Bajamar Capítulo 16
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Capítulo 16

Las estructuras metálicas fueron lo primero que vi.

Hileras de postes unidos por alambres que se extendían por la vaguada como un gigantesco telar abandonado.

Solo cuando consulté el móvil comprendí que aquellas plantas trepadoras, enroscadas a los alambres como serpientes dormidas, eran los kiwis que buscaba.

La pista de hormigón zigzagueaba entre aquel entramado hasta llegar al caserío: un edificio de dos alturas tan robusto como bien cuidado.

Los geranios rojos que desafiaban el frío invernal desde sus ventanas rompían con gracia la monotonía cromática de los sillares de arenisca.

Una furgoneta ranchera negra dormía en el portalón que presidía la fachada, herencia de los tiempos en que los carros de bueyes necesitaban acceso directo al interior.

Aparqué junto a la casa y tiré del freno de mano.

—Vamos, muchacho —dije cogiendo a Sua por la correa.

El perro saltó del asiento trasero, olisqueando el aire con curiosidad.

Un hombre de unos sesenta años trabajaba entre las plantas de kiwi más cercanas al caserío.

Vestía un mono azul descolorido y botas de goma, y manejaba las tijeras con movimientos precisos y mecánicos.

Tenía el rostro curtido por el sol y el viento, con arrugas profundas que enmarcaban unos ojos pequeños y desconfiados.

— Egun on —saludé en euskera.

Mi habilidad con el idioma no iba mucho más allá.

Expresiones aprendidas por contacto cotidiano: «kaixo», «agur», «barkatu»…

Me había propuesto estudiarlo, pero cada vez que me sentaba a intentarlo acababa dejándolo para otro día.

Cada palabra me parecía indescifrable, sin el asidero natural de las lenguas cercanas que permiten aventurar significados o estructuras de sentido.

Por si fuera poco, cuando creía que había logrado aprender algo, me daba de bruces con el dialecto local, que se parecía poco al euskera ordenado y paciente de los manuales.

El tipo reparó en Sua y la tijera de podar se detuvo un instante. Había reconocido al perro. No hizo falta más que ver cómo se le endurecía la mirada antes de seguir cortando ramas sin responder.

—¿A qué ha venido? —preguntó tras unos instantes.

Sus palabras sonaron más a acusación que a saludo.

No era el mejor comienzo.

A Sua tampoco pareció gustarle, porque ladró aún con más fuerza.

—Estoy buscando a Amaia.

Esta vez el hombre olvidó la poda para mirarme de arriba abajo.

—¿A mi hija? —preguntó con una mueca que no me quedó claro si expresaba desconfianza o desagrado—. ¿Y quién es usted?

Dudé un instante. Presentarme como Jon, el médico nuevo y todo eso, no parecía el camino más apropiado con aquel tipo.

—Es por Sua —indiqué. Confiaba en que el perro podría abrirme la puerta—. Era de Lea. Creo que Amaia y ella eran buenas amigas. Quizá a su hija le apetezca quedárselo.

El hombre parpadeó al tiempo que sacudía la cabeza.

—¿Lea?

—La chica que murió hace unos días.

—¿Y qué tiene que ver mi hija con eso? ¿Por qué iba a quedarse su perro?

A mi lado, Sua ladraba cada vez más furioso.

Me agaché para ponerme a su altura.

—Calma, chico. Calma… No pasa nada… —dije acariciándolo. El perro todavía ladró unos instantes, pero pareció relajarse—. ¿Le importaría que hablara un momento con Amaia? Seguro que a ella le hace ilusión verlo.

El tipo se giró hacia la casa.

—¡Paqui!

La puerta de un cobertizo se abrió y apareció una mujer menuda. Llevaba un delantal manchado de barro y sujetaba en una mano un cubo de pienso para las gallinas. Su mirada fue directa al perro, que le dio la bienvenida con un concierto de ladridos.

—Hola —dije alzando levemente la mano.

—¿Qué pasa? —preguntó ella dirigiéndose a su marido.

—Este, que dice que viene a traerle ese chucho a Amaia.

El gesto de la mujer no fue más amigable que el de su marido.

—La niña no está —gruñó—. Y no queremos perros aquí.

Respiré hondo.

—¿A qué hora volverá?

El hombre dio un paso hacia mí. Con sus tijeras de podar en la mano y su cara de pocos amigos.

—Márchese. Ya le hemos dicho que no nos gustan los perros. Llévelo a una perrera o sacrifíquelo, pero no le cuelgue el muerto a otros.

Sua tiraba cada vez más fuerte de la correa. Les ladraba fuera de sí. Me costaba retenerlo.

—Está bien. No queríamos molestar —dije regresando al coche. Era consciente de que insistir solo podría empeorar las cosas.

Aquellos dos se quedaron de pie junto al camino, observándome en silencio hasta que arranqué el motor y abandoné sus terrenos.