Bajamar Capítulo 28
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Capítulo 28

Un silencio incómodo se hizo entre los clientes habituales del Muga.

—¿Os ha comido la lengua el gato? —preguntó la política con un desparpajo que nada tenía que ver con la mujer que había conocido en mi consulta—. Podéis seguir hablando, que no muerdo.

Alberto le sirvió el café.

—¿Qué tal estás, Maite? Hacía tiempo que no se te veía por aquí. Azúcar moreno, ¿verdad?

—No. Sacarina, por favor. Aunque el Congreso del Turismo Sostenible se haya cancelado, me voy a quedar unos días. Lo de ayer… —La política se detuvo para sacudir la cabeza—. No entiendo que hayamos llegado a estos niveles de sinrazón.

—¿A qué te refieres? —Fue Jokin quien lanzó la pregunta en un tono que no sonaba especialmente amistoso.

—Lo sabes perfectamente, Mendibe. Ayer un hombre fue asesinado en este pueblo y, oh, casualidad, unos cuantos lleváis años alimentando un auténtico linchamiento público contra él.

—¿Tú también crees que su muerte fue cosa de quienes nos oponemos a seguir vendiendo el alma de nuestro pueblo? —intervino Alberto muy serio.

La política alzó ambas manos, dando a entender que se encontraba desarmada.

—Yo no he dicho tal cosa.

—Venga, Maite… Es lo que pensáis todos. La Ertzaintza ya vino ayer a por mí.

Incluso tuve que abrirles el Muga para que echaran un vistazo por si veían el arma homicida —explicó el tabernero señalando la cortina tras la que se escondía el almacén—.

Y tú también has venido a ver si te enteras de algo.

Maite negó con la cabeza mientras removía su café.

—¿Quieres que te diga yo a quién le favorece la muerte de Aresti? —planteó la del pelo morado—. A vosotros, Maite. A quienes nos estáis echando del pueblo. Así desacreditáis nuestra lucha.

—Yo no estoy echando a nadie de aquí, no te equivoques. Y José Ignacio tampoco lo hacía. Lo único que se le puede achacar a ese hombre es haber generado empleo. Mucho empleo.

—Eso es demagogia. A Aresti le habéis permitido que vaya demasiado lejos. ¿Cuántas familias han visto convertido el piso donde vivían de alquiler en una vivienda para turistas? —argumentó la del diario—. Yo no estoy a favor de ningún tipo de violencia, pero quien juega con fuego acaba quemándose.

Maite la observó con gesto de incredulidad.

—No me entra en la cabeza que todavía seáis capaces de justificar lo que ha sucedido. ¡Han matado a una persona!

—Eli ha dejado claro que rechaza la violencia —intervino Alberto—. Y te aseguro que habla por boca de todos los que estamos aquí.

La política recorrió a todos con una mirada triste. Estaba realmente afectada.

—No he venido a discutir con vosotros. Solo quiero invitaros a una asamblea abierta a todos los vecinos.

Porque está claro que tenemos un problema y debemos buscar puntos de encuentro.

—Señaló el exterior—. El turismo existe nos guste o no.

Todos viajamos a otros lugares. Todos queremos ver otras realidades y conocer el mundo.

—Yo no —se apresuró a aclarar la del pelo morado—. La gente paga por venir aquí. No tiene sentido irse del lugar al que todo el mundo está deseando viajar.

La política se limitó a parpadear para desacreditar su argumentación.

—Tenemos que aprender a convivir con el turismo —continuó recuperando la palabra—. Necesitamos un gran pacto social, un debate sincero donde cada agente exponga su visión. Y los vecinos tenemos mucho que decir, por supuesto.

—Claro que sí. Y decimos alto y claro que no queremos más pisos de alquiler turístico. Ni uno más —espetó Jokin. Era el único con un botellín de cerveza en la mano a una hora en la que todavía hasta los más bebedores optaban por el café.

Maite sacudió la cabeza.

—El no por el no, como siempre. ¿Así pretendéis avanzar?

—¿Quién ha dicho que queramos avanzar? —preguntó Jokin después de apurar la cerveza—. Si avanzar supone que se nos expulse de nuestro propio pueblo para dejar sitio a quienes llegan de fuera, yo no quiero avanzar. Que se vayan ellos.

—Hay sitio para todos —aseguró la política con tono hastiado—.

Insisto en que debemos lograr un punto de encuentro.

Es hora de sentarnos y dialogar para decidir qué modelo de pueblo queremos.

No podemos permitir que esto se nos siga yendo de las manos.

Creo sinceramente que debemos formular un gran pacto social.

Lekeitio es mi pueblo, lo llevo en el corazón, y me rompe el alma que existan estos problemas de convivencia.

Jokin se dirigió a la puerta.

—Vaya chorradas… —masculló llevándose a los labios el cigarrillo que tenía en las manos.

Acababa de encenderlo cuando se asomó al interior—.

¿Y esos dos polis montando guardia al lado de la puerta?

—preguntó dirigiéndose a Maite en tono burlón—.

¿Qué pasa? ¿No te atreves a venir sin escolta a proponernos tu pacto social?

La política apartó la mirada, incómoda.

—Bueno… No tengo mucho más que decir. Necesito vuestra ayuda para construir un futuro donde el turismo no sea fuente de tensión —planteó dejando unas monedas en la barra—.

Quédate el cambio. Os espero pasado mañana a las siete de la tarde en la lonja.

Cuantos más seamos, mejores bases podremos sentar para que la llegada de visitantes no sea incompatible con nuestra vida cotidiana.

Conforme Maite se marchó dio inicio en el Muga un intenso debate sobre si convenía ir a la asamblea o se trataba de una pérdida de tiempo. Miré el reloj. Las diez de la mañana. Era una buena hora para volver a casa.

Pero las visitas no habían terminado…

—Sí que está concurrido el Muga esta mañana —comentó una voz que me resultó conocida. Me giré y comprobé que se trataba de Nerea. La administrativa vestía unas mallas de deporte y una camiseta técnica y sonrió de oreja a oreja al verme—. Míralo… ¿Digiriendo la derrota?

Su observación me hizo reír. Lo de Aresti había hecho que olvidara por completo el resultado de la regata, pero al parecer ella lo tenía muy presente.

—Aquí estoy. Ahogando mis penas en café —confesé apoyando una mano en su espalda—. Enhorabuena por lo de ayer, pero nos cobraremos la revancha en cuanto arranque la temporada.

Nerea me sacó la lengua.

—Permíteme dudarlo… Oye, he quedado con Cristina para hacer una caminata. Parece que ya se encuentra mejor, pero tampoco haremos locuras. Pensamos subir a Otoio. ¿Te animas?

Otoio, el monte costero donde antiguamente se situaba la atalaya ballenera… Había oído hablar de esa ruta. Sonaba bien, pero quería seguir con mis pesquisas.

—Es domingo. Si de verdad quieres ser de aquí, toca ir al monte —me chinchó Alberto, que se había acercado con el café para Nerea—. Con leche fría, ¿verdad?

—Y azúcar moreno —replicó ella devolviéndole el sobre que le había puesto.

—Ya sois tiquismiquis, ya —protestó el tabernero abriendo el cajón para cambiarlo—. El azúcar es azúcar.

Me lo pensé un momento. Quizá no fuera tan mala idea una excursión montañera.

Había pasado ya por la pastelería que fabricaba los dulces del Mingorri.

Una visita tan fugaz como esclarecedora.

No había necesitado preguntar siquiera. La dependienta les estaba contando a unos clientes que la policía se había presentado allí con el dulce y que podía asegurar que de su obrador no había salido. Era casero.

—Venga, me apunto —dije cogiendo el chubasquero que había colgado de un gancho bajo la barra. No llovía cuando salí de casa, pero si algo había aprendido era que en Euskadi conviene no confiarse—. Voy a por Sua. A él también le vendrá bien un paseo.

—Genial. Yo espero a Cristina y vamos a buscarte. El camino a Otoio pasa por delante de tu casa —indicó Nerea removiendo su café.

Me despedí de Alberto y me di la vuelta para marcharme.

Estaba a punto de salir por la puerta cuando alguien se plantó en medio.

Era Jokin.

—¿Qué pasa, madrileño? ¿Ahora juegas a los detectives? —escupió lentamente.

Me dije que era mejor no entrar al trapo.

—Me va bien con la medicina, no necesito más. ¿Qué tal si me permites salir? —le pedí mientras trataba de esquivarlo.

Jokin acercó su rostro al mío.

Olía mal. A tabaco frío, a alcohol… A rancio.

—Ándate con cuidado —siseó antes de hacerse a un lado—. A ver si tú también vas a tropezar en algún camino solitario.

Apreté los dientes para no contestar. ¿Se refería al ataque de días pasados? No podía caer en su provocación. Ese idiota no merecía una simple mala respuesta. Merecía que la investigación que había iniciado llegara a buen puerto.