Bajamar Capítulo 14
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Capítulo 14

Alguien había intentado matarme.

Mi hombro magullado me lo recordaba a cada instante. Mi pulso acelerado, también. Habían pasado varias horas del ataque y todavía me sentía allí, derribado en el suelo a la espera de un segundo golpe que no llegó.

Nunca me había sabido tan vulnerable. Algo me decía que antes o después volvería a por mí, y entonces no estaría Sua para salvarme.

Su aparición había resultado tan decisiva como desconcertante. Solo cuando llegué a casa y comprobé que me había dejado la ventana de la cocina abierta comprendí lo sucedido. Se había escapado y me había seguido. Seguramente con la esperanza de que lo llevara junto a su dueña.

Lo había vuelto a dejar en casa, después de comprobar que puertas y ventanas quedaban cerradas a cal y canto. No podía permitir que aquel perro escapista se fugara de nuevo antes de llevarlo con la madre de Lea.

Aparté la mirada del ordenador, pero las paredes blancas y el toque aséptico de mi consulta no lograron contagiarme ni una pizca de serenidad. Tampoco las conversaciones triviales de unos y otros que se colaban a través de la puerta entornada.

El día a día seguía su curso normal en ese pasillo, ajeno por completo al ataque que había estado a punto de acabar con mi vida.

El móvil vibró sobre la mesa. Eché un vistazo y vi que se trataba de un mensaje de mi madre. Nada de imágenes ñoñas esta vez. Solo un enlace con cien recetas saludables y nutritivas.

Opté por no contestar. Su insistencia con ese tema me resultaba agotadora.

Moví el ratón para que la pantalla del ordenador se activara. Ahí estaba el informe que llevaba un buen rato tratando de terminar, pero era incapaz de escribir una sola palabra sin volver a perderme en la orilla del Lea.

La niebla, la ermita, el rugido del agua, la voz de mujer, su extraña cantinela…

Traté de recordarla, de identificar sus palabras, pero era imposible. Se trataba de algún idioma desconocido para mí. Euskera, probablemente.

Unos toquecitos en la puerta me llevaron de vuelta a la consulta.

—¿Estás solo? —preguntó Cristina mostrándome un plumero.

—Pasa —indiqué—. Tengo quince minutos hasta el próximo paciente.

—Un cuarto de hora… Y luego os quejaréis de que vivís mal —se burló empujando el carro de la limpieza al interior de la consulta.

Me limité a esbozar una sonrisa. No hacía falta que le explicara que me reservaba algunos huecos en la agenda para poder realizar trámites burocráticos. Ella lo sabía perfectamente. Todos en el centro de salud éramos conscientes de la sobrecarga de trabajo que acarreábamos.

Cristina me dio la espalda para limpiar la camilla.

—¿Preparado para la regata de pasado mañana? —preguntó mientras extendía gel desinfectante con una toallita desechable.

Los músculos de sus brazos se marcaban con cada movimiento. Fuertes, fibrosos, aunque sin excesos. Ella sabía que realzaban su atractivo y seguramente por ello llevaba remangada la camiseta del uniforme.

—La regata —insistió ella al ver que no respondía—. Que si estás listo. El sábado es tu estreno.

—Más o menos —respondí. No estaba seguro de que mi hombro estuviera dispuesto a permitirme participar. Me lo había palpado y parecía no haber nada roto, era solo una contusión. Pero me dolía.

—Al final seremos tres. Urdaibai también viene con su trainera mixta. Será divertido. Y tenemos que ganar a Nerea. Si no a ver quién la aguanta —se rio mi compañera.

—Ya.

No tenía ganas de hablar. Y menos de una regata que era mi última preocupación en ese momento.

Regresé al informe. De él dependía que a uno de mis pacientes lo atendiera un traumatólogo.

El hombre arrastraba una dolorosa cojera desde que en verano sufriera una caída en el malecón que une la isla de Garraitz con tierra firme.

Las radiografías no habían sido capaces de desvelar su lesión, pero era evidente que algo no iba bien.

Habría que valorar una sobrecarga mal compensada, una tendinopatía que no terminaba de resolverse o alguna lesión menor en la propia articulación de la cadera.

Cuando por fin lo tuve listo, lo imprimí y abrí un cajón y después otro. ¿Dónde los habría metido?

—¿Qué buscas? —preguntó Cristina, que había pasado de la camilla a unas estanterías.

—Nada… Solo unos clips.

La limpiadora señaló el armario que tenía a mi espalda.

—Los tienes en la segunda balda. A la izquierda.

Abrí la puerta con gesto de incredulidad, y ahí estaban.

No era la primera vez que lo hacía.

Cristina sabe mejor que cualquiera de nosotros dónde guardamos todo.

Nerea suele echarle en cara que con la excusa de limpiar se pasa el día hurgando en las cosas de todos.

—¿Sabes de qué me he enterado? —lanzó sin soltar el plumero—. Somos el segundo plato… Aresti no quería organizar una regata, sino replicar el día de San Antolín.

—¿Los gansos?

—Exacto. Parece ser que lo tenía apalabrado con varias cuadrillas, pero se echaron atrás. No quieren ruido. Bastante les han descafeinado la fiesta en los últimos años. Por eso improvisó lo nuestro a última hora.

Tenía su lógica. Si había una tradición característica de Lekeitio, era la que se celebraba durante las fiestas de San Antolín.

Mi memoria todavía guardaba imágenes de los gansos vivos, colgados de una maroma que dos grupos tensaban sobre las aguas del puerto. Una tercera cuadrilla se acercaba en su barca y uno de sus jóvenes se aferraba al animal y trataba de resistir los tirones hasta arrancarle el cuello de cuajo.

Pero eso sucedía cuando yo era niño. Después las aves vivas fueron sustituidas por animales sacrificados de antemano. Y, finalmente, por los gansos de goma que vi durante mis primeras fiestas ya como residente y no como veraneante.

—Pues vaya —dije al ver que Cristina aguardaba una respuesta. Ser primero, segundo plato o incluso cena recalentada poco me importaba esa mañana.

La limpiadora dejó el plumero y me miró fijamente.

—¿Estás bien?

Me limité a asentir con la cabeza mientras fingía estar atareado con mis papeles.

Claro que no estaba bien. Hacía solo unas horas que habían tratado de asesinarme.

Cristina no se dio por vencida. Fue hasta la puerta entornada y la cerró. Después cogió una de las sillas dispuestas ante mi mesa y se sentó a mi lado.

—A ti te pasa algo —dijo apoyándome una mano en el hombro.

Me aparté con un gesto de dolor.

—No me toques ahí.

—¿Por qué? ¿Qué te ha pasado?

—¿Recuerdas lo que hablamos de la chica de la ferrería de Bengolea?

—La lamia —confirmó ella.

Asentí gravemente.

—Ha intentado matarme —resumí antes de explicarle lo sucedido.

La limpiadora me escuchó con atención.

—¿Y cómo sabía que ibas a tropezar exactamente en ese punto?

Abrí el cajón y le mostré un cordel metálico. Era lo que me había hecho trastabillar.

—Estaba atado a dos arbustos, a unos veinte centímetros de altura. Una zancadilla tan efectiva como invisible en la niebla. Seguro que a Lea la abordó igual.

Cristina parpadeó incrédula.

—¿Y a qué esperas para avisar a la policía?

Era una buena pregunta. Había perdido la cuenta de las veces que había buscado en mi móvil el teléfono de Itziar. Sin embargo, una tras otra había optado por no pulsar la tecla de llamada.

—¿Serviría de algo? Solo les interesa eso del congreso —respondí simplemente.

—¿Y qué piensas hacer entonces? Tú eres médico. No policía.

Asentí en silencio. Investigar desde las sombras, completamente desarmado, no parecía la decisión más inteligente, pero estaba decidido a hacerlo.

—Voy a averiguar quién está detrás de esto —aseguré llevándome la mano al hombro dolorido.

—Supongo que te habrás planteado que quizá lo de Lea…

—Cristina hizo una pausa. Era evidente que pretendía que fuera yo quien terminara la frase, pero esperé a que continuara.

Y lo hizo visiblemente incómoda—. Vaya… Que…

Que ella probablemente no fuera la víctima que buscaban. Eso explicaría lo sucedido esta mañana.

Observé en silencio a mi compañera.

Llevaba horas pensando en todo aquello. Sin embargo, esa posibilidad no me la había planteado.

—Espero que a Lea no la mataran por mi culpa —dije con un nudo en la garganta.

—Tu culpa no. Aquí el único culpable es quien la mató. Pero tú sabrás si has dado a alguien motivos para querer verte muerto —planteó Cristina.

Pensé en Sofía. En su familia. En el dolor que había llevado a sus vidas.

—Hay otra posibilidad —planteé, sacudiéndome aquello de la cabeza—. Que alguien haya intentado quitarme de en medio para evitar que siga investigando lo de Lea.

Cristina arrugó los labios.

—Tampoco habrá tanta gente que sepa que estás investigando su muerte.

—No lo he llevado en secreto precisamente.

Había hecho preguntas aquí y allá. En el centro de salud, en la pescadería de Lourdes y hasta en el bar de su hijo.

Se me ocurrían muchos nombres. Pero de todos ellos había alguien que se escribía en mayúsculas: Itziar Mendibe, la inspectora de la policía local. Ella lo sabía y me había pedido expresamente que dejara de hacerlo.

—¿Y dices que has oído a la lamia? —recordó Cristina.

—Justo antes del ataque. Una mujer que cantaba. O recitaba algo. No sé. Ha tenido que ser ella.

La limpiadora frunció el ceño.

—¿Y si estuviera tratando de alertarte del peligro que corrías? Una lamia nunca hubiera recurrido a un cable. Ellas pueden hacerte trastabillar con sus poderes. Pero a veces ayudan a humanos en problemas.

Respiré hondo. Cristina y yo hablábamos idiomas diferentes. Le estaba explicando que habían intentado matarme y ella se dedicaba a mencionar personajes de fantasía.

—No sé. En cualquier caso, tendré que ir con más cuidado a partir de ahora. Dejaré de correr por el río.

Me interrumpió:

—Dudo mucho que las lamias te hayan atacado, pero ya te advertí que no visitaras la cueva. A los seres mitológicos no les gusta ser molestados. Si eres feliz corriendo, hazlo, pero no perturbes su tranquilidad ni te adentres donde no has sido invitado.

—No he entrado a ninguna cueva —protesté.

—Pero tenías intención de hacerlo. —Se detuvo, pensativa—. Mira, vente a mi piso unos días. No es buena idea que estés en ese caserón solitario. Si alguien te quiere hacer daño se lo estás poniendo muy fácil. Vives apartado de todo. Podrían dar fuego a tu casa y nadie se enteraría.

—No. Podría ser peligroso para ti. No quiero que nadie corra riesgos por mi culpa.

—¡Y dale con la culpa! Tienes que dejar de tenerla tan interiorizada. Tú no eres culpable de lo que está pasando. Vente, anda. Te vendrá bien salir de tu casa —insistió apoyándome una mano cálida en la mejilla.

Su tacto me resultó agradable, y más cuando la dejó caer hacia el cuello y me acarició la nuca. Su mirada se detuvo en mis labios.

Tragué saliva. Intuía lo que vendría a continuación.

Cristina comenzó a recorrer la distancia que la separaba de mí.

Sentí cómo se me aceleraba el pulso, una súbita hiperventilación y la adrenalina inundando mi torrente sanguíneo.

Una parte de mí quería dejarse llevar, aceptar su invitación y disfrutar del momento, pero la otra exigía desesperada que diera un paso atrás.

La imagen de Mónica cobró vida en mi cabeza.

Y también la de Lea. Blancas como la cera.

Tendidas en el suelo como dos muñecas rotas.

Sentí muy cerca el aliento de Cristina. Comencé a levantar la mano para interponerla entre nosotros.

No llegué a completar el gesto, porque en ese momento se abrió la puerta.

—Jon, tienes un… —Nerea se detuvo en seco al vernos—. Ay… Perdón si interrumpo algo.

Cristina no se apartó. Fui yo quien lo hice mientras negaba con un gesto rápido.

—No. Claro que no.

La recién llegada nos observó con curiosidad. Se moría de ganas de saber qué estaba pasando allí.

—¿Estáis bien? Parecéis… preocupados.

Señalé la silla que quedaba libre.

—Siéntate si quieres oír una historia de terror.

—Han intentado matarlo —adelantó Cristina haciéndole sitio.

Nerea se quedó con la boca abierta. Después olvidó lo que la había llevado a irrumpir en mi consulta y corrió a sentarse con nosotros. El comité de crisis quedaba oficialmente convocado.