Bajamar Capítulo 23
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Capítulo 23

—No es justo. Es imposible demostrar tu calidad en una regata tan absurdamente corta. Todo esto ha sido un sinsentido —protestó uno de mis compañeros de trainera mientras el resto de los remeros recuperábamos el resuello.

—Lo que habéis hecho los de babor al salir de la ciaboga ha sido un desastre. Hemos perdido toda opción de ganar —intervino Patxi.

Alcé la mirada hacia los muelles.

Estaban llenos a rebosar. Quizá Aresti no hubiera conseguido congregar a tantos seguidores como la Bandera de Lekeitio, pero la inédita regata invernal había levantado suficiente expectación como para convertirse en la fiesta que él deseaba.

—A la gente mientras le montes planes le da igual que sea porque es el día del santo que porque unos niñatos americanos quieren divertirse, ¿eh? —comentó entre risas mi vecino.

—Me parece que no todo el mundo está tan contento —señalé.

Entre los arbotantes de la basílica de la Asunción alguien había desplegado una gran pancarta contra la invasión turística.

TOURISTS GO HOME

—Esto es Euskadi, madrileño. Ya habrás visto que no hay fiesta sin su protesta, ¿eh? —El codazo me hizo apretar los dientes. A ese paso acabaría por salirme un hematoma que pugnaría por la primera plaza con el de mi hombro.

—No tendríamos que haber participado en esta pantomima —lamentó el mismo que se había quejado de la escasa longitud de la regata.

Su espalda doblaba en anchura a la de su vecina de banco—.

Estamos poniendo una alfombra roja a quienes nos expulsan de nuestras casas.

El día que nuestros hijos no puedan alquilar un piso en Lekeitio y tengan que irse a otro lugar, nos acordaremos de esto.

Un incómodo silencio siguió a sus palabras.

—Nadie te obligaba a venir. Ha habido quien se ha quedado en casa —indicó el patrón.

Supuse que se refería a Jokin. Aparte de él y de Cristina no echaba en falta a ninguno más.

Observé al grupo de influencers. La consejera de Turismo charlaba animada con alguno de ellos, pero Aresti seguía sin aparecer.

—Tanto interés en que remáramos y el tío ni se presenta… —lamentó una desde las primeras filas.

—Porque a él esto del remo se la trae al pairo —se sumó el remero de antes—. Apostaría por que se ha marchado ya a Marbella.

El patrón los reconvino.

—No seáis así. No habrá podido llegar a tiempo.

Estaba muy ilusionado. Ayer a última hora buscaba todavía alguien que le bordara unas txapelas para los ganadores.

Que no os extrañe si aparece ahora a la carrera, que es capaz de haberse ido a Bilbao a por ellas.

Cuando a José Ignacio se le mete una cosa entre ceja y ceja…

—A ver si también va a estar en la cama con cagaleras. Todavía será verdad que los ricos también lloran, ¿eh? —se mofó mi vecino de banco.

Esta vez conseguí apartarme antes de que me golpeara con su maldito codo.

Uno de los drones sobrevoló las tres traineras a escasa altura.

Comenzó por la nuestra.

La pantalla gigante mostró un primer plano de nuestros rostros agotados antes de recrearse en la expresión triunfal de los de Ondarroa. La ovación de los aficionados llegados del pueblo vecino enmarcó sus remos alzados en señal de victoria. Nerea estaba eufórica.

La banda de música comenzó a entonar una canción que se me antojó tristona para una celebración, pero era innegable que lograba transmitir grandiosidad al momento.

Después el dron se apartó de las traineras para ofrecer una visión general del muelle, una marea blanca, azul y roja, donde la única nota discordante la ponía el verde de las chaquetas de los músicos.

La brisa del noroeste agitaba con gracia las banderas de unos y otros.

Incluso el cielo había decidido sumarse al espectáculo con un gris plomizo que lo envolvía todo en un halo de irrealidad.

Me sentía dentro de una superproducción de cine.

El dron continuó alejándose y, tras esquivar la pancarta que enviaba a casa a los turistas, ganó altura en busca de una panorámica completa del puerto.

Las casas de pescadores, la geometría perfecta de los diques, los pesqueros amarrados…

Era una imagen magnética.

La cámara voló después hacia las tres cruces del monte Lumentza.

Se trataba de uno de mis rincones preferidos en el pueblo. Algunas mañanas, cuando regresaba de mi carrera a orillas del Lea, trepaba hasta su modesta cima para ver despertar Lekeitio a vista de pájaro.

Ciento quince metros de altura no suena a gran cumbre, desde luego. Sin embargo, cuando pones el pie allí arriba sientes que estás en la cima del mundo. A tus pies se desparrama todo un pueblo, con sus vecinos y sus secretos.

No es una subida cualquiera. La del Lumentza es una ascensión serpenteante jalonada de cruces de piedra: las doce paradas de un viacrucis hacia el calvario con las mejores vistas del mundo.

El dron se recreó allí arriba. ¿Cómo no?

Bailaba lentamente alrededor de la cima para ofrecer una panorámica de trescientos sesenta grados donde se desplegaban los colores de la paleta de un genial pintor.

El abrazo azul entre el río y el mar, el verde de la isla varada en su orilla, los tejados rojos del pueblo, los tonos dorados de la arena…

Y todo junto a una iglesia gótica que desde las alturas hacía pensar en la mismísima Notre Dame de París.

Me giré hacia los influencers. Sus miradas, hijas de una era gobernada por la imagen, estaban clavadas en la pantalla gigante. Sus teléfonos móviles, también.

La cámara voló entonces directamente hacia el calvario.

Tres cruces. La de Jesús y la de los dos ladrones ajusticiados junto a él.

Me sorprendió ver un bulto oscuro al pie de la cruz central.

—Joder… —exclamé cubriéndome la boca.

El murmullo que se extendió a mi alrededor me dijo que no era el único que había reparado en ello.

La banda continuó subrayando el momento con su música épica.

El bulto había tomado forma a medida que el dron centraba su atención en las cruces.

Quizá el operador de cámara no fuera consciente de lo que estaba mostrándonos, quizá solo se acercara más y más por mera curiosidad.

Pero nos regaló a todos, locales y forasteros, un primer plano que nos costaría olvidar.

Se trataba de él. Del hombre que había convertido las tradiciones de un pueblo en un mero decorado teatral para mayor gloria de sus negocios.

De rodillas y con la frente apoyada en la cruz que representaba la muerte de Cristo, ofrecía una espantosa imagen de contrición, realzada, si cabe, por el charco rojo que se extendía a sus pies.