Capítulo 34
No hacía mucho que el sol se había perdido tras el horizonte, dispuesto a luchar con sus propios demonios antes de retornar victorioso con el nuevo día.
Los tonos rojizos del crepúsculo todavía trataban de aferrarse a un cielo que se iba apagando a medida que las estrellas se encendían.
Por el momento no había rastro de la luna.
Una noche bonita.
En realidad, aunque lloviera a mares me hubiera parecido la más hermosa que recordaba.
Tras casi veinticuatro horas arrancado de mi vida, era por fin libre.
Con cargos, pero libre.
Me senté en las escaleras que bajaban hacia el faro de Santa Catalina.
Su luz blanca saludaba al Cantábrico con la precisión de un reloj. Un destello, una pausa breve, tres latidos luminosos más, y por último un largo silencio de veinte segundos antes de volver a empezar.
Me mordí el labio al recordar mi primera noche en Lekeitio.
También aquella tarde elegí el faro para ver morir el día.
Era una de tantas jornadas lluviosas del verano vasco, pero no me importó mojarme.
Ver las gotas de sirimiri bailando en los haces de luz me pareció un sueño.
Sentía que aquel era el refugio seguro que mi vida precisaba.
Los paisajes de una infancia en la que todo era plácido iban a ayudarme a comenzar de nuevo.
Tenía ganas de hacerlo bien, de ser feliz, de construir una nueva vida sin hacer daño a nadie.
Y ahora, cuando solo habían pasado seis meses de aquello, todo se había derrumbado como un castillo de naipes.
Otra vez.
No iba a ser fácil seguir adelante.
Lo supe en cuanto entré en internet y vi mi nombre en las noticias.
Al oficial Castaños le había faltado tiempo para anunciar una detención relacionada con los crímenes de Lekeitio. Y ahí estaba mi nombre. Algunos medios de comunicación incluían en la noticia alguna foto mía, obtenida de mis propias redes sociales.
Mi móvil echaba humo. Tenía decenas de mensajes sin responder. Lo haría más tarde, cuando hubiera tenido un rato para mí. Ahora necesitaba respirar y hacer las paces con una vida que me estaba dando la espalda.
Unos ladridos me sacaron del trance.
Me giré, desconcertado.
Conocía ese tono.
—¡Sua! —exclamé, poniéndome en pie de un salto.
El border collie corrió hacia mí y me cubrió de lametazos.
Estaba eufórico: gimoteaba, ladraba y agitaba el rabo con una energía desbordante.
—¿De dónde sales? —le pregunté mirando alrededor. No había nadie cerca—. ¿Cómo me has encontrado?
Las lágrimas que acudieron a mis ojos desdibujaron el mundo. Lo abracé con fuerza. Hundí la cara en su piel peluda y sentí una ola reconfortante inundándome por dentro.
—Te echaba de menos, ¿sabes?
El teléfono se ocupó de romper el momento. Vibró insistente en mi bolsillo y me obligó a comprobar de quién se trataba.
Era Cristina. Había perdido la cuenta de las llamadas perdidas que tenía de ella. De ella y de Nerea. Iba siendo hora de responder.
—Hola, Cris —saludé llevándome el aparato a la oreja.
—¡Jon! Por fin… ¿Cómo estás? Menudo susto.
—Estoy libre, que no es poco. Me veía otra noche en el calabozo.
—¿Qué pasó? ¿Cómo te descubrieron?
Le resumí lo sucedido. Mi llegada a la casa-torre, la puerta abierta, el encierro, el gas…
—¿Le has contado a la policía que te presté yo las llaves?
—No. No te preocupes.
La oí tragar saliva.
—Gracias. No me gustaría meterme en líos. Podría perder otros trabajos… Oye, tienes que traerme una foto tuya.
—¿Una foto?
—Una cualquiera. Como si es en blanco y negro. Lo que sea. Tú hazme caso y tráemela mañana mismo al trabajo.
No entendía nada.
—¿Para qué la quieres?
—Ay… Todo hay que explicártelo… Tendrías que confiar más en mí. Ya sabes que puse un pequeño altar en el salón. Con el buda de cuarzo blanco que traje de Tailandia. Tengo ahí un cuenco donde guardo fotos de todos mis amigos. Así pido por ellos.
—¿Cómo que pides por ellos?
—Cada mañana. En cuanto termino mis ejercicios de yoga, enciendo una vela y despliego las imágenes. Y te aseguro que funciona. Tú trae la foto y verás cómo te cambio ese karma tan malo que tienes últimamente.
Solo cuando prometí que lo haría dejó de insistir.
—Y llama a Nerea. Ella también está muy preocupada por ti —me pidió antes de despedirse.
El silencio de las olas tomó el relevo a sus palabras.
Me sentía realmente afortunado de contar con mis dos compañeras. El ambulatorio se había convertido en lo más parecido a una familia que tenía en Lekeitio, y ellas dos eran la razón principal de que así fuera.
Mi madre también me había llamado, claro.
Y mi hermana. Estaban tremendamente preocupadas.
La noticia de mi detención había llegado a Madrid y la digestión no estaba siendo nada fácil.
No entendían cómo podía haberme metido en semejante lío.
Menos mal que oír por mi boca que nada tenía que ver con el crimen de Aresti había conseguido calmarlas.
Guardé el teléfono. Llamaría a Nerea más tarde.
La silueta de Sua se recortaba contra la luz intermitente del faro. Varios destellos seguidos de un largo fundido a negro, y vuelta a empezar.
Todo parecía perfecto, pero era lo contrario. Pensé en Lea y la gran mentira de las redes sociales. Qué fácil era colgar una instantánea que contara que todo iba bien y ocultar la verdad bajo la alfombra. Qué sencillo vestir una vida que se iba a pique como la más envidiable de las existencias.
De pronto, Sua se puso en guardia.
Miraba hacia las sombras que se extendían a mi espalda. Sus ladridos se sumaron a unas pisadas que se acercaban.