
Pero la pesadilla no había comenzado aún. Se desató unas curvas más arriba.
Una bicicleta rota en mitad de la carretera…
Sangre…
Mónica estaba tendida boca arriba. Su casco, partido por la mitad, permitía ver la fractura en el cráneo.
Había perdido masa encefálica. Su traumatismo era a todas luces incompatible con la vida, y a pesar de ello me dejé caer a su lado, de rodillas, y comencé a realizarle un masaje cardiaco.
Una, dos, tres… Treinta compresiones sobre el esternón seguidas de dos insuflaciones.
Mis propias lágrimas nublaban lo que sucedía alrededor. El mundo entero se redujo a una estrecha franja donde todo se estaba yendo a pique.
El rostro de Lola, mi sobrina, que me llamaba angustiada en medio de una nebulosa de irrealidad. Estaba sentada en el asfalto, con la clavícula rota y la cara ensangrentada. A pesar de sus heridas, no pedía que me ocupara de ella. Me rogaba que ayudara a su amiga.
—«Tío. ¡A Sofía! ¡A Sofía!» —repetí—. No paraba de llamarme.
Y yo no la escuchaba, Itziar. Estaba obcecado en devolver la vida a Mónica, completamente roto mientras le practicaba unas maniobras de reanimación que saltaba a la vista que no servirían para traerla de vuelta.
¡No fui capaz de ver que cinco metros más allá había una cría desangrándose!
—Sabes que esa muchacha hubiera muerto igualmente. No podías salvarla.
No la escuchaba. Mi mente estaba en las curvas de Navafría.
—Tenía que haber analizado la situación completa antes de detenerme a atenderlas.
Sofía murió por mi culpa. El tiempo que tardé en tratar de reanimar a Mónica la mató.
—Lloré abiertamente—. Estaba tendida boca abajo, en el arcén.
No se movía. Cuando llegué junto a ella se había desangrado. Tenía la femoral seccionada y…
Itziar me apretó la mano para impedirme continuar.
—Solo hay un culpable, y no eres tú, Jon. Es ese monstruo del coche negro. Las atropelló y en lugar de detenerse aceleró y las dejó allí, agonizantes. Él es el único responsable de su muerte.
Sus palabras no lograron reconfortarme.
—Soy médico… Nos enseñan a escuchar a la cabeza y no al corazón. Me cegó ver allí a mi pareja. No fui capaz de mirar más allá. Quien precisaba asistencia inmediata era Sofía. —Un sollozo se coló entre mis palabras—. Fallé a los principios de mi profesión.
—Y yo soy policía. ¿Y qué hago una y otra vez?
—planteó Itziar cogiéndome la cara para obligarme a mirarla a los ojos—.
Proteger a mi hermano. Saltarme la ley para cuidar de él.
¡Somos humanos, Jon! A veces no podemos evitar que los sentimientos se pongan por delante de nuestra profesión.
Estoy jodida, ¿sabes? Llevo toda mi vida preocupándome por Jokin.
No puedo más. Es un buen chaval, tiene muy buen fondo, pero se mete constantemente en líos.
Y lo peor de todo es que no puedo culparlo.
Su infancia no fue fácil. La mía tampoco, pero tuve suerte de no caer en las malas amistades, como él.
—Su mano derecha viajó a sus ojos para secarse las lágrimas.
Era la primera vez que la veía llorar—. Me siento responsable de lo que le pasa.
Estaba tan pendiente de mí misma que olvidé que mi deber era cuidar de él.
—¿Y tus padres?
La inspectora dejó volar un suspiro que se abrazó a las olas.
—El hijo de Maite Iturri no fue el único que perdió la vida en el naufragio del Ortzadarra.
Mi padre también desapareció en aquel accidente.
Ni siquiera encontraron su cadáver. Su cuerpo quedó para siempre en el infierno de Gran Sol.
—No quise profanar su pausa. Era su momento—.
Mi madre no soportó aquello. Era una mujer vulnerable.
La incertidumbre de la búsqueda la superaba, pero lo que acabó con ella fue la decisión de suspenderla tras varias semanas.
El día que mi padre recibió oficialmente la etiqueta de fallecido, se vino abajo.
Salió de casa y cuando horas después llamaron al timbre eran unos policías.
Se había quitado la vida. —Itziar se detuvo para secarse las lágrimas—.
Yo tenía dieciocho años, pero Jokin aún era un crío. Todavía arrastra todo aquello.
—Lo siento —balbuceé. De pronto fui consciente de lo poco que conocía a Itziar. Ella lo sabía todo de mí. Yo, en cambio, estaba oyendo su propia historia por primera vez—. ¿Por qué nunca me lo habías contado?
—La vida me ha enseñado a no decir más de la cuenta. Si desnudas tu alma ante los demás te arriesgas a que te hagan daño.
—Y también a que te ayuden.
—No necesito ayuda.
—Todos la necesitamos, Itziar.
Se mantuvo en silencio, con la vista clavada en aquellas olas que el faro dibujaba de vez en cuando.
Después se volvió hacia mí y sus manos viajaron hacia mi cara.
Me pasó los dedos por las mejillas, exhaló un leve jadeo y me atrajo hacia sus labios.
Igual que cuando éramos dos adolescentes que nos escapábamos a nuestra isla.
—No puedo —susurré apartándome con suavidad—. Lo siento.
Cerró los ojos, avergonzada.
—No lo sientas. Qué tonta… No me hagas caso. A veces tengo la impresión de que seguimos siendo aquellos críos. Perdona. No quería incomodarte.
Le pasé las manos por la espalda y la atraje hacia mí en un abrazo sincero.
No había nada que perdonar.