Capítulo 27
No habían pasado aún veinticuatro horas de la muerte de Aresti cuando entré en el Muga.
Los domingos me gusta arrancar allí el día, con mi café y el diario. Y no soy el único. No hay más bares abiertos por la zona, y su barra se convierte en una curiosa amalgama de gentes que el resto de la semana cuesta ver compartiendo espacio.
Y esa mañana, para qué negarlo, tenía un interés especial por saber cómo se habían tomado el asesinato del empresario sus parroquianos habituales.
Alberto me recibió con un café expreso encima de la barra.
Quizá el hijo de Lourdes no sea el mejor anfitrión con los forasteros, pero no se puede negar que conoce a sus clientes. En cuanto algún habitual pone el primer pie en el Muga, le sirve su más que segura comanda.
—Gracias —dije devolviéndole el sobre de azúcar. Ese detalle todavía necesitaba pulirlo—. Ayer cerraste.
—Como para no hacerlo. Y aun así a la Ertzaintza le faltó tiempo para presentarse en mi casa —respondió señalando hacia el piso de arriba—. Imagínate el disgusto que se llevó mi madre…
—¿Qué querían?
Alberto pasó una bayeta por la barra.
—Alguien les había contado que el otro día no permití entrar a Aresti. Y, claro, ya tienen un sospechoso. Como si prohibir la entrada a un tipo fuera equiparable a matarlo.
—Todos somos sospechosos —intervino desde el fondo de la barra una mujer que se había apropiado del diario.
Se trataba de una de las habituales en esas tertulias interminables donde las voces discordantes brillaban por su ausencia—.
Aquí, como te opongas a que los turistas te echen de tu propia casa, eres un criminal. ¿Habéis visto la portada?
La noticia del asesinato de Aresti ocupaba buena parte de la primera plana, ilustrada con una imagen aérea del calvario.
La manta térmica que cubría el cuerpo sin vida del empresario apenas se dejaba ver entre tantos efectivos de la Ertzaintza.
Pero aquella no era la única foto. Ahí estaba también, en un recuadro secundario, la pancarta contra los turistas que alguien había colgado en la iglesia.
Pensé en el contraste del despliegue policial que siguió al hallazgo del cadáver de Aresti con lo sucedido con Lea solo unos días atrás.
En su caso solo fueron dos los agentes desplazados para dar cuenta de su muerte. Tres si sumábamos a Itziar, a quien yo había sacado de la cama con la noticia.
—Un expreso, por favor —pidió a mi lado alguien con acento italiano.
Me giré y alcé levemente la mano para saludar al buscador de tesoros. No lo había oído entrar. Él respondió con un tímido movimiento de cabeza antes de ponerse a contar monedas, que fue agrupando en la barra en montoncitos que sumaban diez euros.
Claudio también formaba parte del ecosistema dominical del Muga. Sus columnas de monedas me sorprendieron la primera semana. Y también la segunda. Ya no. Me había acostumbrado a ese intercambio en el que Alberto se hacía con cambios y el buscador de tesoros con billetes.
—Ya están ahí otra vez los periodistas —señaló alguien que acababa de entrar.
No necesité girarme hacia la puerta para saber que se trataba de Jokin Mendibe.
Su voz, labrada a fuego por el tabaco y la ginebra, resultaba inconfundible—.
Es un equipo de la tele. Han querido preguntarme y los he mandado a la mierda.
A mí que no me líen, que luego apareces en el informativo y te buscas problemas.
Alberto y otros le dieron la razón.
—Ahora es mejor no levantar la voz. Necesitan cargarle a alguien el asesinato y a los políticos les interesa desacreditarnos —indicó una mujer entrada en años que se había teñido el cabello de un desenfadado tono morado.
La había visto alguna vez por el centro de salud, pero no formaba parte de mi cupo de pacientes.
Jokin se apoyó en la barra y pidió una cerveza. Nunca había sido el tipo más efusivo conmigo, pero la mirada que me clavó fue todo menos halagüeña. Después se fijó en el italiano y señaló las torres de monedas que había construido pacientemente.
—Macho, te estás haciendo de oro —señaló en tono jocoso—. ¿Tienes algún colega que vaya agujereando los bolsillos a la gente? El día que empecemos todos a pagar con tarjeta estás jodido.
El italiano lo observó con desprecio, pero no abrió la boca salvo para beberse el café de un trago. Después cogió el billete que le entregó Alberto, y se marchó del bar, dejando tras de sí una incómoda estela de silencio.
La encargada de romperla fue la mujer del diario:
—Le dedican dos páginas enteras al problema del turismo.
—Así va esto. Tienen que suceder cosas como lo de Aresti para que los periodistas nos hagan caso —lamentó Alberto.
Decidí intervenir. Si quería respuestas no podía quedarme de brazos cruzados siendo un mero espectador.
—¿Qué diría Lea de todo esto? —comenté, fingiendo poco interés—. Ella, que siempre criticaba la invasión turística…
—Ay, Lea… —suspiró Alberto desde su púlpito en forma de barra—. Pobre chavala. Hay que tener mala suerte para matarse haciendo deporte.
—Lo de Lea, que en paz descanse, era pura contradicción —comentó la del pelo morado—. Mucho vídeo criticando los excesos del turismo, pero después ella también se enriquecía a costa de los visitantes. Y conste que no me gusta hablar mal de los muertos, pero las cosas hay que decirlas.
Jokin se limitó a guardar silencio. Supuse que quería evitar hablar más de la cuenta. Mejor pasar de perfil por un tema que podía perjudicarle.
—Al menos lo suyo era un turismo diferente. Tengo entendido que llevaba grupos pequeños —comenté.
—Sí, pero ¿dónde se alojaban los guiris a los que llevaba de safari por el río?
—espetó la del diario—. ¡En el piso que tiene al lado de la lonja!
Y todo en negro, seguramente. Que aquí somos todos muy listos.
Pongo verdes a quienes están expulsando a los del pueblo y luego vivo sola en uno de mis pisos y alquilo el otro a quienes vienen a pasar unos días.
—Un manotazo en la barra remarcó sus palabras—.
Y las dos viviendas, heredadas… Que su padre le dejó la vida resuelta.
¡Así también me paso yo el día grabando vídeos de tonterías!
Observé a Jokin. Continuaba callado, pero la tensión bajo sus maxilares era evidente. Estaba sacando un cigarrillo de un paquete de Ducados con intención, seguramente, de huir de la conversación con alguna excusa.
— Egun on —saludó una voz femenina. Dirigí la mirada hacia la puerta y me topé con la de Maite Iturri, que la apartó incómoda al reconocerme—. Un café con leche, por favor. En vaso.