Bajamar Capítulo 22
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Capítulo 22

Era mi primera regata.

Hacía meses que remaba, sí, pero no es lo mismo salir a entrenar sin más presión que la de vencer a tus propios miedos que enfrentarte a traineras rivales en un campo de regateo.

¡Y ante una multitud dispuesta a animarte desde los muelles!

—Pues esto no es nada. El día de la Bandera de Lekeitio, en julio, no cabe un alfiler en el pueblo —me explicó el patrón desde la proa.

—Pero vienen a ver a los profesionales, no a unos viejos chochos como nosotros, ¿eh? —comentó mi vecino de banco clavándome un codo en las costillas.

Esbocé una mínima sonrisa de compromiso mientras él celebraba sus palabras con una risotada.

Echaba de menos a Cristina. Mi compañera no tiene la necesidad de hacer un comentario jocoso tras otro… Lástima que se encontrara indispuesta y no se sintiera con fuerzas de salir de casa.

Todavía no había podido hablar con ella. Después la llamaría por si necesitaba que pasara a verla, aunque seguramente no padeciera más que una gastroenteritis de tipo vírico. Había sido la principal causa de visita a mi consulta durante la última semana. Mis compañeros estaban cayendo como moscas.

Me giré hacia el resto de las embarcaciones.

Urdaibai, con su equipación azul, aguardaba ya en la boya a que el juez diera la salida.

Igual que nosotros.

Ondarroa, de tonos blanquirrojos, se incorporaba en ese momento a la tríada de contendientes.

Le guiñé el ojo a Nerea. La casualidad había querido que ocupara el mismo banco que yo. Ambos remábamos en la cuarta fila, aunque en traineras rivales.

Ella me replicó sacándome la lengua.

Me reí para mis adentros. Si los de Lekeitio no quedábamos por delante de Ondarroa, iba a ser víctima de sus pullas cada mañana a la hora del café.

No podía permitirlo.

El juez alzó la pistola hacia el cielo.

—Recordad: remamos en casa. Lo tenemos ganado. A muerte desde la primera palada, que es la regata más corta de la historia —nos indicó Patxi, de pie en la popa.

A nuestro alrededor se hizo el silencio. Los muelles aguardaban el disparo.

Una pantalla gigante mostraba un primer plano de la mano del juez tensando el gatillo. No eran las únicas imágenes. Dos drones volaban aquí y allá, para trasladar a los muelles una visión inédita de la regata que estaba a punto de comenzar.

Aresti lo había previsto todo.

No faltaba tampoco una banda que vomitaba sin cesar canciones festivas.

—Ya están tardando en tocar Paquito el Chocolatero , ¿eh? A los guiris les encanta —se mofó mi vecino clavándome de nuevo el codo.

No lo soportaba, y además olía fatal. ¡Y ni siquiera habíamos comenzado a remar!

Desde la plaza del ayuntamiento se elevaba una columna de humo blanco. Las parrillas estaban encendidas. Las primeras bandejas de sardinas habían comenzado a chisporrotear sobre las brasas. Muy cerca estaban también los más madrugadores del concurso de marmitako.

Era una fiesta. Una fiesta pagana sin patrón ni efeméride que celebrar; una en honor a los nuevos dioses de nuestra era: el dinero y los likes.

Pero una fiesta al fin y al cabo.

Porque Aresti había sabido aprovechar la facilidad que tenemos en este país para salir de casa y celebrar a la menor ocasión.

Su intento de organizar una réplica del día de San Antolín, con sus gansos y sus cuadrillas, había encallado para permitirle construir en tiempo récord una jornada multitudinaria.

Porque en la costa vasca el remo es una religión y ningún pueblo dejaría solos a sus representantes.

Ahí estaban, entre la música y el olor a sardina, gentes llegadas de Ondarroa y Bermeo, arropando a los suyos como si se tratara de una final.

Un día de verano en pleno invierno.

Vi a Maite Iturri, la consejera de Turismo, saludando a los invitados al congreso.

Me extrañó que Aresti no se acercara a animar a su trainera después de habernos metido en este lío, pero andaría ocupado con sus otros negocios, los que en realidad le daban dinero.

Estaba buscándolo con la mirada cuando sonó el disparo.

El juez acababa de dar la salida.

—¡Vamos! —exclamó Patxi vaciando sus pulmones.

Respondí clavando el remo en el mar y tirando con fuerza.

Ya no existían la música ni las parrillas. Tampoco las banderas blancas o azules ni los gritos de ánimo de las tres aficiones.

Nada.

El mundo se redujo al golpe seco de la pala sobre el agua, al leve crujido de la madera al tirar de ella, al salitre que se nos pegaba al rostro. No había nada más.

Mi hombro se ocupó de recordarme lo sucedido hacía apenas dos días.

Lo hizo palada tras palada.

El espejo también lo había hecho esa mañana. El moretón que cubría buena parte de mi escápula era impresionante. Un solo palmo me había librado de recibir el impacto en plena nuca.

Y eso hubiera significado…

Sacudí esos pensamientos de mi cabeza. Ahora se trataba de remar. De hacerlo más fuerte. Más rápido.

A mi espalda, el casco vibraba como si el alma entera de la trainera empujara con nosotros.

El Cantábrico estaba picado, marejada decían quienes sabían, que no eran pocos.

Al menos la mitad de los remeros que compartían conmigo el color blanco de Lekeitio habían dedicado una vida entera a ese deporte.

Ellos eran los buenos, los que nos llevaban en volandas hacia la ciaboga.

Los demás, incluido mi vecino pestilente, éramos unos meros aficionados.

En cuanto abandonamos la protección que nos brindaban los diques, el viento del noroeste se hizo notar.

Los drones zumbaban a nuestro lado. No podía verlas, pero no era difícil imaginar la belleza de las imágenes que trasladaban a la pantalla gigante instalada en los muelles.

La boya que marcaba el punto de giro no tardó en aparecer ante nosotros. Llegaba la maniobra más exigente de la regata. De la limpieza con la que giráramos dependía en gran parte nuestra clasificación. Un error en la ciaboga podía hacerte perder una regata.

Respiré hondo, busqué el ritmo de la compañera de delante y me aferré a él. Los hombros me ardían. El pecho también.

—¡Ciaboga! —exclamó el patrón mientras tensaba el brazo para girar el timón.

Los de babor dimos paladas largas y potentes mientras los de estribor aflojaban el ritmo. Era el ritual del giro. La trainera viró cerrada, ajustándose a la boya limpiamente. Salimos de ella en cabeza, con Ondarroa y Urdaibai compitiendo por la segunda posición.

Pero entonces alguien perdió el compás. Quizá yo, puede que cualquier otro. Una palada en falso, un golpe de remo contra el agua que levantó una cortina de espuma y quebró la cadencia de quienes ocupábamos las posiciones de babor.

—¡Vamos! ¡Centraos, joder! —Patxi gritaba por encima de las voces que rugían desde los muelles.

Era la recta final.

A babor, Garraitz, la roca de fuego. A estribor, el faro de Santa Catalina y la ermita de la Tala. Y más allá el puerto, lleno de gente, de voces, de banderas.

Recordé cuando era niño y venía a ver las regatas con mi padre. Y ahora estaba allí. Era uno de ellos. No podía fallar.

—¡Vamos! ¡Más rápido! ¡Venga! —clamó Patxi, que nos marcaba el ritmo contando del uno al dos en euskera—: Bat, bi. Bat, bi. Bat …

El griterío se hizo más fuerte. Ensordecedor.

Faltaban solo unos metros.

Remé con todas mis fuerzas.

Y, a pesar de ello, entramos en última posición.

Nerea y los suyos nos habían ganado.