Bajamar Capítulo 30
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Capítulo 30

La exigua luz que brindaban unas farolas dobladas por el peso de los años apenas lograba romper la oscuridad que rodeaba la casa-torre. Erguida entre los robles desnudos de hojas que la escoltaban, su silueta se alzaba con la altivez de quien se sabe construida como símbolo de poder.

Avancé lentamente, sin perder detalle de cualquier movimiento que pudiera intuirse alrededor. El crujido de mis pasos en la hojarasca se mezclaba con el sirimiri que llevaba cayendo desde primera hora de la tarde.

No eran los únicos sonidos. El murmullo constante del Lea recordaba la cercanía de la antigua ferrería que había dado vida a aquel rincón del valle. Y también del salto de agua donde mis carreras matinales acostumbraban a alcanzar su cénit.

Todavía me faltaban unos pocos pasos para llegar al viejo torreón cuando me detuve para mirar alrededor. Envueltos en el tono anaranjado de las farolas, los árboles despertaban sombras que parecían confabularse con la noche para invitarme a dar la vuelta.

Reconocí el lugar donde días atrás había perdido la pista a la misteriosa mujer que cantaba entre la niebla. No había vuelto a saber de ella. Tal vez nunca más lo hiciera.

Pero no era ella quien me había llevado esa tarde a la casa-torre, sino la búsqueda de una conexión entre Lea y Aresti. Algo que fuera más allá del evidente nexo con el turismo.

Respiré hondo observando el caserón.

Olía a humedad, a piedra vieja, a musgo devorando los sillares más bajos y hiedra adueñándose lentamente de los más altos.

La elección de aquella casa señorial como domicilio decía mucho de José Ignacio Aresti.

Hablaba de un hombre con delirios de grandeza, de alguien que buscaba comprarse el pasado noble que nunca había tenido.

Los Bengolea habían sido los auténticos señores del valle, y el éxito económico de Aresti necesitaba ese barniz de historia para sentirse completo.

Cuando mis pasos me llevaron por fin hasta la puerta fruncí el ceño.

No contaba con que estuviera protegida por un precinto policial. Y menos aún que ese sello naranja estuviera roto.

Alguien se me había adelantado.

Apreté los dientes. No me daba buena espina.

Un gruñido a mi lado me dijo que a Sua tampoco.

Le pasé la mano por el lomo para calmarlo. Quizá no hubiera sido buena idea llevarlo conmigo, pero mis compañeras me habían metido miedo y me sentía más seguro con él a mi lado.

—Todo va bien. Ya verás. Es solo una casa vieja —le dije con un tono que me hubiera gustado que sonara más convincente.

A continuación, introduje la llave en la cerradura y la giré lentamente. Muy lentamente.

¿Estaba seguro de querer entrar?

Era un paso que no tendría vuelta atrás.

Desde la muerte de Lea había trazado mi propia línea de investigación.

Había hablado con unos y con otros para componer un fresco real de lo sucedido e incluso me había enfrentado a la inspectora Mendibe, empeñada en defender la tesis del accidente.

Pero, hasta entonces, todos mis movimientos habían sido legales.

Si cruzaba ese umbral físico, traspasaría también una línea no menos real que lo cambiaría todo.

Allanamiento de morada, desobediencia a la autoridad… Se me ocurrían varios delitos, y es probable que estuviera a punto de cometer también otros que desconocía al saltarme un precinto policial para acceder a un domicilio.

Contuve la respiración mientras empujaba el portón.

El chirrido de sus goznes me pilló desprevenido. Largo y grave, como el llanto de alguna de esas criaturas que poblaban las leyendas del valle, resonó con tal fuerza que temí que lo hubieran oído hasta en Lekeitio.

—Vamos allá —murmuré entre dientes—. Tú no te muevas de mi lado.

Sua dio un paso atrás. No quería entrar.

—Tranquilo, muchacho —le dije rascándole detrás de las orejas.

Debía comenzar por calmarme yo. Dicen que los perros sienten las emociones de quienes están junto a ellos. Seguramente le estaba contagiando mi propio miedo.

Un olor denso me golpeó al cruzar el umbral. Humedad, polvo, cortinas envejecidas… Aromas acres que no daban la bienvenida.

Alargué la mano hacia lo que parecía un interruptor, pero la retiré en el último momento.

No podía permitirme encender la luz si no quería que quienes pasaran por la carretera cercana descubrieran que alguien había entrado a la casa-torre. Pero necesitaba una fuente de luz. Más allá de la tenue claridad exterior que se colaba por el vano de la puerta todo era oscuridad.

Maldiciendo por lo bajo, rebusqué en mis bolsillos. Error de principiante. Todavía tenía mucho que aprender como investigador. No se podía entrar de noche en un domicilio ajeno sin contar con una buena linterna.

—El móvil —mascullé. Suerte que lo había cargado esa misma tarde.

Su luz blanca y nerviosa bañó el recibidor, al que se abrían dos estancias.

En la primera de ellas no había más que muebles cubiertos por sábanas.

Fantasmas dormidos que mi linterna despertaba en un inquietante baile de sombras que hicieron gruñir a Sua.

La segunda, de menor tamaño y sin ventana alguna, era un mero trastero.

Contadores, tuberías, escobas… y leña. Mucha leña.

De regreso al zaguán, esquivé una marmita metálica donde descansaban varios paraguas y me dirigí a la escalera.

Era de madera, con una balaustrada ornamental que había conocido mejores épocas. Los escalones también se veían desgastados en el centro.

Sua olisqueó el primer peldaño y retrocedió gimoteando.

—¿Qué pasa, muchacho? ¿Te da miedo la oscuridad? —le pregunté frotándole el lomo.

Me arrepentía de haberlo llevado conmigo. Lo estaba haciendo sufrir. Pero si regresábamos para dejarlo en casa, estaba seguro de que no reuniría el valor para volver yo solo.

Lejos de calmarse, sus lamentos fueron a más a pesar de mis caricias. Gruñía a la escalera, lloriqueaba, se movía inquieto. ¿Qué trataba de decirme? Estaba consiguiendo asustarme, pero no podía rendirme. No ahora. Ahí arriba podía esconderse la clave que buscaba.

—Venga, vamos. No pasa nada —le susurré.

Me agarré a la barandilla y, en cuanto el primer peldaño crujió bajo mi pie, supe que lo que estaba a punto de hacer era un error.