Bajamar Capítulo 15
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Capítulo 15

Esa tarde regresé al puerto.

Me sentía extraño. Nunca antes había sacado de paseo a un perro. Me había preparado a conciencia. Además de una correa, me había pertrechado de unas galletitas con forma de hueso que prometían, según rezaba su propia bolsa, satisfacer a los canes más exigentes.

Llevaba unas cuantas en el bolsillo para engatusarlo si se negaba a seguirme.

Y funcionó. Salvamos varios conatos de crisis, con sentadas en plena carretera incluidas, pero las chucherías cumplieron su función. Veinte minutos después de haber salido de casa conseguimos llegar ante la tienda de la madre de Lea.

—Ya verás qué contenta se pondrá María Jesús cuando te vea —le dije rascándole detrás de las orejas. Ese gesto le gustaba y parecía relajarlo.

El perro apoyó sus patas delanteras en mi cintura y clavó sus ojillos inteligentes en mi bolsillo.

—¿Ya estás pidiendo más? —me reí sacando una galleta—. Está bien… Toma una.

El animal la devoró de un bocado y pidió otra.

No le di más. No quería seguir dilatando la espera.

La puerta, ajada por los años y el salitre, emitió un chirrido grave cuando la empujé. Una campanilla sumó un contrapunto alegre al lamento de las bisagras.

—¡Ya voy! —anunció una voz desde la trastienda.

El suelo también protestaba bajo mis pisadas. Era de madera, desgastada por años y años recibiendo visitas, primero de pescadores y después de turistas ávidos de recuerdos con sabor a mar.

Porque allí, en la tienda de la madre de Lea, había aperos marineros por todas partes.

Los impermeables amarillos que colgaban de un perchero con ruedas me parecieron lo único con una cierta utilidad. O al menos lo único que podría llegar a comprar algún día. El resto quizá hubiera tenido una finalidad real alguna vez, pero ya no. Ya solo eran souvenirs con pretendido olor a salitre.

Al ver todo aquello comprendí de dónde habían salido los adornos con los que mis padres habían decorado cada centímetro de la casa del camino del faro.

Esas boyas de cristal, esas redes… ¡esos faros con lucecitas!

Estaban todos allí, vivían en esa especie de cueva de Alí Babá de la que los habían arrancado para torturar nuestras paredes.

La leve sonrisa de bienvenida que me mostró María Jesús en cuanto emergió de la trastienda se le congeló al ver a mi acompañante.

—Sí. Es el perro de Lea. He pensado que te gustaría tenerlo —le dije acariciando la cabeza del animal.

La mujer parpadeó, confusa.

—Perdona. No me he presentado. Soy Jon, vivo en la carretera del faro y el pobre andaba por allí, desorientado. Se me presentó en casa en plena noche.

—Ya sé quién eres. El médico. Tus padres venían mucho por aquí. Eran buenos clientes.

No hacía falta que lo jurara. A juzgar por las etiquetas con los precios que alcanzaba a ver se habían gastado miles de euros en ese establecimiento.

—Siento muchísimo lo de tu hija —dije mirándola a los ojos. Pocas veces había dado un pésame más sincero.

Los suyos se anegaron de lágrimas. Los apartó, incómoda, y observó al perro con una mueca triste. Era una mujer delgada, de gesto demacrado que supuse tenía que ver con lo sucedido a su hija. Me dio la impresión de que había bebido. Quizá me equivocara y fuera el efecto de algún ansiolítico.

—No sé qué voy a hacer con él, pobre. Lea era un espíritu libre y salvaje, pero yo me paso el día en la ferretería. Se va a morir de la pena, como todos nosotros.

Su mirada me dijo que había algo más. El hecho de que no hubiera mostrado alegría o alivio al ver que no estaba perdido, ni salido del mostrador para saludarlo también era una señal.

El verdadero motivo tenía que ver con el dolor.

La presencia del animal se convertiría en un recuerdo constante de la ausencia de Lea y ese no era el duelo que aquella mujer precisaba.

—Está solo —argumenté bajando la mirada hacia el perro, que permanecía sentado con una docilidad asombrosa, como si supiera que debía causar una buena impresión.

María Jesús lo observó pensativa. Después sus labios se curvaron en un mohín mientras negaba con la cabeza.

—Llévaselo a Amaia. Quizá ella pueda quedárselo.

¿Amaia?

¿De quién hablaba?

—Amaia era la mejor amiga de Lea —indicó la mujer al reparar en mis dudas—.

Un encanto de chica. Estaban muy unidas.

Si no hubiera sido por ella, mi niña todavía seguiría enredada en esa relación tan tóxica con Jokin.

La ayudó mucho a superar aquello. —María Jesús asintió, convencida—. Benditas amigas.

Un ladrido del perro me hizo girarme hacia él. Su hocico olisqueó el bolsillo donde guardaba sus tesoros.

—Toma, anda. Si sigues así no te quedará nada para más tarde —dije dándole un par de galletas antes de volver a dirigirme a María Jesús—. ¿Dónde puedo encontrarla?

—¿A Amaia? Río arriba. Vive en un caserío cerca de la ermita de Oibar. Busca una plantación de kiwis y habrás dado con él. —La mujer señaló al perro—. Allí Sua vivirá contento. Tendrá un montón de terreno para correr.

—Sí. Los perros necesitan aire libre.

—Parece que le caes bien —señaló María Jesús—. Es un perro muy listo, no llegó hasta tu casa por casualidad. Te buscó. ¿De qué conocías a Lea?

—De nada —confesé—. Solo de cruzármela cuando salía a correr por las mañanas. Ella volvía, yo iba… Un buenos días y poco más. A veces Sua me seguía unos metros y Lea tenía que silbar para que regresara junto a ella.

El border collie me dio un par de lametazos en la mano con la que había tocado las chucherías.

—Pues a Sua le gustas. De eso no hay duda. Le recuerdas a esas carreras matinales que seguro que lo hacían feliz.

Conforme hablaba, el gesto de la mujer se iba descomponiendo. Hablar de su hija la rompía en mil pedazos a pesar de los ansiolíticos. Porque se trataba de medicación, no de alcohol. La caída de sus párpados, la lentitud de sus respuestas y una mirada un tanto vidriosa lo hacían evidente.

A mí Sua también me recordaba a esos buenos momentos. Pero, sobre todo, me recordaba a Lea.

—Se lo llevaré a Amaia.

María Jesús asintió. Estaba de acuerdo.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —planteé antes de marcharme.

—Claro.

—¿Lea tenía enemigos?

—¿Mi hija? —Parecía realmente desconcertada—. ¿A qué viene esto? ¿Qué sabes que yo no sepa?

Me mordí el labio, consciente de que debería haberlo planteado de una manera más neutra. Solo estaba consiguiendo ahondar en su herida. Pero era tarde para deshacer el entuerto.

—A veces una agresión se puede confundir con un accidente…

La mano que se llevó a la boca para ahogar un lamento me dijo que no lo estaba arreglando.

—¿Estás diciendo que a mi hija la mataron? ¡Ay, mi niña!

Levanté ambas manos para detenerla.

—No. No. No —balbuceé sin saber cómo continuar—. Es solo algo que se me ha pasado por la cabeza. Vi sus vídeos criticando el turismo masivo y pensé que quizá… No sé… Habrá gente a la que escocieron sus palabras.

María Jesús se tomó su tiempo para recomponerse. Cogió un pañuelo de papel para secarse las lágrimas y soltó un largo suspiro antes de hablar.

—Lea era una idealista. A veces me hacía sufrir que fuera tan ingenua.

Pero no, que yo sepa nadie se quejó de sus vídeos.

Al contrario, sé que los aplaudió mucha gente.

Últimamente está de moda echar la culpa de todo a los turistas.

Pero no son más que eslóganes infantiles.

Porque ni todos los turistas son malos ni todos los del pueblo son buenos.

—Se detuvo, pensativa—. Los únicos problemas serios que le recuerdo fueron con Jokin. Ahí sí que sufrió la pobre.

—Acabaron mal —deslicé, recordando que Cristina me lo había comentado en la trainera.

—Muy mal. No sé qué pudo ver mi hija en ese impresentable.

Nunca me he querido meter en sus relaciones, pero con Jokin me vi obligada a intervenir.

Lea, que siempre fue luz, se volvió oscuridad a su lado.

La tenía completamente anulada. La hacía sentir una simple colilla como esas que siempre le colgaban de los labios.

—El gesto de María Jesús se endureció. Aquello removía en ella recuerdos oscuros—.

Las palabras no dejan cicatrices fáciles de ver, pero créeme que pueden causar más dolor que el daño físico.

—No llevaría bien que lo dejara.

—Claro que no. Llegó a venir por aquí a culparme de haber malmetido para que Lea rompiera con él. Borracho, claro. Porque sin el bastón del alcohol no se atreve a levantar la voz.

—¿Cómo era ahora la relación entre ellos?

—Inexistente. O eso quiero pensar. Cuanto más lejos de ese desgraciado, mejor.

Anda que no tuvimos discusiones a cuenta de sus vicios.

Lea llegó a pedirme dinero para apagar fuegos que Jokin encendía aquí y allá.

Y si trataba de decirle que lo mejor que podía hacer era apartarse de él, me echaba en cara que como a mí el matrimonio me había ido mal estaba resentida contra los hombres.

Porque el padre de Lea y yo nos divorciamos cuando ella era una cría.

—De pronto María Jesús me observó con expresión confundida—.

¿Por qué te estoy contando todo esto? Mi niña se cayó. Eso es lo que dijo el forense.

Podría haberle dicho que no era cierto. Que yo la había visto y sabía la verdad. Que se empeñaban en darle carpetazo al caso porque ese maldito congreso era demasiado importante para algunos. Que… Pero opté por callar. Lo último que quería era añadirle sufrimiento.

—Perdona —dije finalmente—. Es fácil dejarse llevar al oír el nombre de Jokin. Es tan…

—Tan imbécil, sí. No tengas miedo de decirlo. Seguro que se mete contigo por ser de fuera.

Solo pude responder que sí.

En un Lekeitio que hervía contra la invasión de forasteros, mi llegada no había levantado grandes ampollas.

Quizá porque cuando acepté la vacante en el ambulatorio el pueblo llevaba meses sufriendo largas listas de espera y muchos, sobre todo los más mayores, me vieron como una tabla de salvación.

Todavía tenía un arsenal de cajas de bombones y pastas en casa.

El mejor termómetro para testar cómo me recibían mis nuevos vecinos era el Muga.

Cuando entraba por la puerta del bar eran mayoría quienes me saludaban.

Solo unos pocos me giraban la cara. Pero sí.

María Jesús había dado en el clavo. Jokin era uno de los pocos que conseguían hacerme sentir que no era bienvenido.

La campanilla de la puerta anunció clientes.

Era una pareja de jubilados franceses, que se dirigió con entusiasmo no contenido a la vitrina donde habitaban las maquetas de faros.

—Me parece que tengo trabajo —se excusó María Jesús señalándolos.

Le tendí la correa de Sua.

—¿Seguro que no…?

Ella esbozó un rictus de dolor y negó con la cabeza.

—No puedo —masculló antes de salir del mostrador para abrazar al animal.

La vi secarse las lágrimas tras apartarse de él.

Era evidente que el perro dolía.

Y mis preguntas también lo hacían. Era hora de marcharme de allí.