Bajamar Capítulo 20
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Capítulo 20

Acababa de introducir la llave en la cerradura cuando oí los pasos apresurados de Sua al otro lado de la puerta. La abrí con cuidado para no hacerle daño y él me recibió moviendo el rabo como un molinillo y saltando para colmarme de lametazos.

—¡Hola, muchacho! —le dije achuchándolo—. Yo también te he echado de menos.

No mentía.

El border collie me siguió a la cocina.

—Mira lo que te he comprado. ¡Sorpresa! —exclamé mostrándole un saco de pienso—. El veterinario me ha dicho que es el preferido de los perros de tu raza.

Sua ladeó la cabeza y observó el paquete con sus ojillos inteligentes. No pareció especialmente emocionado.

—¿Has visto? Aparece uno como tú —señalé tratando de despertar su interés.

El animal de la foto no le atrajo lo más mínimo. Tampoco las verduras y el pollo que lo acompañaban.

—Y mira qué cuenco más bonito —dije dejándolo en el suelo.

Era metálico, funcional, pero eso sí que logró su aplauso. Lo olisqueó, ladró y agitó el rabo con emoción.

—Ya va. Ya va. —Abrí el paquete de pienso y vertí una buena cantidad en el bol.

El rabo de Sua se frenó en seco al ver aquello.

Alzó hacia mí una mirada disgustada. Sus orejas, hasta entonces erguidas, cayeron lánguidas para subrayar su decepción.

—Está rico —le dije sacudiendo suavemente el recipiente. Las bolitas marrones entrechocaron con alegría.

Sua les gruñó. Nada más. No quiso ni acercarse.

Probé a ponerme a cuatro patas y fingir que comía.

—Hummm… Riquísimas. Prueba, ya verás. Son de pollo, jamón y guisantes. ¡Y manzana! —indiqué tras consultar los dibujos de la bolsa.

Nada. El perro parecía dispuesto a morirse de hambre antes que probar aquello.

Me senté en el suelo.

¿Qué podía hacer para que comiera?

Tomé un puñado de croquetas y se lo acerqué al hocico.

Conseguí que las olisqueara, pero en lugar de comerlas soltó un gruñido y se apartó.

Tuve que contener la risa. Era una situación tan desesperante como absurda.

—Pues ayer te acabaste toda la cecina… Algo tendrá que comer el señor marqués.

Sua contestó ladrando hacia el armario.

Me levanté y eché un vistazo dentro. Lo único aprovechable era una ristra de chorizo picante de La Rioja que me había regalado una paciente. No parecía el mejor alimento para un perro.

Mientras rebuscaba, él me observaba con las orejas bien tiesas. La víspera había salido de aquel mismo armario la cecina de León, así que debía de esperar que hoy también apareciera alguna otra delicia.

—Ya te he dicho que no queda ni una loncha. Te la comiste toda. Aquí no hay nada para ti —dije cerrando el armario para coger el móvil—. Espera. Miraremos aquí.

Abrí el buscador y pregunté qué podía comer un border collie.

—¿Ves? Aquí dice que lo mejor para tu salud es el pienso. No te puedes alimentar solo de cecina.

El perro me escuchaba ladeando la cabeza, con esa expresión que hacía parecer que entendía cada palabra, pero no hizo el más mínimo amago de comerse el contenido del cuenco.

—¿Te gustará el arroz con pollo? —le pregunté al ver que había en internet varios tutoriales sobre cómo prepararlo para amigos de cuatro patas.

El rabo de Sua barrió el suelo, animado.

—Me tomaré eso como un sí.

Saqué de la nevera las pechugas que pensaba hacerme a la plancha y las puse a cocer con arroz. Todo junto. Y también dos zanahorias. La chica del vídeo añadía espinacas y manzana, pero me pareció arriesgado. Después del fracaso con el pienso no tenía ganas de andarme con experimentos.

—Ven. Saldremos a dar un paseo mientras se cuece esto.

A Sua le gustó la idea. Corrió a la puerta y apoyó en ella las patas delanteras. Le puse la correa para que no saliera disparado nada más abrir.

Fue él quien escogió la dirección. Solo había dos opciones: desandar la carretera hacia Lekeitio o avanzar hacia el faro de Santa Catalina, donde moría el asfalto y el Cantábrico se hacía con todo el protagonismo. Y eligió la torre de luz.

—A mí también me gusta más —le dije, a sabiendas de que no me escuchaba. Bastante tenía con olisquear cada arbusto y detenerse a regar cada poste.

El aire olía a salitre y el rumor del mar llegaba desde los acantilados que caían a pico a nuestro lado. Una suave brisa del noroeste nos despeinaba. Mis pulmones celebraban cada respiración y me regalaban algo parecido al optimismo.

Por un momento olvidé las marismas del Lea, al furtivo y mi cita en la isla de Garraitz. Fue algo demasiado fugaz, pero volví a sentir la paz que había llegado buscando a la costa vasca.

Un rosal silvestre atrajo la atención de Sua. Estuvo brincando de aquí para allá, hundiendo el hocico entre las ramas. Gruñía, ladraba en posición de ataque…

—¿Qué has visto?

El mirlo que escapó volando me dio la respuesta.

El perro tiró de la correa con renovada energía, decidido a llevarme más allá. Era él quien me sacaba a mí de paseo y no al revés.

—No, hoy no llegaremos hasta el faro. Tendremos que volver o se nos quemará tu comida —indiqué frenando su avance.

Cuando regresamos fue directo a la cocina y se plantó delante de la cazuela, que humeaba con ganas.

—Espera un poco… ¿Cómo puedes ser tan impaciente? —me reí mientras escurría el agua sobrante de la cocción y le servía unas cucharadas en su cuenco.

Sua se lanzó a probarlo, pero en cuanto acercó el hocico dio un brinco hacia atrás.

—¿Y ahora qué le pasa al señorito?

Lo intentó de nuevo y volvió a apartarse, esta vez gimoteando.

—Claro… Quema —admití. El vídeo no decía nada sobre la temperatura a la que había que servir la comida—. Dale un segundo para que se enfríe.

Pero él no estaba por la labor. Se acercaba, se retiraba, volvía a intentarlo… y cada vez lloriqueaba un poco más. Me partía el alma verlo así; debía de estar muerto de hambre.

—Espero que quien te adopte sepa hacerlo mejor que yo —me disculpé cogiendo el cuenco—. Dame un minuto.

Vertí el contenido en un plato, y después en otro, y todavía en un tercero. Era lo que hacía mi madre cuando mi hermana o yo nos quejábamos de que la sopa estaba caliente.

Cuando serví de nuevo el arroz en el bol estaba templado.

Me alegró ver que, esta vez sí, Sua comía con ganas.

Ahora faltaba yo. No había probado bocado desde la hora de desayunar.

Me asomé a la cazuela.

Ahí estaba mi pollo. Ahí y en la barriga de Sua. Estuve tentado de servirme un plato. No tenía ganas de cocinar. Estaba cansado y, sobre todo, inquieto ante mi cita con Itziar.

Hundí la cuchara en el arroz. Estaba pastoso, no era precisamente una paella con su socarrat. Mi estómago rugió, pero en cuanto me llevé un poco a la boca deseché la idea. Estaba horrible.

Entretanto Sua se había acabado su ración y se relamía el hocico.

—Pues el pienso estaría más rico que esto —le dije tapando la cazuela.

Aliñé un tomate con una lata de atún en escabeche y le añadí un poco de quinoa hervida que me había sobrado un par de días atrás.

Pensé en mi madre, y también en Lourdes, en su insistencia para que comiera bien, y me prometí que solo sería un día. En cuanto sacara un minuto pasaría por el Eroski y llenaría la nevera.

Sentado en el suelo junto a la mesa, Sua apoyó una pata en mi rodilla.

—Sí. También compraré pollo para ti. Y arroz, mucho arroz —le aseguré.