Bajamar Capítulo 12
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Capítulo 12

Era una nutria. Elegante y esquiva, nadaba en las aguas que la presa de Bengolea aplacaba en su camino hacia un mar que todavía no se sentía cercano.

Ajeno a la cámara que capturaba sus movimientos, el animal se sumergía una y otra vez.

Segundos después regresaba a la superficie muchos metros más allá.

Una voz suave, acorde a la paz que transmitía el vídeo, envolvía sus zambullidas. Una moderna Rodríguez de la Fuente que hablaba de la importancia de mantener limpios los cauces para que volvieran a convertirse en hábitat de especies a las que los humanos habíamos desterrado.

Las palabras de la narradora brotaban con un entusiasmo que también impregnaba los gestos de su locución desde un pequeño recuadro superpuesto a la imagen principal.

Una sencilla coleta recogía su cabello castaño y dejaba a la vista sus rasgos angulosos.

Quizá Lea Alzaga no fuera la mujer más hermosa del mundo, pero había algo en ella que desprendía magnetismo.

Su mirada del color de la miel de brezo tenía buena parte de culpa, pero era sobre todo una frescura lindante con la ingenuidad lo que la hacía tan atractiva.

Pausé el vídeo cuando su imagen se adueñó de toda la pantalla.

—Mónica —susurré con un nudo en la garganta.

Itziar había hundido el dedo en una herida abierta.

Sus palabras solo habían puesto voz a algo que, de algún modo, yo también sabía que estaba ahí, en el fondo de todo.

Si Lea me había atraído desde el primer día era porque algo en ella me devolvía a Mónica.

No tenía sentido seguir fingiendo que no lo veía.

La pérdida de mi novia había sido un golpe atroz. Una muerte repentina para la que ninguno de los dos estaba preparado.

Esa misma mañana, mientras desayunábamos, habíamos estado buscando vuelos para un viaje a Bali con el que soñábamos desde hacía tiempo. Queríamos regalarnos unas buenas vacaciones para celebrar los diez años que llevábamos juntos.

Y, de repente, la nada.

El dolor. La incomprensión. La sensación de que el mundo seguía adelante cuando el mío se había detenido en seco.

Volví a mirar la pantalla. Lea sonreía en ella. Viva todavía. Ajena a su final.

Me sentía extraño asomándome a la vida de una mujer muerta mientras me cuestionaba el efecto que tendría sobre mí.

¿El recuerdo de Mónica se vería desplazado por el suyo?

¿Serían sus imágenes, sus encuadres perfectamente estudiados, los que reproducirían mis sueños?

¿La verdadera Lea se parecería a la fantasía que estaba inventando a partir de esos retazos de ella: su respiración al correr, el aroma cítrico que desprendía, el tacto leve de su piel enfriándose… ?

Me mordí el labio.

No podía permitir que aquello me impidiera seguir con mi investigación. Alguien la había matado, y no iba a detenerme hasta dar con el culpable.

Consulté el reloj. Pasaban unos minutos de la una de la madrugada. Todavía faltaban unas horas para la bajamar, y no pensaba salir a la caza de furtivos hasta entonces.

Bostecé antes de pasar al siguiente vídeo. Me iba a costar mantenerme despierto, pero quería verlos todos. Quizá diera en ellos con algo que explicara lo sucedido.

La pantalla mostró entonces un primer plano de un cepo oculto entre juncos.

Lea estaba furiosa. Explicaba que se trataba de una trampa para cazar jabalíes que algún desaprensivo había colocado junto a la marisma.

Cuando el plano se abrió identifiqué el sendero que me veía correr cada mañana.

El vídeo se centraba después en un perro que reconocí de inmediato: Sua.

El animal miraba a cámara con unos ojos cargados de tristeza mientras se lamía una herida en la pata.

Era profunda. Si ella no lo hubiera liberado de inmediato, el daño producido por el cepo hubiera sido aún mayor.

Busqué la fecha.

Treinta de enero. Dos días antes del crimen.

—Por eso no te acompañaba Sua esa mañana —comprendí en voz alta. Eso explicaba también el vendaje de la extremidad.

La mala fortuna de haber caído en la trampa quiso que su perro no se encontrara con ella el día que la mataron. De lo contrario, el agresor lo hubiera tenido más difícil para acabar con su vida.

¿Mala fortuna?

Mi mente científica señalaba que correlación no implica causalidad, pero me costaba creer en coincidencias como esta.

Ese cepo tenía que ser obra de su asesino.

Quien mató a Lea debió de instalarlo junto a la senda que bordea el río para dejar fuera de juego al animal. Quería asegurarse de que su fiel amigo no pudiera defenderla.

Un crimen premeditado y preparado con días de antelación.

Pensaba en lo que eso suponía cuando un ruido me hizo girarme hacia la puerta.

¿Qué había sido eso?

Aquel suave golpeteo se repitió.

Había alguien ahí.

Me puse en pie y caminé decidido hacia la entrada.

Sin embargo, cuando estaba a punto de girar la manilla, una lucecita de alarma se encendió en mi mente. Nadie va de visita de madrugada sin avisar. Ni siquiera a casa del médico.

Maldije por lo bajo. Aquella puerta no tenía mirilla. No había manera de ver qué me esperaba al otro lado.

—¿Hola? —pregunté en voz alta—. ¿Hay alguien ahí?

La única respuesta fue el silencio.

—Mierda —siseé soltando el pomo para dirigirme a la ventana más próxima.

Aparté la cortina y contuve la respiración mientras pegaba la cara al cristal.

La oscuridad era casi absoluta ahí fuera.

La profanaban únicamente los destellos del faro de Santa Catalina, del que me separaban poco más de doscientos metros.

Y también las exiguas farolas que jalonaban la carretera que conducía hasta él y que apenas lograban abrir paso a su luz a través de una lluvia que caía con fuerza.

Una ráfaga de viento estrelló un aluvión de gotas contra mi ventana.

—Era solo la lluvia —dije tras reparar en el tamborileo que despertaban al impactar en el cristal.

Me quedé allí unos minutos, con la mirada perdida en la soledad que me rodeaba.

Nunca entendí por qué mis padres eligieron esa vieja casa apartada de todo.

Un caserón con años a sus espaldas y achaques que fueron parcheando poco a poco.

La planta baja habría bastado para nosotros, pero aún quedaban otras dos: una con cuatro dormitorios y otra ocupada por un desván abuhardillado.

La playa, que desde el piso de Lourdes quedaba a unos escasos cinco minutos a pie, pasó a ser tras la mudanza un lugar al que nos daba pereza ir sin coger el coche.

Incluso algo tan cotidiano como bajar a comprar el pan o el periódico requería de una caminata que mi hermana y yo nunca hacíamos de buen grado.

Pero si algo eché de menos cuando nos mudamos al camino del faro fue el poder bajar a jugar en cualquier momento. Antes solo unas escaleras me separaban de unos muelles donde siempre había otros niños con quienes pasar el rato. En la nueva casa, en cambio, no había más que acantilado y silencio.

Y sin embargo ahí estaba yo tantos años después. Esa casa solitaria que de niño llegué a aborrecer era justo lo que necesitaba ahora. Quizá mis padres también la escogieran por precisar un contrapunto sereno al bullicio de Madrid.

Cuando regresé a mi ordenador el cepo seguía ocupando la pantalla en un primer plano que resultaba turbador. Visioné una vez más aquel vídeo, que ahora comprendía que representaba la antesala del crimen. El primer paso de un asesinato por etapas.

Después pasé al siguiente.

Lea regresaba en él a su tono habitual para mostrar un sencillo petirrojo — txantxangorri decía ella empleando el término en euskera— que cantaba sobre una rama cubierta de escarcha. El pájaro ponía una pincelada de color en el paisaje gris de un invierno que estaba resultando especialmente duro.

Arrastré el cursor en busca de la siguiente publicación, pero no había más.

Aquella era la última.

Después del petirrojo invernal ya no había nada. Las redes sociales de Lea se silenciaban para siempre ese 1 de febrero, solo unas horas antes de que la siguiente grabación que protagonizó la tomaran unos ertzainas.

Dejé escapar un suspiro mientras volvía atrás para continuar revisando vídeos.

Vi cazar a un águila pescadora y aprendí sobre las dotes de buceo de los cormoranes, pero lo que realmente atrajo mi atención fueron dos publicaciones sobre las angulas.

Lea hablaba con entusiasmo de su migración hasta el mar de los Sargazos y de los misterios que todavía hoy la rodeaban.

Había en sus palabras una dura crítica a la pesca de una especie que se encontraba en un peligro extremo de desaparecer para siempre.

Sin embargo, no mencionaba los furtivos.

Me recosté en la silla, suspirando. Cuanto más hurgaba en las redes de Lea, mi incapacidad para entender lo sucedido iba en aumento.

Sus publicaciones en internet no eran ofensivas. Tampoco conflictivas.

Supuse que aquellos vídeos eran los que le permitían darse a conocer para lograr clientes.

Porque Lea, además de divulgar en internet las bondades del entorno natural de Lekeitio, se ofrecía como guía para sumergirse en sus rincones más desconocidos.

Un turismo diferente, una inmersión plena en la naturaleza. Un viaje sin playas ni asadores, sino de prismáticos y cuadernos de campo.

A juzgar por las escasas fotos junto a clientes que compartía en Instagram no parecía el negocio más lucrativo del mundo. Es más, se diría que no era fácil que alguien pudiera ganarse la vida así.

Pero Lea tenía treinta y cuatro años y no parecía contar con otra ocupación.

Algo se me escapaba. Estaba seguro de ello.

¿Quién era esa mujer de ojos de miel cuando se apagaba la cámara?

Dejé vagar la mirada por las paredes de mi salón.

Solo un reloj rompía la monotonía blanca de ese espacio desnudo de artificios en que lo había convertido.

Porque lo primero que hice cuando me mudé a Lekeitio fue meter en cajas la decoración marinera que mis padres habían ido atesorando año tras año.

Boyas, redes, réplicas de faros, estrellas de mar…

No había un solo centímetro de pared libre de adornos que les recordaran que su casa de veraneo se encontraba a orillas del Cantábrico.

Como si asomarse a la ventana y ver las olas batiendo contra los acantilados no fuera suficiente para ellos.

Me sorprendió que las agujas del reloj marcaran las dos de la madrugada.

El tiempo había volado con esa facilidad que solo las redes sociales tienen para robárnoslo.

Estaba a punto de apagar el ordenador cuando un nuevo clic del ratón me mostró un vídeo que tiró con fuerza de mi atención.

Nada de animales ni de paisajes naturales.

Al contrario, lo que mostraba la pantalla eran las calles de Lekeitio atestadas de turistas.

Maletas apiladas ante portales de lo que antes eran humildes viviendas de pescadores, atascos en la carretera de entrada al pueblo, contenedores de basura desbordados…

Lea denunciaba la masificación a la que estaba sometida la villa marinera durante los últimos veranos.

La publicación databa del último agosto y enseguida comprobé que no era la única en la que atacaba los excesos del turismo. Lea, erigida en azote de quienes estaban convirtiendo el pueblo en un lugar que, según sus propias palabras, había perdido el alma.

—Correlación no implica causalidad —me repetí.

Y, sin embargo, alguien la había asesinado en vísperas del Congreso del Turismo Sostenible.

Había un nombre que se repetía esos días en todas las conversaciones: José Ignacio Aresti.

El empresario parecía decidido a defender sus intereses por encima de todo.

Ya le había visto amenazar de forma nada sutil a Alberto en su propio bar.

Contaba con la impunidad que dan el dinero y las influencias.

Un empresario acostumbrado a mandar y ser obedecido, al que no incomodaba tener a políticos y a la propia policía al servicio de sus negocios.

Sin embargo, conocía a ese tipo y no parecía tan en forma como para poder abordar en plena carrera a una mujer a la que doblaba en edad.

Un nuevo golpeteo en la puerta me puso alerta.

Había alguien ahí. No había duda.

Golpes, pasos y hasta arañazos en la madera.

Eso descartaba fenómenos naturales como el viento. Tampoco la lluvia hacía ese ruido.

Alguien intentaba entrar.

—¿Quién es? —pregunté apoyando la mano en el pomo.

No hubo respuesta.

Respiré hondo. Lo había oído. Había alguien al otro lado de esa puerta. Y esta vez iba a enfrentarme a él.

Con el corazón latiendo con fuerza en mis sienes, giré la manilla y tiré de ella.

Una sombra negra se escabulló en la noche y me ladró desde la distancia. La luz del faro dibujó fugazmente su silueta entre la cortina de lluvia.

—Sua —mascullé al reconocerlo—. Así que eras tú. Menudo susto me has dado.

El perro se limitó a ladrar cada vez más alto, en actitud defensiva.

—¿Qué haces ahí? Estás empapado —le dije con voz suave—. Ven, anda.

El animal se acercó con pasos nerviosos. Dos adelante, uno atrás.

—Vamos, chico. No tengas miedo.

Cuando llegó por fin hasta mí, repitió el olisqueo de la vez anterior y ladró un par de veces antes de retroceder.

Estaba muy asustado.

La venda con la que Lea había cubierto la herida infligida por el cepo estaba sucia de barro y sangre.

—Ven, anda. Pasa. Parece que necesitas un médico —susurré abriendo la puerta de par en par—. Déjame que te eche un vistazo a esa herida.

Transcurrieron unos minutos en los que pude observar la lucha interna del animal, entre su miedo y sus ganas de confiar.

Busqué en la nevera lo que había sobrado de los verdeles de Lourdes, debía de estar hambriento.

Coloqué una hilera de trozos menudos desde la puerta hacia el interior y esperé a que se acercara.

Tras varias idas y venidas, bocado a bocado, vencí al fin su resistencia y logré que entrara en casa.