Capítulo 18
Los muelles dormían profundamente cuando horas después pasé por ellos.
El Muga había cerrado ya y los pesqueros todavía no se habían despertado. Tampoco había rastro del camión de la basura y ni siquiera se veían gatos deambulando entre las redes apiladas.
Se trataba de esa hora extraña que ve caer la hoja del calendario sin que la nueva haya terminado aún de brotar. Un mundo de silencio y sombras al que no me sentía invitado.
Estaba nervioso. Asustado.
Las marismas que me veían despertar cada mañana se habían convertido de pronto en el último lugar en el que me apetecía adentrarme. Y era allí, sin embargo, donde debía buscar las respuestas.
Era peligroso. Si los furtivos me descubrían espiándolos, no dudarían en silenciarme del mismo modo que quizá hubieran hecho con Lea.
No había luz en el viejo astillero. Faltaban aún varias horas para que Goiko acudiera a su cita.
Era consciente de que me encontraba en la última frontera. A partir de allí la falsa sensación de seguridad que me ofrecían las calles del pueblo se desvanecía. La oscuridad tomaba el testigo.
El olor pesado de los limos que flotaba sobre las marismas envolvió mis pasos mientras me adentraba en la noche. La bajamar marcaba el pulso de la ría. El agua había alcanzado su punto más bajo y el Cantábrico no tardaría en comenzar a abrirse camino a través del cauce.
Según me habían mostrado los vídeos de la propia Lea, las angulas escogían ese momento para adentrarse en el estuario. Impulsadas por la fuerza de la marea ascendente, remontaban los ríos en busca de las aguas claras de sus cabeceras.
Era entonces cuando los pescadores acostumbraban a interponerse en su camino desde botes de fondo plano, capaces de navegar en aguas someras. Pero eso sucedía antes de que la reciente prohibición desterrara de la costa vasca cualquier tipo de captura.
Los furtivos, claro, no entendían de prohibiciones.
Avancé tratando de no hacer ruido.
Era imposible. Cada uno de mis pasos despertaba crujidos al toparse con la gravilla del sendero.
No me sentía bienvenido.
Porque aquel era mi mundo, el que me veía correr cada amanecer, pero esa noche era otro muy diferente.
No me costó reconocer en la oscuridad el paraje donde encontré el cuerpo de Lea. Su ubicación quedó tan grabada en mi memoria que podría haber regresado con los ojos cerrados.
Los carrizos que la amortajaron habían logrado recomponerse, volvían a trepar orgullosos hacia un cielo que en solo unas horas tornaría a teñirse de los tonos pálidos que vieron a la corredora por última vez.
Continué adelante unos metros más. Quería llegar al corazón de las marismas, a algún otero que me permitiera espiar la noche sin ser visto. El ruido de mis pisadas me dijo que era suficiente.
No podía seguir delatando mi presencia.
Un tronco dormido entre los carrizos, arrastrado por alguna de las crecidas del invierno, me ofreció asiento. Las propias plantas que se ocupaban de ocultarme robaban parte de mi panorámica, pero era suficiente. Se trataba de pasar desapercibido y allí podría hacerlo.
El tiempo discurrió lento.
De vez en cuando cerraba los ojos y aguzaba el oído.
Nada.
Solo el ulular lejano de un búho y el croar de alguna rana despierta a deshoras.
La vista tampoco me ofrecía más respuestas.
El estuario del Lea parecía dormir plácidamente. Por más que miraba aquí y allá, no veía el más mínimo rastro de los furtivos de los que me había hablado Goiko.
El viejo patrón me había dado una única pista: portaban un foco para atraer las angulas a su red.
Pero allí no había más luces que las del palacio de Zubieta, cuya silueta se erguía en la orilla opuesta. La claridad tenue tras las ventanas de lo que supuse una escalera brillaba en aquel imponente caserón reconvertido en hotel de lujo.
Nada más.
El resto era oscuridad.
Pasaron los minutos, las horas…
Comenzaba a temer que esa noche no aparecieran. O quizá no lo hicieran nunca. ¿Y si aquella historia de pescadores al margen de la ley fuera fruto de la imaginación del viejo patrón? Recuerdos de un pasado que confundía con los días recientes.
Un momento…
¿Qué era eso?
Pasos…
Sí, no había duda. La gravilla del sendero protestaba bajo las botas de un caminante nocturno.
Traté de hacerme más pequeño, de hundirme bajo el carrizal y hasta de no respirar. Lo que fuera con tal de que no me descubriera en mi apostadero.
Pasó muy cerca. Tanto que alguna de las plantas tras las que me ocultaba sucumbió a sus pisadas.
Llegué a atisbar ligeramente sus piernas, y lo vi seguir adelante.
Aguardé el paso de algún acompañante que no llegó.
Quizá lo más inteligente hubiera sido quedarse allí, agazapado entre las plantas de ribera. Sin embargo, opté por seguirlo. No estaba dispuesto a perder la oportunidad de verle la cara.
No había avanzado mucho más cuando se detuvo.
Por un momento temí que me hubiera descubierto, pero solo estaba encendiéndose un cigarrillo.
Ahí tenía una pista.
Era fumador.
Lástima no haberle visto el rostro cuando acercó el mechero a sus labios.
Lo apuró en apenas cuatro caladas y pisó la colilla antes de abandonar el sendero.
La oscuridad volvió a devorarlo, pero oí cómo empujaba una barca hasta el agua.
Debí haberlo imaginado. Nada de motores que hirieran la noche y llamaran la atención de quienes dormían cerca de la ría.
Era mucho más sencillo que todo eso.
¡Empleaba uno de los botes de San Antolín!
Decenas de ellos dormían durante todo el año a orillas del Lea. Destinados a navegar únicamente el día grande de las fiestas del pueblo, se convertían en cómplices perfectos para quien quisiera embarcarse de noche y sin testigos.
Gracias a aquellas barcas el furtivo no necesitaba remontar el estuario en una embarcación cuyo motor despertaría la noche. Con solo estirar la mano podía escoger cualquiera de ellas. Las tenía allí, siempre a punto para su pesquería prohibida.
Mientras observaba esa sombra solitaria remando muy cerca de la orilla, preparé la cámara.
Mi plan pasaba por tomar una foto del pescador furtivo para mostrársela a Lourdes. Ella conocía a todos en el pueblo y podría ayudarme a identificarlo.
De pronto se hizo el silencio.
El bote se había detenido muy cerca, a no más de cinco o seis metros de mi escondrijo.
Y justo entonces una potente luz me cegó. El furtivo había encendido un frontal.
Me agaché con el corazón latiendo a toda velocidad. Temía que me hubiera descubierto.
Pero no parecía haber reparado en mí.
Lo vi manejar un cedazo, que introducía parcialmente en el agua para acariciarla con movimientos delicados. Después lo extraía y lo observaba de cerca para comprobar si la pesca se había dado bien.
Aquella malla fina regresaba una y otra vez a la ría sin haber logrado capturar una sola angula.
No parecía la actividad más lucrativa del mundo.
Hasta que, tras más de treinta minutos de un ritual repetido, el furtivo realizó un movimiento nuevo. Acercó el cedazo a un cubo y dejó caer en él varias angulas recién pescadas.
No fueron las únicas capturas de la noche.
La suerte, en cambio, parecía decidida a no ponerse de mi parte.
El frontal iluminaba los brazos del pescador, pero sumía su rostro en las sombras.
Mi expedición nocturna no iba a servirme para identificarlo.
Tras unos cuantos viajes del cedazo al cubo, apagó la luz.
Oí el crujido de un paquete de tabaco, luego el chasquido metálico de un mechero. Por un instante, su cara quedó perfectamente dibujada.
Alcé el móvil para robarle una foto, pero antes de que pudiera disparar, dio una primera calada y apartó la llama de sus labios.
Maldije para mis adentros, aunque en realidad no necesitaba ninguna instantánea. Reconocía perfectamente al hombre que fumaba frente a mí.
Pensaba en lo que eso significaba cuando un crujido me heló la sangre.
Mi instinto me llevó a cerrar los ojos, igual que haría un niño que no quiere que lo vean.
Pero mis párpados no iban a silenciar la ramita que mi rodilla acababa de partir.
Cuando volví a abrirlos, el furtivo había vuelto a encender el frontal.
Ya no fumaba.
Me buscaba.
Traté de fundirme en uno con la tierra húmeda. Contuve la respiración y permanecí tan quieto como pude.
El haz de luz recorrió la superficie de la marisma, saltando de los carrizos a las aguas quietas, pasando una y otra vez demasiado cerca de mi escondrijo.
Varios barridos después, lo escuché saltar a la orilla.
Aproveché el ruido de sus pisadas para rodar bajo una de las barcas durmientes.
Vi acercarse la luz, tambaleante, como un ojo que lo escrutaba todo. Sus pies pasaron muy cerca. Tanto que temí que pisara mis dedos, hundidos en los limos que la pleamar no tardaría en convertir en un espejo de agua.
La imagen de Lea, tendida sin vida entre las plantas de ribera, volvió a mi mente. Si ese desalmado la había matado, no le temblaría el pulso conmigo.
Pero la suerte, por fin, me sonrió.
Tras unos minutos que parecieron horas, el furtivo apagó el frontal y encendió otro cigarrillo. Después sus pasos se alejaron y, cuando me atreví a salir de mi escondrijo, solo intuí su figura perdiéndose en la noche.