Capítulo 26
Las bóvedas góticas amplificaban el eco de mis pasos sobre el enlosado de la basílica.
La luz, tamizada por las vidrieras, caía en haces que coloreaban el suelo. Pero ni siquiera tanto colorido lograba contagiarme una pizca de optimismo.
Las palabras de Itziar seguían clavadas en mi ánimo, y la espantosa muerte de José Ignacio Aresti pesaba sobre todo el pueblo. Lekeitio entero estaba roto. La retransmisión casi en directo de su asesinato nos había caído encima como una losa.
La pancarta que todavía pendía de lo más alto de la iglesia parecía una broma de mal gusto. Ese Tourists go home había resultado premonitorio.
Los turistas se habían marchado, claro. La propia consejera, Maite Iturri, había realizado gestiones para que los trasladaran a Bilbao, donde los habían alojado en un hotel de cinco estrellas frente al Guggenheim.
Lo que hiciera falta con tal de que mejorara la impresión que se estaban llevando de la costa de los vascos.
La noticia había corrido como la pólvora.
Mi madre me había tenido un buen rato al teléfono.
Se había enterado por la radio y quería asegurarse de que me encontraba bien.
Suerte que no sabía nada de Lea y mucho menos de mi propio intento de asesinato, o se hubiera personado de inmediato en Lekeitio para sacarme de allí.
De camino a la iglesia me había cruzado con tantos ertzainas que había perdido la cuenta. Lekeitio se parecía esa tarde de sábado a un pueblo blindado para una cumbre de la OTAN. Nada quedaba del ambiente festivo de los muelles unas horas antes, ni de las aficiones llegadas de los pueblos vecinos.
Los bares, que aspiraban a hacer su agosto en pleno febrero, habían echado la persiana.
Alberto también había cerrado el Muga. Incluso él entendía que no era el momento para alegatos contra el turismo ni para criticar las inversiones de la víctima de un crimen cruel.
Me fijé en el retablo mayor, con sus santos y apóstoles resplandecientes, presididos por la Virgen de la Asunción. Ni ellos ni el pan de oro que los hacía refulgir lograron retener mi atención. No los buscaba a ellos sino una figura negra y poco agraciada.
—Ahí estás —mascullé al reconocerlo en una capilla lateral.
Era negro, con unos ojos que se salían de sus órbitas y unos cuernos tan retorcidos como los dientes que asomaban de su boca. Aunque si había algo sobresaliente en aquel monstruo era la lengua. Larga y burlona. Desafiante.
—Mingorri —dije en voz alta.
Se trataba de una representación del propio diablo. Habitaba todo el año bajo las arcadas del templo, esquinado y olvidado, pero muy presente.
No estaba solo. Se encontraba al pie de una cruz de madera de la que pendía un esqueleto con una guadaña. La muerte y el mal encarnados en un mismo paso que constituía uno de los elementos más característicos de la Semana Santa en la villa marinera.
—Ha tardado en aparecer por aquí, doctor —me sobresaltó una voz a mi espalda—. Disculpe. Lo he asustado. —Era un sacerdote. La camisa negra y el alzacuellos lo identificaban. Tendió la mano para saludarme—. Bienvenido a Lekeitio.
No me sorprendió que me conociera. Tampoco me incomodó. Ya me había acostumbrado a ese mundo donde el anonimato no existía.
—Don Jesús, supongo. —Yo también había oído hablar del párroco.
Un tipo que, a pesar de provenir de la vecina Ondarroa, se había hecho con el cariño de los lekeitiarras.
Me resultó más joven de lo esperado. No debía de pasar por mucho de los cincuenta años.
Los estereotipos me habían llevado a imaginar a alguien más mayor. Un anciano.
—Para servirle. Esta es su casa, me gustaría que lo sintiera así. —Al ver que me limitaba a asentir, se animó a ir más allá—. ¿Es usted creyente?
No tenía respuesta para su pregunta. Tantas misas de domingo durante mi infancia habían logrado en mí el efecto contrario al que sin duda perseguían mis padres.
—Supongo que mi oficio me ha acostumbrado a buscar explicaciones en lo que puede verse, medirse o demostrarse. Pero respeto profundamente a quienes encuentran consuelo en la fe.
El sacerdote comprendió que la conversación había llegado a un callejón sin salida.
Señaló el horrible demonio que teníamos delante.
—Le interesa más el Mingorri que nuestro retablo mayor.
Como a todos hoy… Han venido varios periodistas preguntando por el demonio, como imaginará.
—Don Jesús se santiguó—. Estaba preparando la misa de doce cuando me han llegado los gritos desde ahí fuera.
Es horrible. Pobre José Ignacio. No entiendo quién puede haber sido capaz de hacer algo así a un semejante.
—Me preguntaba cuál es el significado del caramelo —dije señalando la lengua del diablo.
—Es nuestra forma de plantarle cara al mal, de domesticarlo.
Nadie recuerda ya quién fue el primer crío al que se le ocurrió pegar un dulce en la lengua del Mingorri, pero aquel gesto terminó por convertirse en un acto de catarsis colectiva.
Así es como los lekeitiarras le decimos al diablo que no le tenemos miedo.
—Burlarse de lo que nos da miedo lo vuelve menos temible —admití.
—Exacto. Si aún sigue aquí en Semana Santa y se deja ver por la iglesia, encontrará esta lengua cubierta por completo de dulces de goma.
Los llamamos gomazko karameluak , aunque la mayoría los conoce simplemente como mingorris , el mismo nombre con el que bautizaron a este demonio.
¿Sabe qué significa en euskera? —El sacerdote acarició la lengua con la palma de la mano—. Quiere decir «lengua roja».
Pensé en Aresti, en su hotel, sus pisos turísticos, su Congreso del Turismo Sostenible. Era indudable que para algunos vecinos el empresario encarnaba el mal.
—El asesino ha querido dejar un mensaje claro con su firma —comprendí—. Se ve a sí mismo como un defensor de la comunidad frente a quien considera culpable de destruir Lekeitio.
Don Jesús negó con vehemencia.
—José Ignacio no era ningún demonio. Al contrario.
Y desde luego amaba este lugar. Se trataba de un gran benefactor de esta parroquia.
Aquella capilla la restauramos gracias a él.
Y no solo eso… Siempre me pidió que lo mantuviera en secreto, pero ahora creo que es de justicia que se sepa que ayudó a familias con serios problemas económicos.
Su mediación impidió desahucios y llena cada semana las neveras de algunos vecinos que no pasan por una buena racha.
Créame si le digo que los más necesitados van a echarlo de menos.
Todo aquello sonaba muy bien, pero Aresti era también el gran promotor de un turismo exacerbado que provocaba efectos terribles en el pueblo.
A pesar de los argumentos del cura, ese caramelo que alguien había depositado en su lengua quería señalarlo como alguien maligno.
Los motivos en su caso me parecían transparentes.
Con Lea, en cambio, no era capaz de hallarle una explicación.
—Dos crímenes y una misma firma en ambos casos —mascullé pensativo.
—¿Dos? —El sacerdote me pareció súbitamente incómodo—. Yo solo tengo constancia de lo sucedido a José Ignacio.
—Junto a Lea Alzaga también apareció un caramelo de goma —expliqué.
No estaba dispuesto a callármelo. Cuantos más fueran quienes lo supieran, mayor sería la presión para que la policía dejara de mirar hacia otro lado.
Podría mencionar mi intento de asesinato, pero había decidido mantenerlo en silencio. Al menos por ahora.
El cura me observó con gesto severo.
—Este pueblo necesita reparación, no teorías infundadas. Y menos que vengan de usted. La gente confía en los médicos. Debería tener un mínimo de contención y no hablar tan a la ligera.
Me dejó sin palabras. ¿Qué podía responder? ¿Que lo de Lea lo habían tapado por intereses económicos? ¿Que yo mismo estaba en el centro de la diana? ¿Que cuando se apagaban las luces había otro Lekeitio muy diferente al que él parecía conocer?
Observé la lengua roja del Mingorri. Larga y retorcida, no era fácil imaginarla cubierta de pegajosos dulces de goma.
—¿Quién fabrica los caramelos?
La mirada del cura, que comenzaba a vestirse de conciliadora, se endureció de nuevo. Probablemente esperaba de mí un gesto de contrición. Un arrepentimiento. No que siguiera hurgando donde no debía.
—La pastelería de la calle Abaroa los vende todo el año.
Pero cualquiera en este pueblo sabría hacerlos en casa.
—Consultó el reloj y recordó, de pronto, que llegaba tarde a algún lugar—.
Hágase un favor. A usted y a los demás. Dedíquese a lo suyo y no a difundir teorías descabelladas de detective aficionado.