Bajamar Capítulo 21
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Capítulo 21

Faltaban unos minutos para las seis cuando llegué a la cima de la isla.

No había todavía rastro de Itziar en la vieja plataforma ocupada algún día por cañones y convertida ahora en improvisado mirador a caballo entre el pueblo y el mar.

Era una tarde moribunda, invernal.

Diferentes tonos de gris pintaban el cielo y hacían del Cantábrico una inmensa sombra carente de color. Un velero solitario abandonaba la seguridad del puerto. Lo hacía sin prisa, movido únicamente por la ligera brisa que inflaba sus velas blancas.

La panorámica inspiraba una serenidad que contrastaba con mi estado de ánimo.

Estaba nervioso, casi aterrorizado ante la perspectiva de desvelar a la inspectora lo que había visto en las marismas.

Ajeno a mis pensamientos, Sua trotaba a mi alrededor. Olfateaba las rocas, se asomaba al acantilado, ladraba a las gaviotas… Estaba exultante.

Tras varias carreras, se tumbó a mis pies y apoyó el hocico sobre mis botas. De pronto pareció ensombrecerse. Entendí que echaba de menos a Lea.

Le rasqué detrás de las orejas y él cerró los ojos y se dejó hacer. A mí también me reconfortaba sentir la calidez de su piel peluda.

Me iba a dar pena desprenderme de él, pero tenía que hacerlo. No me veía capaz de cuidar de un perro. Antes debía aprender a cuidarme a mí mismo. Quizá Itziar supiera de alguien dispuesto a adoptarlo.

De repente Sua se incorporó y agitó el rabo, expectante.

Entonces la vi. Subía desde el puente, con unos sencillos pantalones tejanos y una chaqueta de cuero. Un collar turquesa casaba a la perfección con sus ojos del color del Cantábrico.

—¿Ese perro es quien yo creo que es?

Me puse en pie para recibirla con un par de besos.

Olía bien. Siempre lo hacía.

—Es Sua. El perro de Lea —confirmé.

—Me lo había parecido. ¿Y qué hace contigo?

—Es una larga historia. ¿Seguro que quieres saberla?

—Claro. He traído unas cervezas —dijo abriendo el bolso.

Forcé una sonrisa mientras aceptaba una. No me lo iba a poner fácil. Era evidente que ella esperaba otro tipo de encuentro.

Me pedí paciencia. No podía disparar a bocajarro.

Abrí la lata y di un largo trago antes de sentarme junto a ella en una roca que ofrecía una panorámica perfecta. Le expliqué la aparición de Sua de madrugada, la visita a la tienda de María Jesús y después a Amaia…

—Parece ser que Lea y ella eran buenas amigas —dejé caer para ponerla a prueba. Quería ver qué tipo de relación tenía con su hermano.

Abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor y volvió a cerrarla. Lo sabía todo, era evidente. Jokin debía de habérselo contado.

—¿Y te lo vas a quedar? —preguntó centrando la atención en Sua.

—No puedo. Estoy muy ocupado. Un perro necesita más de lo que yo puedo ofrecerle. ¿No conocerás a alguien que pueda hacerse cargo de él?

—Déjame que haga alguna llamada. Hay algún santuario de animales por la comarca. ¿Qué tal tiene la pata? Vi el vídeo que compartió Lea. El del cepo.

—Ya casi está bien.

Comprendí que era el momento de hablarle de los furtivos, pero me interrumpió.

—Debió denunciarlo. Hubiéramos investigado para dar con el descerebrado que lo instaló.

—Lo hizo público en sus redes. Lea creía en eso más que en la policía.

—Mal hecho —zanjó la inspectora.

Sua me trajo una piedra. Me levanté para lanzársela y salió disparado a por ella.

Aproveché que se perdió entre los arbustos que poblaban la isla para volver a sentarme junto a Itziar.

A nuestra espalda se extendían las playas de Lekeitio.

La bajamar las convertía en arenales tan extensos como efímeros.

Observé que Claudio, el cazatesoros italiano, había dado con algo y lo estaba desenterrando con ayuda de una pala.

Junto a él se dibujaba el estrecho malecón que unía la isla con tierra firme y que desaparecería bajo las aguas en cuanto la marea comenzara a reclamar su terreno.

—El mar decide por nosotros… ¿No te parece mágico? —comentó Itziar cuando me descubrió observando el paso—. Es él quien nos abre o nos cierra la puerta de la isla de Garraitz.

Asentí lentamente. La bajamar dejaba al descubierto los secretos de la franja costera. Solo dos veces al día, y apenas durante un rato. Después el mar volvía a ocultarlo todo para simular un mundo perfecto.

Igual que hacía Lekeitio con las verdades que escondía bajo su calma de postal.

—Para mí esta isla siempre fue San Nicolás —reconocí regresando a la conversación.

—Y no eres el único. Durante siglos todos la llamaban así por la ermita dedicada al santo que hubo aquí arriba. Pero Garraitz es más bonito. Significa «roca de fuego» en euskera. Por las fogatas que encendían las mujeres del pueblo para orientar a los marineros, ¿sabes?

—Roca de fuego —repetí. Me gustaba.

—¿Y Sua? —Itziar señaló al perro—. ¿Sabías que el nombre de tu nuevo amigo significa «Fuego»?

—El nombre perfecto para la mascota de una chica con nombre de río —admití dando un nuevo trago de la lata.

—Qué poeta se perdió el mundo cuando te hiciste médico —bromeó Itziar.

Apenas logré esbozar una sonrisa. Los nervios me atenazaban el estómago. Me sentía culpable. Estaba a punto de echar por tierra un momento agradable y el acercamiento sincero de Itziar.

—Mira. —La inspectora señaló el velero—. Nunca perdona… Sabrás que la Iturri está por aquí porque la ves en su barquito. Debe de pasarlo mal viviendo en Vitoria, tan lejos del mar.

—Seguro —comenté recordando la mirada esquiva de la paciente mientras aguardaba su receta.

—Era mi vecina. Una buena mujer. Mi hermano y yo nos quedábamos a veces en su casa cuando nuestros padres tenían que salir.

Preparaba unos macarrones que nos parecían lo mejor del mundo.

Con tomate y chorizo, no creas… —se rio Itziar—.

Luego se mudó a un palacete. Ganará bien.

Es consejera de Turismo. Imagínate… Pero sigue siendo la misma. Con velero, pero la misma.

Una nueva risa cerró su razonamiento.

—La he conocido hoy. Ha pasado por el centro de salud —comenté sin entrar en más detalles.

—Pues yo la conozco desde hace… —Itziar cerró los ojos para calcular—.

Más de treinta años… Treinta y tres, creo.

Nos mudamos cuando yo tenía cuatro, y ella ya vivía allí.

—La mirada de la inspectora embarcó en aquel velero que se alejaba hacia el horizonte—.

Qué rápido pasa todo… ¿Sabes cómo me doy cuenta de que estoy cumpliendo años?

—Comprendí que era una de esas preguntas que no precisan respuestas, sino silencios—.

Porque ya no sueño despierta. Y te aseguro que me da mucha pena.

Antes, cuando venía aquí, hacía planes bonitos.

Me decía que algún día lo dejaría todo, vendería mi piso y me mudaría a un barco como el suyo.

Vivir aquí y allá, donde me llevara el viento.

Libre, lejos de la rutina que nos mata y de este pueblo que me asfixia.

Me sorprendió que se refiriera de ese modo a Lekeitio. Lo que para mí era un sueño de libertad representaba en su caso una prisión.

—Tenía la impresión de que te gustaba vivir aquí —comenté.

Itziar no respondió inmediatamente.

En su lugar bebió un largo trago de cerveza, se mordió el labio y negó con la cabeza. Entretanto, Sua regresó con la piedra, la depositó a mis pies y ladró para reclamar mi atención.

—Las apariencias engañan. Mira Maite. —La inspectora continuaba observando el velero—.

Puede que sea la imagen del éxito. Una mujer con poder e influencia…

Seguro que hoy cuando la has visto te ha parecido tan elegante como segura de sí misma.

Una mujer orgullosa. —Se equivocaba. La persona que había visitado mi consulta no era esa que describía Itziar.

Los médicos tenemos acceso a la cara oculta de los pacientes, a la que los hace vulnerables—.

Sin embargo, poca gente habrá en Lekeitio que haya sufrido tanto como ella.

—¿Por qué? —pregunté mientras lanzaba la piedra una vez más.

La inspectora observó al perro perderse entre los arbustos antes de responder.

—No he sido madre, pero como policía he tenido que comunicar el fallecimiento de un hijo más de una vez.

Puedo asegurarte que no hay un dolor más grande para una mujer.

Y Maite perdió a los dos. Al primero se lo llevó un golpe de mar cuando faenaba en Gran Sol.

El segundo, Martín, no pudo soportar lo de su hermano.

A él lo mató la heroína. —Itziar negó con un gesto sin dejar de navegar con la mirada rumbo al horizonte—.

Dos años demoledores. Porque además su marido se fue con otra.

Su manera de pasar página de algo tan doloroso fue poner tierra de por medio. Menudo cabrón… Ahora vive en Ondarroa.

—Qué duro… —comenté recordando la mirada herida que había visitado mi consulta hacía solo unas horas.

—Y ahí la tienes, navegando sola. Una mujer valiente y fuerte. Pero la procesión irá por dentro.

Me mordí el labio. Cada minuto que pasaba se me antojaba más difícil contarle lo que había descubierto.

Pero tenía que hacerlo.

—Tenemos que hablar, Itziar —le dije ahogando un suspiro.

Verla asentir me insufló esperanza. Pensé que quizá ella se hubiera replanteado su negativa a investigar la muerte de Lea.

Me equivocaba.

—No te preocupes —dijo volviéndose hacia mí con una sonrisa conciliadora—.

Por mi parte está olvidado, pero no me gusta que te metas en mi trabajo.

Perdona por haber sido tan dura contigo.

Tengo demasiada presión con ese congreso del demonio…

El ayuntamiento quiere que todo salga bien.

No ayuda precisamente que un tipo se dedique a ir contando que ha habido un asesinato en el pueblo.

Tragué saliva.

—No es eso… Es por tu hermano. —El rostro de la inspectora se endureció. Su sonrisa se congeló y sus maxilares se tensaron—. Lo he visto esta noche… Tú sabías que Jokin está pescando angulas, ¿verdad?

Itziar me fulminó con la mirada. Pero en lo más profundo de aquellos ojos verdes descubrí algo más.

Había miedo.

—¿Cómo te atreves…?

Le relaté mi visita a las marismas.

Tardó en responder, y cuando lo hizo fue para negarlo todo.

—Te lo estás inventando. ¿Por qué intentas hacerme daño? —Se giró para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.

—Tú lo sabías, Itziar. Por eso intentaste quitármelo de la cabeza cuando pregunté a Lourdes por la pesca furtiva de angulas.

Estaba convencido de que la pescadera también lo sabía. La incomodidad que evidenció su respuesta no se debía a hablar de algo prohibido frente a una inspectora, sino frente a la propia hermana del furtivo.

—Estás loco… No tienes pruebas…

Las palabras de Itziar fueron un jarro de agua fría. Pensé en la foto que había tratado de tomar sin éxito.

Le entregué una bolsita.

—Si analizas esto, verás que es suyo.

Itziar observó el contenido.

—¿Una colilla? —preguntó arrugando los labios—.

Remas con Jokin. Lo primero que hace mi hermano en cuanto salta de la trainera al muelle es encenderse un cigarrillo.

Si alguien lo tiene fácil para hacerse con la colilla eres tú.

—La inspectora se la guardó en el bolsillo mientras se ponía en pie—.

Esto no es prueba de nada… Es increíble.

Estoy tan decepcionada… Te tenía por un amigo.

—No la he cogido del muelle —me defendí mientras trataba de cogerla del brazo para evitar que se marchara—. La recogí del camino. Acompáñame y verás más. Están allí, junto a las barcas del día de gansos, las mismas que emplea Jokin para su pesca prohibida.

Itziar ya no escuchaba. Me había dado la espalda y se alejaba furiosa hacia tierra firme.

Nuestra cita en la isla secreta había concluido.