Bajamar Capítulo 25
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Capítulo 25

El ruido del helicóptero de la Ertzaintza hería el habitual silencio del estuario del Lea. Ni siquiera los graznidos quejosos de los patos a los que importunaba nuestra búsqueda se dejaban oír por encima del rotor del aparato, que sobrevolaba el calvario.

—Aquí no hay nada —protestó Itziar—. ¿Quién me mandará hacerte caso? Debería haberme quedado allí arriba, con mis compañeros. ¡No puedo creer que me hayas sacado de la escena de un crimen para esto! Han llegado los ertzainas y yo estoy aquí, perdiendo el tiempo.

—Te juro que encontré un caramelo de esos —aseguré sin dejar de buscar entre los carrizos.

—¿Y dónde está? —me replicó con brusquedad—. Se te está yendo la cabeza con todo esto de Lea. ¡Estás obsesionado!

Me mordí el labio.

¿Obsesionado?

Alguien había intentado matarme del mismo modo que había hecho con Lea y Aresti. Sabía demasiado bien de lo que estaba hablando.

—Vi ese dulce, Itziar. Lo vi y lo atribuí a alguno de los muchos niños que transitan la zona cada día.

La inspectora negó con la cabeza.

—Yo me vuelvo allí arriba. En mala hora te he seguido…

—¡Las zarzas! —exclamé de pronto, recordando el lugar exacto. Me dejé caer de rodillas en el recodo donde los carrizos se fundían con un zarzal—. ¡Aquí! ¡Espera, Itziar!

Ella, que apenas se había alejado unos pasos, regresó a regañadientes.

—Lea apareció allí —señaló mientras se agachaba a mi lado—. Estás buscando a varios metros de donde la encontramos. Aresti tenía el caramelo encajado en la boca. ¿No ves que no es lo mismo?

—¿Y si mi llegada obligó al asesino a huir antes de poder completar su plan? —planteé sin dejar de rebuscar entre las plantas, que protestaban clavándome sus espinas—. O quizá alguna gaviota se lo sacó de la boca. ¡O cualquier alimaña!

Sí, eso tenía sentido. La intervención de algún animal en busca de alimento explicaría que el dulce no hubiera aparecido junto al cadáver, sino a unos metros de distancia.

—Aquí no hay nada, Jon. ¡Nada! —exclamó Itziar poniéndose en pie.

Clavé el dedo en el punto preciso. Decenas de hormigas corrían de un lado para otro.

—Se lo han comido.

—Qué casualidad…

Observé con rabia a los insectos. Habían devorado la pista que fundía ambos casos en uno solo.

—¿Y el golpe en la cabeza? Eso no puede tratarse de una casualidad —argumenté poniéndome en pie—. Dos personas asesinadas del mismo modo en menos de una semana…

—¿Sabes qué dirá el forense? ¿Quieres que te lo diga yo? —Itziar resopló—. Que a Aresti lo atacaron con un espray de pimienta y aprovecharon su ceguera temporal para golpearlo con un objeto duro. En cambio, Lea no mostraba evidencia alguna de agresión. Se cayó. ¡Nada más!

—No se cayó. Alguien le tendió una trampa.

—Me llevé una mano al hombro. Quizá hubiera llegado la hora de contarle lo de mi agresión…

Lo dudé unos instantes, pero lo descarté.

No sabía si podía confiar en ella—. Tienes que hablar con quienes llevan el caso de Lea.

Deben solicitar una nueva autopsia. Quizá el arma homicida sea la misma en ambos casos.

Itziar negó despacio.

—No habrá nueva autopsia, Jon.

Sus palabras me irritaron.

—Si es necesario iré yo mismo a pedírselo. Hablaré con la madre de Lea…

—¡Basta! Eso sí que no. Como vuelvas a acercarte a ella para meterle pájaros en la cabeza voy a tener que denunciarte. No le haces ningún favor. Y no pongas esa cara. ¿Crees que no lo sé? Vino a verme después de tu visita. Quería saber por qué le ocultábamos que su hija había sido asesinada.

—Fue un error —admití con sinceridad—. No pretendía…

—Está hecha polvo. Va medicada hasta las cejas, pero se empeña en abrir la tienda. No le hagas eso. —El tono de Itziar se había suavizado—. No habrá nueva autopsia, Jon. No la habrá porque a Lea la incineraron.

—No… —balbuceé—. No puede ser…

Itziar asintió.

—Fue por deseo de su madre. Están esperando a que pase todo este circo del turismo sostenible para esparcir las cenizas en el río.

Su prima llamó ayer a comisaría para preguntar si era legal.

Y no lo es, pero tampoco voy a multarlas si lo hacen con discreción.

—Me cogió del brazo—. Venga, déjalo ya. Vete a descansar y olvida todo esto.

Su tono condescendiente me sacó de quicio. Me zafé de su mano y me encaré a ella sin detenerme a pensar en las consecuencias.

—¿De qué tienes miedo, Itziar? Sabes tan bien como yo que ambas muertes están relacionadas. Deja de protegerlo. Si tu hermano ha hecho esto, tu deber es pararlo antes de que vuelva a actuar.

La expresión de la inspectora se volvió de hielo. Su mirada se inyectó de rabia. Vi temblar sus labios.

—¿Eres tú quien me lo dice? ¿Tú? —escupió en tono gélido—. Si hay alguien aquí que tiene las manos manchadas de sangre no es mi hermano, Jon.

Abrí la boca para replicar, pero era tarde. Se había dado la vuelta y me había dejado solo.