Bajamar Capítulo 32
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Capítulo 32

La puerta estaba trabada desde el exterior.

Por más que tiré de ella no logré abrirla.

Y, la verdad, tampoco tenía muy claro que quisiera hacerlo. Al otro lado se encontraba alguien capaz de matar. Lo había hecho con Lea, con Aresti. Lo había intentado conmigo a orillas del salto de agua de Bengolea.

Porque no me cabía ninguna duda de que los pasos que oía bajando por la escalera eran del asesino.

—¿Qué hacía aquí? —me pregunté a mí mismo mientras Sua ladraba fuera de sí, con las patas apoyadas en la puerta.

Me giré hacia la mesa.

Esa caja archivadora escondía la respuesta.

Yo no era el único que buscaba algo en el palacete medieval. Quizá hubiera llegado demasiado tarde.

Los pasos resonaron en la planta inferior. Después el portón principal protestó con fuerza antes de rematar sus lamentos con un golpe sordo.

El silencio que siguió a aquello me insufló cierta tranquilidad.

Quienquiera que nos hubiera encerrado allí arriba se había marchado.

Respiré hondo y me agaché junto a Sua. Le sujeté la cabeza entre las manos y lo miré a los ojos.

—Todo va bien. No te preocupes —mentí, intentando que mi voz sonara más firme de lo que me sentía—. Vamos a revisar estos papeles y después pensaremos cómo salir de aquí.

El border collie soltó un bufido leve, aún alerta, pero sus orejas comenzaron a relajarse.

Regresé junto al archivador. ¿Qué buscaría el intruso entre todo aquello?

Sacudí la cabeza.

Esa no era la pregunta, sino qué podía encontrar yo que me permitiera comprender lo que estaba sucediendo en Lekeitio.

Apenas había echado un vistazo fugaz a los primeros documentos cuando un gimoteo inquieto reclamó mi atención.

—¿Qué pasa, chico?

El border collie olisqueaba la ranura bajo la puerta. Se giró hacia mí y ladró repetidamente con el rabo entre las patas.

—No te entiendo. ¿Qué quieres decirme?

Sua volvió a acercar el hocico a la abertura y estornudó antes de ponerse a gimotear de nuevo.

Me arrodillé y acerqué la linterna a la ranura.

—Yo no veo nada.

El perro no daba tregua. Gruñía, lloriqueaba, ladraba…

Había algo ahí fuera. Algo que no le gustaba.

Y entonces lo sentí. El olor era inconfundible.

—¡Gas! —comprendí con un nudo en el estómago.

El intruso había abierto los fogones antes de huir. Pretendía matarnos.

Lo intenté una vez más con la puerta.

Tiré con todas mis fuerzas, pero no cedía. Algo la mantenía atrancada.

Me giré, desesperado. Teníamos que encontrar la manera de salir de allí cuanto antes. La casa-torre se había convertido en una trampa mortal.

—Cristina —mascullé activando el móvil. Si alguien podía liberarnos era ella.

Busqué su número en los contactos y pulsé la tecla de llamada.

El mensaje que ocupó de inmediato la pantalla fue un jarro de agua fría.

Sin cobertura de red.

Las gruesas paredes del caserón, a prueba de ataques medievales, impedían también que las ondas del siglo XXI se colaran en el interior.

—Joder…

La desesperación comenzaba a abrirse paso con fuerza, pero no podía permitir que me desbordara. Tenía que pensar algo antes de que fuera demasiado tarde.

Un barrido de la linterna me descubrió un ventanuco cerca del techo. Supuse que se trataba de una de las ventanas saeteras originales de un edificio que en un principio debió de tener fines defensivos. Era estrecha, poco más de un palmo, pero sería suficiente para poder respirar aire fresco.

Empujé la mesa hasta colocarla debajo. Sus patas bailaron cuando me subí encima, pero soportaron mi peso.

Traté de abrir la ventana, pero no tuve más éxito que con la puerta. Estaba encajada. Años y años sin que nadie ventilara aquel cuartucho habían acabado soldándola con su propio marco.

Con sus patas delanteras apoyadas en la mesa, Sua observaba la operación y ladraba para insuflarme unos ánimos que no iban a servir de mucho.

El corazón latía aún con más fuerza en mi garganta. Comenzaba a perder los nervios.

Ya no era necesario acercarse a la puerta para sentir el olor a gas.

Tampoco sus efectos. Una sensación de aturdimiento iba invadiéndome por momentos.

Salté al suelo y abrí el cajón del escritorio. Era metálico. Pesado.

Tiré de él hasta desencajarlo de sus rieles. Después regresé a la mesa y lo descargué con fuerza contra el cristal, que se hizo añicos al primer golpe.

—Ven aquí, muchacho —dije tirando de Sua para ayudarlo a subir. Lo cogí en brazos para acercarlo al ventanuco. Pesaba más de lo que esperaba, pero logré que asomara la cabeza por la abertura. Allí podríamos respirar mientras se me ocurría un modo de huir.

Sin apartarme del aire sano que se colaba por aquella ventana, recorrí el despacho con la linterna. Necesitaba derribar la puerta.

No vi nada lo suficientemente robusto. Tampoco nada que pudiera emplear para hacer palanca.

Decidí intentarlo igual que con la ventana.

Deposité a Sua en el suelo y salté de la mesa.

Cogí el cajón, tomé impulso y lo descargué con fuerza contra la puerta.

Repetí la operación una y otra vez.

Saltaron astillas, pero nada más. La madera era maciza.

A mi lado, el perro de Lea ladraba enloquecido.

Tras el quinto o sexto golpe, un sonido metálico llegó desde el otro lado de la puerta. Algo había caído al suelo.

Probé a tirar de la manilla una vez más.

Esta vez se abrió limpiamente.

Una barra de hierro yacía en el suelo. Comprendí que ese atizador de chimenea había sido el culpable de nuestro encierro.

Sua estornudaba sin parar.

El olor a gas era terrible allí fuera.

—Un momento —dije regresando al despacho.

Cogí la caja archivadora. No podía dejarla allí.

Encaraba ya las escaleras cuando reparé en un sonido que rasgaba la noche.

Al principio no le di importancia. Después comprobé que se escuchaba cada vez más cerca.

¡Una sirena!

Las luces azules no tardaron en colarse por las ventanas.

—La policía —dije volviéndome hacia Sua, que caminaba pesadamente.

No podía permitir que me encontraran allí. Teníamos que darnos prisa.

Los goznes del portón me dijeron que era demasiado tarde.

Voces.

—Atrás. Atrás… ¡Huele a gas! —se oyó en el piso de abajo.

Miré la caja que llevaba bajo el brazo. Si había respuestas en ella, las perdería en cuanto descendiera esas escaleras y me diera de bruces con los agentes.

No lo pensé dos veces.

Corrí de vuelta al despacho, trepé una vez más a la mesa y arrojé el archivador por la ventana.

Después regresé junto a Sua, que se había desplomado en las escaleras.

—Vamos, tenemos que salir de aquí —lo apremié tirando de su collar.

Se incorporó con torpeza y, jadeando, me siguió hacia abajo.

Yo también sentía la cabeza embotada.

Las voces de los policías me llegaban desde el exterior fundidas en una nebulosa de irrealidad.

La luz de sus linternas me cegó al cruzar el umbral.

Oí un grito, luego pasos apresurados, el chasquido metálico de las armas desenfundadas.

—¡Alto! ¡Ni un paso más!

No ofrecí resistencia. Ni siquiera tuve fuerzas para hablar.

Me sentía aturdido, pero fui plenamente consciente del frío de las esposas cerrándose sobre mis muñecas.