Capítulo 17
Sua todavía gruñía en el asiento trasero cuando la pista nos llevó de vuelta a la ermita de Oibar.
—¿Quieres pasear un poco? —le propuse aparcando junto al templo.
A mí también me venía bien estirar un poco las piernas.
El encuentro con los padres de Amaia me había dejado mal cuerpo.
Por las palabras de la madre de Lea sobre la amistad de su hija y Amaia, no imaginaba que fueran a tratarme de ese modo, pero habían sido realmente desagradables. ¿Habría pasado algo entre ellas?
En cuanto bajamos del coche, Sua corrió hacia la orilla del río y regresó con un palo entre los dientes. Lo depositó a mis pies y me observó agitando el rabo. Quería que se lo lanzara.
Probé a hacerlo, pero mi lanzamiento se quedó claramente corto. Antes de que pudiera darme cuenta, el perro estaba de vuelta con el pedazo de madera.
—Esta vez irá más lejos —le avisé—. ¿Estás preparado?
Sua me contestó con un ladrido optimista y salió disparado detrás del palo. Todavía cojeaba un poco, pero estaba muy recuperado.
Pasamos así un buen rato. Era incansable. Por más lejos que lo lanzara, siempre estaba de vuelta en apenas un par de segundos.
—Ven —dije recordando que Cristina me había recomendado no acercarme a la cueva donde vivían las esquivas lamias. Era una buena ocasión para ir a echar un vistazo.
Estaba atándole la correa cuando me llegó un wasap.
Suspiré al comprobar que únicamente se trataba de un gatito dentro de una taza con la inscripción: «Te mando un abrazo».
Mi madre empezaba a moverse en la élite mundial de los mensajes cursis.
Al alzar la mirada, di un respingo.
No estábamos solos.
Una chica llegaba en bicicleta, con una mochila a la espalda y el cabello recogido en una coleta que se agitaba al ritmo de su pedaleo. Al reconocer al perro, frenó en seco. El animal también la había visto. Movía la cola con una mezcla de alegría y confusión.
—¿Amaia? —pregunté.
Era joven. Tendría unos cuantos años menos que Lea. Probablemente no llegara a los veinticinco.
Me observó con desconfianza.
—¿Quién eres? ¿Por qué tienes a Sua?
Le expliqué que se me había presentado en casa en plena noche. Y también que María Jesús, la madre de Lea, me había hablado de ella. La joven se abrazó al perro y rompió a llorar.
—¿Has estado con mis padres? —me preguntó azorada señalando el camino que llevaba a su caserío.
—Más o menos —admití con una mueca.
Amaia resopló antes de volver a dirigirse a Sua.
—Qué poca gracia les habrá hecho verte —le dijo sin dejar de achucharlo—. Con lo bueno que eres…
Tomé nota mental de aquello. Ahí había un conflicto que convendría aclarar. Pero por el momento no parecía dispuesta a hacerlo. Toda su atención estaba centrada en el reencuentro con Sua.
Dejé pasar unos segundos.
—Tengo mis sospechas de que lo de Lea no fue un accidente —dije sin rodeos. Había decidido ser claro con ella.
Se llevó las manos a la cara. Estaba horrorizada.
—¡Lo sabía! Ella conocía ese sendero como la palma de su mano. No podía ser que se cayera… ¿Y quién…?
—Eso es lo que estoy intentando averiguar. ¿Recuerdas si mencionó últimamente que se sintiera en peligro?
—¿Lea? —Amaia parecía realmente sorprendida—. ¡Nunca! Si se llevaba bien con todo el mundo.
Le mencioné los vídeos sobre el turismo.
—La verdad es que nunca comentó que le generaran problemas.
—¿Y de furtivos? ¿Te habló alguna vez de ellos? Tengo entendido que de noche hay más actividad de la que creemos —comenté señalando el río.
Asintió muy seria.
—Precisamente hablamos de ello uno o dos días antes de la…
—La joven apretó los labios y sollozó. Necesitó unos instantes antes de continuar—.
Perdona… Lea era tan buena… Tan bonita… No sé cómo le han podido hacer algo así.
—Hizo una nueva pausa para sonarse—. Los furtivos, sí.
Ella tenía su teoría sobre el cepo que estuvo a punto de arrancarle la pata a Sua.
Decía que era cosa de los que trafican con angulas.
Estaba segura de que eran ellos quienes habían puesto trampas para disuadir a la gente de andar por la zona donde pescan.
Tenía cierta lógica. Un motivo más para ir a echar un vistazo esa noche.
—¿Sabía Lea quiénes eran? ¿Te dio nombres alguna vez?
—No. Pero lo de Sua le dolía más que si se lo hubieran hecho a ella. Decía que iba a ir a por ellos. Que los grabaría y lo denunciaría todo en sus redes.
Asentí lentamente. Era la respuesta que temía y, al mismo tiempo, la que estaba deseando escuchar. Me gustaba esa Lea que perseguía la justicia, igual que estaba haciendo yo investigando su asesinato.
Sin embargo, esa búsqueda de la verdad podía haberle costado la vida.
—¿Y qué me dices de Jokin? —La conversación con María Jesús en su tienda marinera había devuelto a mi radar al hermano de la inspectora Mendibe.
Su gesto se ensombreció al oír ese nombre.
—¿Su ex? —preguntó con evidente desagrado—.
Ese tío es asqueroso. A mí me odia. ¿Sabes que se nos presentó una noche en casa de Lea?
Todavía tenía llaves. Joder, vaya susto nos dio…
De repente estaba ahí, borracho, a los pies de la cama.
Insultándola y acusándola de haberlo utilizado.
Y a mí… —Amaia tragó saliva—. A mí me dijo que me atuviera a las consecuencias, que humillarlo así no iba a salirme gratis.
¿Estaba diciendo que la relación entre ellas era más que una amistad?
—Lea y tú…
Amaia asintió sin esperar a que terminara.
—Estábamos juntas.
De pronto me sentí ridículo. Había fantaseado durante meses con una mujer a la que era evidente que no conocía. Me había enamorado del personaje construido para cazar likes, y no de la Lea real. ¿Cuántas más cosas desconocería de ella?
Ajena a mis pensamientos, Amaia continuó hablando.
—A mí ese tío me da miedo. Desde aquella noche prefiero evitarlo.
Si lo veo, cambio de acera. Pero en Lekeitio es inevitable que acabes encontrándote con quien no quieres.
—La joven sacudió la cabeza, como si pretendiera borrar así su recuerdo—.
Qué asco de tío… Siempre tiene alguna palabra hiriente lista para dispararme: bollera, zorra, tortillera…
Con Lea ya no se atrevía. Ella ya no era la mujer a la que él anuló a conciencia.
No, ella ya no se callaba y se enfrentaba con ese cretino si era necesario.
Tomé nota mental de aquello. Un tipo como Jokin no llevaría bien esa pérdida de poder.
—¿Sabes cómo conocí a Lea? —preguntó Amaia antes de señalar el río—. Yo volvía del trabajo en bici, igual que hoy. La vi sentada al lado de la ermita. Estaba llorando. Ella sola. Ahí. Sin nadie que la consolara… Le pregunté si estaba bien. Y no lo estaba, claro que no.
—¿Jokin? —supuse.
—Ese cabrón había descubierto que Lea había abierto una cuenta sin decírselo.
Estaba cansada de que él se lo gastara todo y quería ahorrar para un viaje.
Le hacía ilusión ir a Doñana. A ver pájaros y grabar algunos vídeos.
—Amaia suspiró—. Estaba hundida. Jokin había conseguido convencerla de que ahorrar dinero sin decírselo era una traición imperdonable.
La hizo sentir culpable por querer tener un mínimo de independencia económica.
—Un manipulador —comprendí.
—Un maltratador de manual —aseguró Amaia—. Jokin tiene la habilidad perversa de dar la vuelta a las situaciones, de convertir sus propios defectos en culpas ajenas. Lea llegó a creer que estaba siendo desleal, cuando lo único que hacía era protegerse.
Sua se puso a gruñir.
—Parece que no le cae muy bien Jokin —bromeé rascándole tras las orejas.
Amaia no me escuchaba. Miraba fijamente la roca donde vio a Lea por primera vez. Su rostro estaba totalmente roto por la tristeza.
—Le he fallado. ¿Cuántas veces le habré prometido que me iría a vivir con ella? —La joven señaló con la cabeza hacia su caserío—. Y ya ves dónde estoy. Me han faltado las fuerzas para enfrentarme a mis padres.
El tipo con las tijeras de podar volvió a mi cabeza. No parecía el ser más dialogante del mundo.
—Es tu vida. Tienes derecho a decidir.
Amaia asintió levemente.
—Mi único hermano se ahogó cuando tenía tres años.
Se cayó a una piscina en Benidorm. Mis padres han cargado toda la vida con la culpa de pensar que si hubieran estado más atentos habrían podido evitarlo.
Nunca más fuimos de vacaciones. Estoy segura de que si han vivido tan volcados en el caserío, viendo lo de fuera casi como una amenaza, es por vergüenza.
La gente habla demasiado. Podrás imaginar perfectamente lo señalados que se habrán sentido.
Esos malos padres que estaban tomando cañas en el bar del hotel sin vigilar a su hijo…
—Clavó en mí unos ojos anegados de lágrimas—.
Si no di el paso de irme con Lea fue por no romperles el corazón de nuevo. No lo merecen.
Me costó tragar saliva. De pronto entendía mejor la complejidad de su situación familiar.
—¿No sabían nada de vuestra relación?
Ella arrugó la nariz.
—Se olían algo. De lo contrario no se hubieran empeñado tanto en tratar de apartarme de ella. Que no era bueno que pasara tanto tiempo con una mujer que me sacaba diez años, que me estaba dejando impresionar por su mundo, que me manipulaba… Todo mentira. Lo nuestro era amor. ¡Amor real!
Aquello me puso en guardia. ¿Hasta dónde podían llegar unos padres empeñados en proteger a una hija?
Amaia apenas me miraba. Estaba volcada en Sua y en los recuerdos que le despertaba.
—Mi padre nos descubrió una vez —recordó sin volverse hacia mí—.
Estábamos paseando por el camino del faro, cogidas de la mano como una pareja cualquiera.
Fue un momento de descuido, de normalidad que nos permitimos muy pocas veces, solo cuando no había nadie cerca.
Y de repente salió de la nada, con su caña y la dorada que acababa de pescar.
Para cuando quise soltar la mano de Lea, era tarde.
—¿Y qué pasó?
—Allí no dijo nada. Pero al día siguiente, durante la comida, me sacó el tema.
Estaba muy serio. Me dijo que tuviera más cuidado, que si la gente me veía de la mano de una amiga se iba a pensar que era de la otra acera y que eso daría que hablar.
Lo de siempre… La vergüenza. La culpa. —Hizo una pausa—.
Pero aquello no fue nada comparado con lo de hace un par de meses.
—¿Qué sucedió?
Amaia respiró antes de hablar.
—Se traspasaba una casa rural en los Cotswolds, en Inglaterra.
Un edificio sin pretensiones, con solo cuatro habitaciones, en plena naturaleza…
Cuando lo vi supe que era una señal. Parecía hecho para Lea.
Y para mí, que no habría tenido problema en cambiar mi trabajo en la residencia de ancianos por hacer camas y preparar desayunos.
Se lo envié. Le proponía dejarlo todo e irnos a un lugar donde pudiéramos vivir sin escondernos.
—¿Y tus padres se enteraron?
—Mi madre curioseó en mi móvil. Cuando salí de la ducha me encontré a los dos sentados a la mesa.
Querían hablar conmigo. Me enfadé. Muchísimo.
Estuve dos semanas sin volver por casa. Pero aquí estoy, ya ves…
No puedo culparlos por ser tan protectores.
Lo de mi hermano pesará siempre en su vida.
—Amaia consultó la hora en su pulsera inteligente—.
Lo siento. Voy a tener que irme a casa. Se preocuparán si llego tarde.
Señalé al border collie.
—A Sua le gustaría quedarse contigo.
Amaia lo observó con gesto apenado. Le acarició la cabeza y él la premió con un lametón.
—No puedo —dijo con un hilo de voz.
El ruido de un motor tiró de mi atención hacia el camino que venía del caserío.
Se trataba de la ranchera que había visto junto a la plantación de kiwis.
Amaia se puso en pie mientras se secaba deprisa las lágrimas.
Cuando reconocí a su padre al volante supe que se avecinaban problemas.
—¿Qué hace molestando a mi hija? —preguntó abriendo la puerta. Estaba fuera de sí.
Sua se lanzó a por él, ladrando furioso. Tuve que sujetar con fuerza la correa para retenerlo.
—No me molesta, aita. Solo ha traído de visita al perro de mi amiga —aclaró Amaia apoyándole una mano en el brazo.
Aquel sencillo gesto logró aplacar a su padre, que reculó y volvió a sentarse al volante.
—Iba a la ferretería. Se me ha terminado el alambre. ¿Me acompañas?
Amaia se lo pensó unos instantes, pero acabó accediendo.
Antes de irse rascó la cabeza de Sua y me dedicó una sonrisa que no logró desterrar la expresión triste de su mirada.
—Gracias —murmuró—. Cuídalo mucho. A Lea le habría gustado que estuviera con alguien que lo quisiera.
Asentí mientras veía cómo cargaba la bicicleta en el portaequipajes.
Esperé allí, de pie, hasta que la ranchera se perdió entre los pinos y el runrún del motor se desvaneció. A mi lado, Sua se había quedado inmóvil, con la vista fija en la dirección por la que Amaia se había marchado.
—No va a volver —le dije agachándome junto a él. Iba a tener que buscarle otro hogar, pero ahora la prioridad era encontrar al asesino—. De momento te puedes quedar unos días conmigo. Espero que te parezca bien.
Sua ladeó la cabeza. Después ladró una sola vez y me plantó un lametazo en plena cara.
—Tampoco hacía falta que fueras tan expresivo —protesté mientras me limpiaba con el dorso de la mano—. Pero me lo tomaré como un sí.