Bajamar Capítulo 33
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Capítulo 33

Entrelacé los dedos sobre la mesa desnuda.

Había perdido la cuenta de las veces que los había enlazado y soltado. Y también de los cambios de postura de unas piernas que protestaban inquietas.

Llevaba media hora sentado allí, en una sala de interrogatorios de la comisaría de Gernika a la que me habían trasladado directamente desde la habitación de hospital donde había pasado la noche.

Me puse en pie. La cabeza protestó. Todavía me dolía, aunque el oxígeno que me habían administrado había desterrado todo rastro de aturdimiento.

Caminé lentamente. Apenas cuatro pasos de una pared a otra. Me sentía ridículo repitiendo el mismo paseo absurdo una y otra vez, pero necesitaba moverme.

Me fijé en la cámara que asomaba del techo.

Supuse que habría alguien al otro lado, observándome, igual que a un ratón de laboratorio encerrado en su jaula.

Jugaban a hacerme perder la paciencia. A que me desmoronara. Tal vez así confesara a voz en grito que había matado a Aresti, a Lea y al propio sursuncorda.

Cuando la puerta se abrió por fin, comprobé desanimado que conocía al ertzaina que accedió a la sala de interrogatorios. Se trataba del mismo que días atrás me había tomado declaración en pleno escenario del crimen de Lea.

—Bienvenido, señor Aguirre. Juan… —saludó mesándose su barba rojiza.

—Jon, por favor —respondí mientras trataba de calcularle la edad.

No debía de haber cumplido los cincuenta, aunque esa calva tan brillante dificultaba todo cálculo.

Me guie más por las marcas de expresión que por una alopecia que probablemente le hubiera acompañado desde antes de cumplir los treinta años.

El ertzaina se dejó caer en la silla.

—Como habrá podido comprobar, hacemos nuestro trabajo —disparó con un deje burlón—. Siéntese, por favor.

Aquel inicio no prometía nada bueno. Él también me recordaba y, lo peor de todo, tenía grabados en su mente los reproches que le lancé aquella mañana.

—¿Dónde está Sua? —pregunté. No lo había visto desde mi detención a la puerta de la casa-torre.

—¿El perro? Se encuentra bien. No se preocupe. Está con alguien que se hará cargo de él.

Lejos de aliviarme, sus palabras despertaron en mí un sentimiento de nostalgia. Ya no tendría que preocuparme por sus paseos ni por su comida. Y tampoco podría rascarle detrás de las orejas cuando se pusiera nervioso.

Iba a echarlo de menos.

El ertzaina abrió una carpeta.

—Supongo que no hace falta que le diga que está metido en un buen lío. Está usted relacionado con dos muertes violentas en un marco de menos de una semana.

¿Dos?

—¿Significa eso que por fin van a investigar como crimen lo de Lea?

El policía me sostuvo la mirada, desafiante.

—Aquí las preguntas las hago yo. ¿Está claro?

Asentí a regañadientes.

—¿A quién me dirijo? —pregunté—. Es usted el agente…

—Oficial —matizó sin ahorrarse un ápice de arrogancia—. Oficial Castaños.

—De acuerdo, oficial. Comprendo que entrar a un domicilio sin invitación no es correcto, pero yo no tengo nada que ver con el asesinato de Aresti.

—Llevaba toda la noche pensando en ello.

Tenía una coartada impecable—. Participé en la regata que él mismo organizó.

Hay infinidad de vídeos donde podrá comprobar que formé parte de la tripulación de Lekeitio.

—No se descarte a sí mismo tan fácilmente.

—El oficial pasó varias páginas y clavó el dedo en una de ellas—.

Tengo aquí el examen forense de José Ignacio Aresti.

Su muerte se produjo dos horas antes del hallazgo del cuerpo.

Tuvo usted tiempo de acabar con su vida antes de incorporarse a la regata.

—Castaños se encogió de hombros—. Lo siento, pero su pretendida coartada no va a servirle.

Me recosté en la silla. No contaba con algo así.

—Si entré a la casa-torre de Bengolea fue en busca de información —confesé—. ¿Por qué ellos dos? Quien los mató no los escogió al azar. Tiene que haber algo que conecte a Lea y a Aresti.

—¿Usted, quizá? —planteó el policía remangándose para dejar a la vista unos brazos fuertes y tatuados. Una hipertrofia de manual. Ahí detrás había muchas horas de gimnasio y, seguramente, sustancias poco recomendables desde el punto de vista médico.

—¿Cómo dice?

—Que la pieza que une ambos casos es usted.

Lo tenemos en el escenario de la muerte de Lea y ahora también en el domicilio de la segunda víctima.

—Castaños negó con un gesto exagerado—. ¿Sabe qué es lo primero que aprendí en este trabajo?

—Una pausa. Una mueca—. A desconfiar de las casualidades.

Y espere. No he acabado… Manipuló usted los dos cadáveres bajo el pretexto de intentar socorrer a las víctimas.

¿Quiere que le diga por qué lo hizo? Porque así se aseguraba de tener una excusa en caso de que sus huellas o su ADN aparecieran durante la autopsia.

Me llevé las manos a la frente mientras resoplaba. Eso sí que no me lo esperaba.

—Es una locura. No tiene ningún sentido.

Castaños revisó otro papel, pensativo.

—Hay algo que me gustaría que me aclarara: ¿qué mueve a un madrileño con una vida aparentemente normal a abandonarlo todo para mudarse a un pueblo perdido en la costa cantábrica?

Me encogí de hombros.

—Ganas de tener una vida a escala más humana. Más tranquila.

El oficial esbozó una sonrisa torcida.

—Pues tranquilidad precisamente no ha encontrado. Y le aseguro que Lekeitio era un lugar muy sereno hasta que llegó usted. —Hizo una nueva pausa para estudiarme largamente—. Sé que hay algo que nos esconde, doctor. Y le aseguro que voy a encontrarlo.

—Se equivoca conmigo… Yo no he matado a nadie —dije con menos convicción de la que me hubiese gustado mostrar—. Además, la de anoche no fue la primera vez que intentan quitarme de en medio.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde puso la denuncia? —El gesto del oficial me dijo que no me creía.

Me encogí de hombros.

¿Qué podía responder a eso? Podría haberle explicado lo sucedido días atrás cerca del salto de agua de Bengolea, hablado de Jokin, de las angulas y de su hermana. Podría haberle dicho que su propia negativa a investigar lo de Lea como asesinato me había hecho desconfiar de la policía. Podría…

Sin embargo, opté por callar. Por Itziar. Por respeto a la amistad que había compartido con ella. Por mí mismo.

—¿Qué me dice de esto? —Castaños me mostró una foto. Reconocí la mesa baja que aparecía en ella. La había visto en el salón de Aresti, entre dos butacas.

Un detalle me hizo fruncir el ceño.

—Esos dos vasos no estaban ayer —señalé.

—Claro que no. Los retiramos durante la primera inspección, porque aunque usted no lo crea, hacemos nuestro trabajo.

El sábado, solo cuatro horas después del asesinato de José Ignacio Aresti, accedimos a su domicilio.

Y si no lo hicimos antes fue por estar pendientes de la orden judicial.

Esos vasos constituyen una prueba. La víctima recibió una visita la víspera de su muerte.

Ambos compartieron un whisky y, probablemente, se citaron al día siguiente en el calvario.

—Castaños cerró la carpeta y me miró fijamente—.

Por eso regresó ayer a la torre, ¿verdad?

Sabía que uno de esos vasos contiene restos biológicos que pueden delatarlo y quería hacerlo desaparecer.

Sacudí la cabeza.

—Menuda locura.

—¿Le importaría que le tomara una muestra de ADN?

—Por supuesto que no. Adelante. Pero no hace falta que pierda el tiempo. No encontrará ningún rastro mío ahí. Nunca antes había pisado esa casa-torre.

—Eso nos lo dirá el laboratorio —indicó Castaños poniéndose un guante de látex—. Abra la boca.

Me pasó un hisopo por la parte interior de la mejilla y lo introdujo en un tubo de muestras.

Aproveché su silencio para explicarle lo sucedido la víspera.

—El precinto estaba roto. Había alguien dentro cuando llegué. Alguien que me encerró y trató de asesinarme abriendo el gas —resumí, consciente de que no tardaría en interrumpirme—. Es a ese intruso a quien deberían buscar.

Castaños alzó la mano para pedirme silencio. Repasó rápidamente el informe y alzó la mirada hacia mí.

—Vaya… Mis compañeros deben de haberse equivocado de expediente —planteó con un fingido gesto contrariado—. En este hablan de un tipo que intentaba huir de una casa que quería volar por los aires. —El oficial no tardó en recuperar la seriedad—. ¿Qué pretendía, Jon? ¿Eliminar pruebas?

—Si hubieran llegado un minuto antes, me habrían encontrado prisionero en el despacho de Aresti. No tienen más que echar un vistazo para ver las marcas que dejé en la puerta intentando derribarla. Nos encerró. A mí y a Sua.

La mención al border collie hizo arrugar el gesto al policía.

—Reconocerá que resulta, cuando menos, extraño que sea usted quien tenga al perro de una mujer a la que dice conocer solo de vista. Una mujer cuyo cadáver fue el primero en encontrar… y, oh, vaya, también en manipular.

Iba a protestar, a decirle que era Sua quien se había presentado en mi casa, cuando un zumbido acompañó la apertura de la puerta.

—A ver… —se interesó Castaños—. ¿Qué será esto que nos trae el agente Urbizu?

El ertzaina que acababa de entrar dejó algo sobre la mesa.

—Mejore su puntería —me reprochó antes de tomar asiento junto a su superior—. Un poco más y me cae encima.

Ver allí la caja archivadora que había arrojado por la ventana fue un golpe bajo. No contaba con ello. Tenía la esperanza de poder recuperarla cuando acabara el mal trago de mi paso por comisaría.

—Ahórreme trabajo. ¿Qué hay aquí? —preguntó Castaños, abriendo la caja maltrecha por la caída y husmeando en el interior.

—No tengo ni idea.

El oficial esbozó una mueca.

—Claro… Por eso quería evitar que llegara a nuestras manos.

Traté de explicarle que solo pretendía dar con algo que me permitiera seguir adelante con mis pesquisas. Y que ni siquiera sabía lo que buscaba cuando entré —maldita la hora— a la casa-torre.

—Me sorprendió ver ese archivador abierto en el despacho. Supuse que alguien había estado rebuscando entre sus papeles y…

Castaños se puso en pie para interrumpirme una vez más. Los músculos de sus brazos se dibujaron rotundos al apoyarse en la mesa.

—¿Sabe qué? No le creo. Tiene suerte de que todavía me falten datos. Pero no se preocupe, los encontraré yo mismo —dijo dando unas palmadas sobre la pila de documentos que había sacado de la caja—. Vamos, Urbizu. Tenemos que echar un vistazo a todo esto.

—¿Y yo? —pregunté al verlos abrir la puerta—. ¿Puedo marcharme?

El oficial me observó con una mezcla de incredulidad y mofa.

—Ni mucho menos, doctor. Usted pasa a disposición judicial. Enseguida lo escoltarán unos compañeros al juzgado de guardia. Y no tenga ninguna duda: volveremos a vernos.