Bajamar Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando horas después puse el pie en el estuario del Lea, volvía a ser el lugar mágico de cada mañana.

El amanecer comenzaba a abrirse paso en un cielo que por primera vez en semanas estaba salpicado de estrellas.

Reconocí la Osa Mayor y busqué la Polar, a medio camino entre ella y la uve doble que dibujaba Casiopea.

Me detuve un instante en el puente de la carretera. No había rastro de Goiko en el astillero de ribera. Un cormorán me observaba desde la quilla de su trainera. Nada más.

Tampoco se veía movimiento en la playa. El cazador de tesoros también había decidido no madrugar.

Observé el molino de marea y la senda que me disponía a seguir. Tenía la sensación de que aquel mundo que tanto me había dado mañana tras mañana se había vuelto un completo desconocido para mí.

Había dejado a Sua en casa. Su aparición en plena noche me había impedido ir en busca de los furtivos.

Me había costado acercarme a él, pero tras muchos tiras y aflojas había conseguido limpiarle la herida.

No parecía grave. Estaba cicatrizando bien y ya apenas cojeaba.

Las que no iban a curar tan fácilmente eran las anímicas.

Se le veía asustado. Y triste. En cuanto saliera de trabajar se lo llevaría a la madre de Lea.

Mis piernas protestaron cuando apreté el paso. Se mostraban perezosas, pero a medida que avanzaba por el sendero fueron entrando en calor para pedirme más.

El palacio de Zubieta, con sus torres irguiéndose altivas sobre las marismas, me pareció más habitado que de costumbre. Había luz tras varias de sus ventanas, e incluso se llegaba a adivinar alguna que otra silueta asomada a la mañana.

Supuse que se trataba de los invitados de Aresti.

El constructor había optado por trasladarlos a su hotel después de un nuevo ataque con pescado podrido a los pisos turísticos donde los había alojado.

No era ese el Lekeitio que ansiaba vender al mundo, sino uno luminoso y festivo.

Una villa marinera idílica, que atrajera turistas ávidos de buenas experiencias, no que los hiciera sentir que no eran bienvenidos.

Mis piernas apretaron el paso. El ritmo de calentamiento cedió el testigo a uno de cinco minutos por kilómetro. Era más rápido de lo habitual, pero era lo que necesitaba.

Si me encontraba en las marismas del Lea era para no olvidar mi ritual.

Estaba decidido a no renunciar a las cosas que me hacían feliz.

No quería perder mis ilusiones, por pequeñas que fueran.

Y eso suponía no dejar de citarme con el amanecer en el rincón más mágico de esa nueva vida a la que me mudé cuando maté a Sofía.

Mi carrera me llevó al viejo hospital en ruinas. Sus muros derruidos me invitaron a aflojar el paso y mirar alrededor. Sentía curiosidad por ver la caravana del italiano y, si Goiko no iba desencaminado, tenía que estar allí.

Me sorprendió encontrarla muy cerca del sendero. Había pasado por delante cada día; formaba parte de ese paisaje tan cotidiano que llega un momento en que deja de existir para tus ojos.

Allí estaba, recostada contra lo que quedaba de edificio. A primera vista parecía un trasto olvidado. Sin embargo, la ropa tendida junto a ella delataba que había vida dentro.

Seguí adelante. Los últimos caseríos quedaron atrás, y entonces la marisma se hizo río y los carrizos cedieron el testigo a los robles.

La niebla, hasta entonces unos leves jirones danzantes, se volvió más densa. Tanto que pronto fue imposible ver dos metros más allá.

Apreté el paso. Me acercaba más a los cuatro minutos que a los cinco por kilómetro. Me faltaba el resuello, pero me sentía bien. Las endorfinas liberadas por el deporte estaban haciendo su trabajo para brindarme el optimismo y las ganas de seguir adelante que precisaba.

Un farol se dibujó en la otra orilla, apenas un halo anaranjado en la niebla.

Se trataba de la ermita de Oibar, antesala de esa cueva donde la tradición situaba la morada de las lamias.

La mitología de los vascos era sorprendente. Sirenas de tierra adentro dispuestas a vengarse de quien osara adentrarse en sus dominios. Pensé en la pasión con la que Cristina hablaba de ellas. No eran meras leyendas, se trataba de una auténtica religión.

Mi carrera quiso apartarme rápidamente de allí, pero no había dado más de diez zancadas cuando me detuve en seco.

¡Esa voz!

¿Se trataba de la misma cantinela que había oído días atrás?

—¿Hola? —pregunté.

La única respuesta fue el silencio.

Me giré en todas las direcciones, pero el manto de niebla me impedía ver más allá de mi nariz.

—Te lo has imaginado —me dije en voz baja.

Sí. Se trataba de pura sugestión. Allí no había nadie. El único sonido era el rugido de la presa de Bengolea, que me esperaba un par de curvas más allá.

Aceleré aún más. Necesitaba cansarme, expulsar con cada gota de sudor las dudas y el temor irracional que navegaban por mis venas. No podía permitir que las historias de Cristina me hicieran oír cosas que no existían.

Estaba deseando alcanzar la cascada, sentir su caricia en mis dedos y comenzar el regreso a Lekeitio.

Alcé la vista hacia el cielo. La niebla no permitía ver más allá de las ramas bajas de los árboles, pero los colores cálidos del alba eran evidentes.

Y entonces mi pierna derecha trastabilló con algo.

Caí de bruces a la orilla del río.

Me llevé las manos al tobillo. Dolía, pero no parecía un esguince.

Estaba tratando de ponerme en pie cuando unos pasos apresurados a mi espalda me hicieron temer que aquello no hubiera sido una caída fortuita.

Quise girarme, pero no estuve a tiempo. Una sacudida brutal en el hombro me devolvió al suelo. El dolor se extendió como un calambre sordo desde la clavícula hasta el brazo.

Sentí que me faltaba el aire.

Alguien estaba intentando matarme.

Oí la respiración agitada del desconocido a apenas unos palmos, la tensión contenida de quien se prepara para asestar un golpe definitivo. Traté de arrastrarme, de apartarme aunque fuese unos centímetros, pero el cuerpo dolorido no me respondía con la rapidez que necesitaba.

La imagen del cráneo roto de Lea ocupó toda mi mente.

Se disponía a hacer lo mismo conmigo.

Unos ladridos quebraron de pronto el silencio.

¡Sua!

El perro de Lea emergió de entre la niebla y se interpuso entre nosotros, mostrando los dientes y gruñendo a mi agresor.

Y entonces volví a oír pasos a mi espalda.

Mi atacante huía.

Sua acababa de salvarme la vida.