Capítulo 31
El lamento del primer escalón no fue el único. Los que siguieron también protestaron con cada pisada. Unos crujieron, otros chirriaron y solo unos pocos guardaron silencio.
Sua no se separaba de mis piernas.
—Aparta un poco, anda. Al final me harás tropezar.
Apenas reconocí mi propia voz. La reacción del perro de Lea me estaba contagiando un miedo que me paralizaba.
La escalera desembocó en un salón de pretendidos aires señoriales, con sus techos altos y sus vigas a la vista. Diferentes retratos poblaban las paredes. Reconocí en algunos de ellos a José Ignacio Aresti y supuse que la mujer que aparecía en varios sería su esposa.
La mesa de comedor, grande y larga, estaba cubierta por una sábana que apenas disimulaba la forma de las patas talladas. A su alrededor, una decena de sillas reposaban bajo otra capa de tela.
Sua se acercó a olisquearlas.
Retrocedió al instante.
El gruñido que escapó de su garganta me heló la nuca.
Me obligué a seguir adelante. No podía dejarme intimidar por una casa vacía.
Avancé unos pasos hacia el centro del salón, presidido por un sofá de respaldo recto, más pensado para aparentar distinción que para ofrecer descanso. Frente a él, un gran televisor constituía el contrapunto moderno de todo aquello.
A su derecha, sobre un mueble auxiliar, descansaba un tocadiscos. Un vinilo de Dire Straits estaba aún en el plato. La aguja, detenida a mitad de la cara B, igual que alguien había hecho con la vida de su propietario.
Continué mi recorrido y observé que el único cuadro que desentonaba entre tantos retratos colgaba sobre la chimenea.
Se trataba de un recorte de periódico cuidadosamente enmarcado.
En la fotografía que ilustraba la noticia, Aresti posaba sonriente frente a su casa-torre.
Me incliné para leer el texto.
La justicia desestima el recurso de los herederos de Bengolea.
El Juzgado de Primera Instancia número uno de Gernika ha desestimado el recurso presentado por los herederos de la familia Bengolea contra la adjudicación de su antigua casa solariega, situada en el valle del río Lea.
El inmueble fue adjudicado al constructor José Ignacio Aresti en el marco de una subasta judicial, después de que la propiedad saliera a ejecución tras años de litigios, impagos y deudas acumuladas.
Los descendientes de los antiguos propietarios sostenían que el procedimiento se produjo con irregularidades y reclamaban la nulidad de la adjudicación. El fallo, sin embargo, ratifica a Aresti como legítimo propietario del inmueble.
No era lo que buscaba. Aunque tampoco tenía claro qué esperaba encontrar.
Cerca de allí, a orillas de la chimenea, había dos grandes butacas orejeras.
Estaban colocadas una frente a la otra, en actitud dialogante.
Entre ellas, una mesa baja, de madera oscura, donde descansaba una botella de whisky.
La linterna hizo brillar junto a ella la huella que habían dejado dos vasos.
Me asomé después a la cocina. Muy blanca. Muy antigua. Dispuesta para volver a atender algún día la gran mesa de comedor con sus seis fogones de gas.
Continué hacia el piso superior a pesar de las protestas de Sua.
Allí arriba estaban los dormitorios.
La cama de matrimonio estaba deshecha. José Ignacio Aresti había pasado en ese lugar su última noche antes de ser asesinado. Su pijama, doblado sin grandes miramientos, aún colgaba del respaldo de una silla.
En la mesilla de noche, un vaso de agua a medio beber y un libro abierto boca abajo: El viejo y el mar , de Hemingway.
El haz de luz de mi móvil barrió el resto de la estancia.
Un armario ropero entreabierto, una cómoda de época, un espejo que me devolvió mi propia imagen fundida con las sombras…
¿Qué pretendía? ¿Qué estaba buscando?
Una voz interior comenzaba a decirme que esa incursión en la casa-torre no tenía sentido cuando encontré algo parecido a un despacho.
Se abría al distribuidor al que se asomaban otros dormitorios menores y en evidente desuso.
Estanterías con libros de todo tipo cubrían las paredes de aquel espacio abuhardillado.
Pero lo que llamó mi atención fue una caja archivadora. Estaba abierta, en medio del escritorio. Parecía que alguien hubiera estado hurgando en ella. Alguien que buscaba algo, igual que yo.
Recordé que Sua y yo no éramos los primeros que habíamos accedido a la casa-torre. El precinto policial estaba roto.
—Creo que se nos han adelantado, muchacho —dije con una mueca de contrariedad.
Me asomé a aquellos papeles.
Ahí estaban la escritura de propiedad de la casa-torre y algunas más.
También había facturas, infinidad de ellas. Facturas de obras. Y recibos. Y contratos… Algunos de los documentos se encontraban agrupados en carpetas, otros en sobres y también los había sueltos.
De pronto Sua comenzó a gruñir con la mirada fija en la puerta. Sus orejas se erizaron.
—¿Qué pasa, muchacho?
Un crujido proveniente del piso inferior me dio la respuesta.
No estábamos solos.
Apagué de golpe la linterna del móvil. La oscuridad que nos envolvió era absoluta. Igual que el silencio, tan profundo como el de una sepultura.
—Estaba dentro cuando hemos llegado —mascullé al reparar en que no había oído abrirse la puerta principal, y esta no era precisamente silenciosa.
Sua permanecía inmóvil, atento a la puerta. Su respiración era rápida, nerviosa. Intenté calmarlo con palabras suaves y con caricias, pero los pasos volvieron a repetirse. Esta vez más cerca y con más fuerza. Los peldaños de la escalera protestaban.
Alguien estaba subiendo.
El perro gruñía quedamente. Lo abracé con fuerza.
—Tranquilo… No pasa nada —susurré. ¿Le hablaba al perro o me lo decía a mí mismo?
Podía sentir el temblor de sus músculos bajo el pelaje. Estaba asustado.
Yo también.
De pronto me sentía en medio del mar, en una trainera a merced del oleaje y con unos compañeros que no estaban dispuestos a regresar a tierra firme. Tenía ganas de gritar, de huir, de cerrar los ojos y aparecer en cualquier otro lugar.
Los pasos se detuvieron un instante, y luego continuaron, cada vez más arriba. Cada vez más cerca.
El haz de una linterna bailó en el descansillo.
El intruso se detuvo allí unos instantes.
Escuchaba.
Nos estaba buscando.
Contuve la respiración.
El corazón me golpeaba en la garganta.
Durante unos segundos que parecieron eternos, no se oyó nada. Ni un movimiento. Ni un roce.
Entonces, Sua no pudo más. Su gruñido contenido se transformó en un ladrido seco, potente, que rebotó en las paredes y masacró el silencio.
La linterna enfocó de lleno hacia nosotros. Un leve jadeo, seguido de pasos rápidos que se dirigían hacia el despacho.
De pronto la puerta se cerró de golpe y el torrente de luz se apagó.
Comprendí que quienquiera que estuviera allí no quería dejarnos escapar.
Me puse en pie para defenderme. Sua también ladraba fuera de sí.
Encendí mi propia linterna. Miré alrededor.
Nadie. Solo Sua y yo.
Estábamos solos.
El eco de unos pasos alejándose me lo corroboró.
Corrí a la puerta y tiré de la manilla.
No obedeció.
Estábamos atrapados.