Capítulo 29
—Ya tiene mejor la pata. Dijiste que apenas podía moverla —observó Cristina señalando a Sua, que abría la marcha a través del bosque.
—Me ha tocado hacer de veterinario. No tenía nada roto, pero la herida era profunda. Los perros son fuertes. Una persona todavía estaría convaleciente.
El border collie comprendió que hablaba de él y corrió a darme unos lametazos en la mano.
—¡Qué asco de gente! Hay que ser muy canalla para poner trampas en un camino por el que pasan tantos perros —lamentó Nerea dándole unas palmadas en el lomo.
—¡Y niños! ¿Te imaginas si llega a engancharle a un crío? —planteó Cristina.
—¿Y la madre de Lea no quiere quedárselo? —se extrañó Nerea.
Recordé la mirada herida de María Jesús, la distancia que mantuvo en todo momento con el animal. Su duelo casaba mal con tener en casa al perro de su hija.
—No —respondí sin entrar en más explicaciones.
—Pues ya tienes perro —comentó Cristina con una mueca divertida.
—Qué va. Estoy demasiado ocupado como para adoptarlo.
Nerea se mostró de acuerdo.
—Un perro da mucho trabajo. A mí también me gustaría tener uno, pero dejarlo en casa encerrado mientras vas a trabajar no es lo que necesitan.
—Mejor eso que acabar en una perrera —objetó Cristina—. Y él te ha elegido, Jon. Quiere estar contigo.
—Ojalá fuera tan sencillo. Vosotras conocéis gente. Sabréis de alguien que pueda hacerse cargo de él. Estaría bien que tuviera jardín. Los perros de esta raza necesitan moverse.
—Sí, claro. Y piscina. ¿Sauna también? —bromeó Nerea.
—Quédatelo —insistió Cristina—. Te vendrá bien para no ser tan taciturno. Y él lo está deseando.
Sua lo corroboró con un par de ladridos.
Protesté. ¿Taciturno? ¿De verdad era esa la imagen que tenía de mí?
El bosque fue abriéndose mientras hablábamos. El mar comenzó a ganar peso en una panorámica que se volvía más amplia con cada paso.
—A mi ex le gustaba mucho este monte —comentó Cristina—. Subía a hacer sus sesiones de meditación aquí arriba.
—Pues meditaría bien sudado —observó Nerea.
—Hay una energía especial —continuó la limpiadora—. Al fundirse el mar y la tierra se genera un flujo de iones que te activa los chakras. Supongo que lo notáis. Pepe decía que era el mejor lugar de toda la zona para alinear nuestra energía con la de la tierra.
—¿De dónde sacaste a un tipo así? —le pregunté en tono divertido—. Parece creado expresamente para ti.
—Locuras de juventud… Nos conocimos en un pueblo abandonado de los Pirineos.
—Una comuna hippie —resumió Nerea—. Y luego lo sacó de allí y se lo trajo a vivir aquí.
—Algo así —reconoció Cristina—. Pero el Lekeitio que yo conocía había cambiado. Y Pepe no se sintió tan a gusto como yo esperaba.
—¿En qué sentido había cambiado?
—Su alma no era tan pura.
—¿Y no serías tú la que había cambiado después de pasar seis años en medio del bosque? —se burló Nerea.
—¡Seis años! —exclamé—. ¿De cuándo estamos hablando?
Cristina cerró ligeramente los ojos para hurgar en sus recuerdos.
—Me fui con diecisiete años. Era una cría todavía. Pero ya no estudiaba. Trabajaba en una conservera en temporada de bonito. ¡Qué asco le cogí al pescado!
—Ahora todavía hace de las suyas. No creas que ha olvidado su ramalazo —me aclaró Nerea—. Dile dónde pasas las vacaciones. Díselo.
—Cómo te gusta meterte conmigo —se rio Cristina—. Pues te vendría bien probarlo. Es importante reconectar con una misma. Aunque sea solo unas semanas al año.
Nerea retomó la palabra.
—Se mete en una cueva la tía. ¡Todo el mes de mayo!
—¡Qué va! Cómo te gusta exagerar… Me alojo en una cueva, pero no me quedo allí metida todo el día. —Cristina se giró hacia mí—. Es en la isla de La Palma, al borde de un acantilado. Una pasada de lugar.
—¿Es un hotel?
—No. Es la finca de una amiga. Solo admite un viajero al mes. No es un negocio. De lo contrario se perdería el alma del lugar.
—Otra que salió de la comuna —indicó Nerea por lo bajo.
—Es un paraíso. Un lugar de paz. Sin móviles ni ordenadores… Nada. Solo árboles frutales, abejas y el océano. —Cristina me señaló—. Te gustaría. En serio. Y admite perros…
Los siguientes minutos los recorrimos en silencio. La cuesta se hacía notar y nos robaba las ganas de hablar.
—La atalaya —anunció Nerea de pronto.
La panorámica era sencillamente impresionante.
Lekeitio se veía diminuto desde tan arriba.
Y no solo Lekeitio. Buena parte de la costa de Bizkaia se dibujaba a nuestros pies, con sus acantilados cayendo a pico y sus escasos arenales dorados. El Cantábrico era en cualquier caso el gran protagonista. Sus límites se diluían en un horizonte que la bruma se ocupaba de borrar a conciencia.
—¿Cómo lo hacían para avisar cuando veían una ballena? ¿Encendían un fuego? —pregunté—. No bajarían hasta el pueblo, ¿no?
—Fuego nunca, o lo verían desde Ondarroa.
Lo habitual era un tamboril, un instrumento capaz de oírse en Lekeitio, pero no lo suficientemente fuerte para que lo sintieran desde los pueblos vecinos —explicó Nerea—.
Necesitaban ser los primeros en alcanzar la ballena.
Los que clavaban en ella el primer arpón eran quienes se ganaban el derecho a continuar con su caza.
—De ahí vienen las regatas de traineras —indicó Cristina.
—Vaya, que los de Lekeitio os ibais a morir de hambre si hoy nos dedicáramos a las ballenas —se burló Nerea.
Cristina se giró hacia mí con una mueca divertida.
—¿Cómo lo hace para encontrar siempre la forma de meter el dedo en la llaga?
La administrativa se rio.
Unas campanas llamaron a misa en la distancia y mi mente voló de vuelta al Mingorri, con su larga lengua burlándose de quienes buscábamos respuestas. Él y aquel sacerdote, más empeñado en proteger los silencios del pueblo que en escuchar la verdad.
—Tan perfecto desde la distancia y tan plagado de intrigas cuando te adentras entre calles —comenté con la vista fija en el pueblo.
—Todos los lugares son iguales. El ser humano los corrompe. Envidias, odios, avaricia… No es exclusivo de nosotros —indicó Cristina—. Hasta allá, en aquel pueblo del Pirineo, pasaban cosas.
La limpiadora tenía razón, pero solo en parte. No todos los sitios escondían un asesino entre sus calles.
—Al lado de Lea también encontré un caramelo de esos: un mingorri —dije antes de entrar en detalles.
Mis compañeras me escucharon con atención.
—Alguien los compraría. —Cristina chasqueó los dedos—. Deberíamos pasar por la pastelería a preguntar.
—Es lo primero que he hecho esta mañana. El mingorri que apareció junto a Aresti no salió de allí. Y el de Lea, a saber. Las hormigas no dejaron ni un minúsculo pedacito.
—Pues ya me dirás… —lamentó Nerea.
—Mi tía los hacía —confirmó Cristina—. Siempre nos traía unos cuantos. Mi madre no me dejaba comerlos. Decía que eran para pegarlos en la lengua del Mingorri. Lo que no querría era que me pusiera hasta arriba de azúcar.
—¿Y qué os dice a vosotras como firma? —pregunté.
—¿Qué firma? —preguntó Nerea.
—La firma del asesino. Se dice así. ¿No ves series de crímenes? —se extrañó Cristina—. Ese caramelo encierra un mensaje, que los criminólogos llaman «firma». Es algo intencionado, porque incluso un delincuente que no quiere ser descubierto no puede resistir esa mínima cuota de vanidad…
Mis compañeras plantearon varios posibles significados, pero al final todos desembocaron en uno solo: el asesino identificaba a sus víctimas con el mal y su muerte pretendía purificarlas.
—Todavía creerá que actúa en nombre de todos —suspiró Nerea antes de recordar algo—. Por cierto, Jon. ¿Qué te ha pasado en el Muga con Jokin Mendibe?
—Es idiota. —Me salió del alma.
Les expliqué mi visita nocturna a las marismas. Las angulas y todo eso.
—¿Y a qué esperas para denunciarlo? —planteó Nerea.
Yo también me había hecho a mí mismo esa pregunta.
—No tengo pruebas. Sería su palabra contra la mía.
—Jokin no participó en la regata —observó Nerea—. Y tampoco recuerdo haberlo visto por el puerto. ¿Te has planteado que quizá estuviera en el calvario, con Aresti?
Arrugué la nariz.
Lo había pensado, pero algunos detalles no encajaban en esa teoría.
—Aresti subió allí arriba por su propio pie. Nadie podría acarrear consigo un cuerpo a lo largo de todo el viacrucis. ¿Creéis que un tipo como Jokin, pendenciero y malencarado, podría haberlo convencido para que lo acompañara?
Nerea chasqueó los dedos.
—¿Dónde estaba su hermana durante la regata?
—No sé… —respondí comprendiendo adónde quería llegar mi compañera—. Supongo que estaría por el puerto. Estaba de servicio.
—Yo allí no vi ni a Jokin ni a Itziar. Puedo dar fe de ello —aseguró Nerea.
—A mí no me miréis —se disculpó Cristina—. Ya hubiera querido poder ver si los Mendibe estaban en el muelle. Bastante tenía con ir de la cama al cuarto de baño. Vaya día pasé.
—Itziar llegó al mismo tiempo que yo a la escena del crimen —recordé.
Nerea me observó con gesto muy serio.
—¿Quién te dice que era la primera vez que pisaba la cima aquella mañana?
Una gaviota se llevó mi mirada hacia el incierto horizonte.
Mi mente me había enfrentado ya a la posibilidad de que la inspectora estuviera colaborando con su hermano, pero la había desterrado. Me negaba a verla actuando de ese modo. ¿Sería capaz de traicionarse así por un tipo como Jokin?
—A Aresti lo mató alguien en quien él confiaba. De lo contrario no hubiera subido al calvario. No sé si se conocían, pero una inspectora de policía parece alguien de fiar —argumentó Cristina.
Dejé escapar un lento suspiro. Oír aquello en boca de mis compañeras le otorgaba una verosimilitud que no me gustaba.
Itziar Mendibe era lo más parecido a una amiga que había encontrado en Lekeitio, la única persona a quien había confiado el verdadero motivo de mi llegada. No podía ser una asesina. Ella no. Ni siquiera una encubridora.
Sin embargo, el planteamiento no era descabellado.
—Todo crimen tiene un motivo —objeté pensando en los cabos sueltos de esa argumentación—. El asesinato de Lea me encaja porque no hubiera dudado un segundo en denunciar a su ex por lo de las angulas. Recordemos, además, que su relación fue un infierno. ¿Pero Aresti?
—Es el turismo, Jon. No desvíes el foco con otros asuntos como las angulas —me instó Nerea—. Jokin es de los que más ruido hacen con el tema. Tengo oído que fue él quien se coló por la noche en el tejado de la basílica para poner la pancarta de la regata.
—Es verdad. ¿Te acuerdas del otro día? —dijo Cristina dirigiéndose a mí—. En la puerta del Muga… Le faltó poco para llegar a las manos con Aresti.
—Pero Lea alzaba la voz contra el turismo —discrepé una vez más.
—¡Al tiempo que se lucraba con él! Quizá a otros pudiera engañarlos con sus vídeos bonitos, pero no a quienes vivimos aquí. Lo que hacía era muy hipócrita —exclamó Cristina.
Dejé que mi mirada se subiera a lomos de una gaviota que sobrevolaba la costa en busca de alguna presa incauta.
El turismo…
Ambas víctimas tenían ese nexo de unión, pero seguía pareciéndome muy débil. Aresti era propietario de decenas de pisos turísticos y hasta de un hotel de lujo. No era comparable con lo que hacía Lea. Ni de lejos.
—No me convence —confesé con un suspiro—. Tiene que haber algo más que los vincule.
Cristina se volvió hacia mí.
—¿Y a ti, Jon? No olvides que también trató de matarte. ¿Qué tienes tú en común con Lea y con Aresti?
—A Jon quiso quitárselo de en medio porque sabe que está pisándole los talones —intervino Nerea—. Es evidente que se lo está currando más que la policía.
—¿Y cómo lo sabe? —conforme lo preguntaba, Cristina fue sacudiendo la cabeza—. Qué tontería. Esto es Lekeitio y no lo ha llevado precisamente en secreto. A estas alturas lo sabrá todo el pueblo.
Estuvimos un tiempo sin decir nada. Vi descender a plomo a la gaviota. Habría divisado algún pez. Sin embargo, en el último momento cambió de rumbo y continuó planeando. Se le había escapado.
Fue Cristina quien rompió el silencio. Se plantó delante de nosotros, robándonos las vistas, y habló muy seria:
—Yo tengo llaves de casa de Aresti. Podríamos entrar a echar un vistazo.
—Estás loca —respondió Nerea.
—Pero ¿y si hay alguien? —planteé—. ¿No habrá venido la mujer a preparar el funeral?
Nerea soltó una risita nasal.
—¿No te has enterado? La viuda ha decidido que la única misa se celebre en Marbella. No quiere saber nada de este pueblo. Está la gente que echa humo…
—Y aunque hubiera venido, Carlota no pisaría la casa-torre. La odia. Se habría alojado en el hotel —aclaró Cristina antes de interrogarme con la mirada—. ¿Qué dices? ¿Entramos?
Respiré hondo. Quizá allí dentro hallara algo que me permitiera comprender.
—No se pierde nada por echar un vistazo —admití.
—¡Claro que sí! ¡Será emocionante! —exclamó Cristina.
—Pues os acompaño. No voy a dejaros solos —se sumó Nerea.
Negué con la cabeza.
—No. A mí han intentado matarme. Yo ya estoy en el punto de mira. Vosotras no. No voy a permitir que os pongáis en peligro. Iré solo.
—¿Qué dices? Seis ojos ven más que dos. Iremos todos. Estamos contigo en esto —indicó Nerea.
Cristina también se empeñó en que quería venir, pero tras unas cuantas negativas más por mi parte, cedió. Al bajar de Otoio, pasaríamos por su piso y me prestaría las llaves.
Nerea me cogió del brazo.
—No es una buena idea, Jon. Quien ha matado a Aresti sigue libre. Tú mismo acabas de decirnos que podría ser peligroso. No vayas.
—A mí tampoco me hace ninguna gracia que entres tú solo en aquel caserón —reconoció Cristina.
—Ni siquiera sabes lo que buscas. ¿Qué vas a encontrar allí? No tiene sentido correr riesgos para nada.
Esbocé una sonrisa para agradecerles que se preocuparan tanto por mí. Tenía mucha suerte de tener unas compañeras como ellas.
—No haré ninguna tontería. Tendré cuidado.
—Mucho —insistió Cristina.
—Muchísimo —prometí.