Capítulo 24
El viacrucis se me hizo más largo que nunca.
Cada una de las cruces que escoltaban mi carrera era un recordatorio de lo que me esperaba al llegar a la cima. Nada de vistas panorámicas ni del silencio cómplice de las encinas cantábricas.
Nada de eso.
Se trataba de una cita con el horror.
Con la muerte.
Los pasos apresurados que oía a mi alrededor me decían que no era el único que corría hacia la escena que todos habíamos presenciado a través de la pantalla gigante.
Cuando la novena cruz apareció en un recodo del sendero, caí de bruces.
Me sentía agotado.
No estaba dispuesto a rendirme. La imagen de Aresti que nos había brindado el dron presagiaba la peor noticia, pero hasta llegar a la cumbre no sabría si el constructor seguía aferrándose a la vida. Y en ese caso un solo segundo perdido podría resultar fatal.
Me obligué a ponerme en pie para seguir adelante.
Dos estaciones más del viacrucis y estaría en el calvario.
—Diez —conté al pasar junto a la siguiente cruz.
La undécima tardó en aparecer.
Pero lo hizo. Solo unos pasos más y llegaría a la cima.
—¡Alto! —Un policía local, todavía sin resuello y con el rostro perlado de sudor, montaba guardia junto al camino.
Mientras trataba de zafarme de sus brazos, observé que otro agente había llegado junto a Aresti y comprobaba si tenía pulso.
—Es médico. Dejadlo pasar —ordenó una voz a mi espalda.
Era Itziar. Llegaba pocos pasos por detrás de mí.
Me arrodillé junto al empresario. Mis dedos solo pudieron confirmarme que su corazón no latía.
La temperatura corporal era inferior a la mía.
Calculé un par de grados a lo sumo. Sin ser experto en medicina forense, como bien me había señalado el agente que inspeccionó el cadáver de Lea, sabía que en condiciones normales un cuerpo sin vida pierde un grado durante cada una de las primeras horas.
—No lleva mucho tiempo muerto —dije tirando del hombro del empresario para poder ver su rostro.
—No lo toques, Jon —se apresuró a pedirme la inspectora—. Podrías contaminar la escena. Tenemos que mantenerla intacta hasta que llegue la Científica.
Demasiado tarde.
Aresti cayó de lado. Desplomado, igual que un muñeco de trapo.
Un objeto rodó desde su boca y fue a parar a unos palmos de distancia.
La sangre que había vomitado enmarcaba los labios de la víctima en una sonrisa grotesca. También su nariz.
Sus ojos, fijos en un mundo que ya no veían, estaban enrojecidos. Se observaba una evidente inflamación.
—Lo han atacado con algún tipo de espray defensivo —planteó la inspectora.
Apoyé la mano en aquella cabeza sin vida y la giré levemente.
—Mira —señalé antes de que la inspectora me apartara.
El hueso occipital estaba parcialmente hundido.
A José Ignacio Aresti no lo había matado el espray pimienta.
Lo que había segado la vida del empresario era el martillazo que le había roto el cráneo.
—Exactamente igual que a Lea —dije volviéndome hacia Itziar. Podría haber añadido que también a mí, pero preferí callar.
La vi resoplar, contrariada.
—¡Mingorri! —El primero que lo dijo fue un adolescente al que el cordón policial que todavía estaban desplegando mantenía a cierta distancia.
No fue el único.
Enseguida no había nadie en aquella cumbre que no repitiera el mismo nombre. Algunos iban más allá y mencionaban al demonio.
—¿Qué dicen? —pregunté.
La inspectora señaló el objeto que había rodado desde la boca de Aresti.
—Es uno de los caramelos que los niños pegan en la lengua del demonio por Semana Santa.
Supongo que mi expresión fue de absoluto desconcierto, porque no tardó en aclararme que se trataba de una tradición local.
Observé el dulce. De un suave tono naranja y aspecto gomoso, me resultaba vagamente familiar.
—Joder… —exclamé poniéndome en pie. Cogí a Itziar de la mano—. ¡Ven conmigo! ¡Vamos! ¡Tienes que ver algo!