Capítulo 19
Le calculé sesenta y cinco años y el ordenador me dijo que tenía cinco más.
Los llevaba bien.
Su voz era grave, poco femenina, más parecida al graznido de una urraca que al canto de un jilguero. Fumadora, me dije, y la pantalla lo corroboró.
—Puede sentarse —indiqué cuando vi que no tenía intención de hacerlo.
Ella se resistió unos instantes, pero finalmente ocupó una de las dos sillas situadas frente a mi mesa.
—Es solo por una receta —argumentó mientras se colocaba el bolso sobre las piernas, a modo de parapeto entre ella y yo.
Comprendí que se trataba de algo relacionado con la salud mental. Nos falta un camino importante por recorrer para lograr que quienes acuden a consulta con el alma herida lo hagan sin sentir el peso de la vergüenza.
No era paciente mía. Pertenecía al área sanitaria de Vitoria, pero se había presentado en el centro de salud por una urgencia.
Maite, porque era así como se llamaba, no tenía ganas de alargarse en explicaciones.
Su mirada esquiva también contrastaba con el aplomo que impregnaba su tono de voz. No se sentía cómoda desnudándose verbalmente ante un desconocido.
Me explicó que se había dejado los antidepresivos en casa y que estaba en Lekeitio pasando unos días.
No precisé más explicaciones.
Acceder a su historial fue suficiente para comprobar que seguía un tratamiento. Llevaba varios años con él.
En condiciones normales, le hubiera realizado algunas preguntas de seguimiento, pero no quise incomodarla más.
—Tiene lista la receta. Puede acudir a cualquier farmacia, ya sabe —indiqué devolviéndole la tarjeta sanitaria.
No pude evitar fijarme en sus manos cuando abrió la cartera para guardarla.
Saltaba a la vista que el aspecto era importante para ella.
La ropa, las joyas, el maquillaje… Era una mujer que cuidaba su imagen.
Sin embargo, sus uñas eran un completo desastre.
Se las mordía. La piel que las rodeaba sufría también los estragos de unos nervios mal gestionados.
—Muchas gracias, doctor. Ha sido muy amable —dijo manteniéndome la mirada por primera vez. Saber que contaba con el bastón de sus pastillas había obrado el milagro de transmitirle seguridad en sí misma.
La acompañé a la puerta y regresé a la mesa sin perder un segundo.
Llevaba toda la mañana pendiente del móvil.
Hacía horas que había escrito a Itziar para decirle que quería verla. Si alguien debía saber lo que había averiguado esa noche en la ría era ella. Porque ese nombre podía ser no solo el de un furtivo, sino también el del asesino de Lea.
Nada. No había recibido ningún mensaje.
Comenzaba a temer que la inspectora no respondiera. O que dijera simplemente que no. Era una posibilidad nada desdeñable después del abrupto final de nuestra cita días atrás en una terraza del puerto.
Miré el reloj. Eran solo las once de la mañana.
Todavía no podía tirar la toalla.
Salí de la consulta y me dirigí al mostrador de recepción. Necesitaba más café. Urgentemente. La noche en vela me estaba pasando factura.
—¿Qué quería? —me preguntó Nerea en cuanto me vio. Lo dijo en voz baja, con una mirada de complicidad.
—Nada grave —comenté, decidido a no añadir una sola palabra. Las ganas de la administrativa de enterarse de todo la llevaban a no darse cuenta de que los médicos no podemos ir hablando de los asuntos de los pacientes.
—¿No sabes quién era? —preguntó dejando el bolígrafo sobre la mesa—. ¡La Iturri! Aquí la conocemos todos, pero es la primera vez que la veo por el ambulatorio.
—Me ha dicho que vive en Vitoria.
Nerea asintió.
—Claro. Es la consejera de Turismo del Gobierno Vasco.
Y antes fue directora. De Turismo también.
No sabrá ni ella los cargos que ha ocupado.
Es de esas que se meten en política de crías y se pasan toda la vida viviendo del cuento.
Empezó aquí, en el ayuntamiento. Concejala de algo.
No me hagas decir de qué. —Hizo una pausa—.
¿Y qué quería? ¿Qué le pasa? No ha estado dentro de tu consulta más de dos minutos.
Otra vez con preguntas que ponían a prueba el secreto profesional.
—Solo venía a por una receta. Se había dejado un tratamiento en Vitoria —respondí a regañadientes. Era todo lo que estaba dispuesto a darle.
Nerea me miró apremiante. Su voracidad le pedía más, pero acabó por comprender que no iba a obtener más información.
—Eso le pasa por tener dos casas… Yo creo que esta se vendrá pronto para aquí.
¿Tú has visto dónde vive? —Tecleó algo en el ordenador y señaló su dirección en la pantalla—.
Mira. ¿Sabes la casa grande que hay al lado de la iglesia?
La que tiene unos angelotes en la fachada…
Sale a la terraza y tiene la isla delante.
¡Y la playa a un minuto de casa! Que además no será un piso pequeño, como los nuestros…
Yo estaría deseando jubilarme para quedarme toda la semana aquí.
Ya me dirás qué pinta a su edad dando mítines y participando en plenos aburridísimos.
El marido hace años que la dejó. Estaría harto de tanto politiqueo…
Me reí. Con Nerea era mejor no dejar historias a medio explicar, porque no tenía el más mínimo problema en completarlas a su antojo.
—¿Otro café? —preguntó al verme encender la cafetera—. Déjame adivinar: las coplas de Santa Águeda. ¿Pasaron muy tarde por tu casa?
Se refería a las cuadrillas que habían recorrido el pueblo la víspera, con pañuelos al cuello y largos bastones en las manos. Una celebración sencilla y antigua que los llevaba de portal en portal, cantando y golpeando el suelo para despertarlo ante la llegada de la primavera.
No habían llegado tarde. Aparecieron mientras preparaba la cena.
El eco seco de los palos contra la piedra y la cadencia repetida del canto me hicieron dejarlo todo y asomarme a la puerta.
No esperaba visita. Y mucho menos aquella comitiva de voces, bastones y frío, otra tradición más abriéndose paso por las calles de Lekeitio.
Antes de que pudiera responderle, una notificación sonó en el bolsillo de mi bata.
Saqué el móvil y… Esta vez sí. Era de Itziar.
Un wasap escueto y claro.
A las seis en nuestra isla secreta.
El tono que se intuía en sus palabras me tranquilizó, pero no pude evitar sentirme culpable. El mensaje que yo le había escrito era ambiguo. No daba a entender que hubiera seguido con mis pesquisas.
Era evidente que la inspectora no había querido leer entre líneas. Probablemente esperaba una disculpa por haberme metido en su trabajo. Un encuentro sereno, de confidencias junto al mar. Como cuando las cosas eran distintas entre nosotros.
Lo que iba a encontrarse era algo muy diferente.