Capítulo 11
Si algo había aprendido desde que me mudé a Lekeitio era que si quieres enterarte de las últimas novedades nada mejor que acudir al puerto. Del mismo modo que el pescado se descarga en sus muelles, también las noticias pasan de unos a otros sobre sus adoquines.
Y de todos los lugares donde informarse en aquel mentidero abierto al mar, ninguno como el puesto de Lourdes.
Supongo que ese trono se gana con la edad. Tantos años limpiando jureles y anchoas, tantas mañanas de lluvia y de sol vendiendo pescado la habían convertido en la mejor proveedora de noticias frescas no oficiales.
—Qué madrugador —comentó al verme aparecer.
Estaba sola, convirtiendo en anillas unos calamares de tamaño generoso.
—He pasado a visitar a una paciente que no puede salir de casa —me justifiqué.
Iba a preguntarle si sabía algo de los furtivos cuando alguien me dio un suave apretón en el hombro a modo de saludo.
—Lourdes, cariño… —Era Itziar, vestida de uniforme y con su arma reglamentaria colgada del cinturón—. ¿Me prepararás una palometa a filetes? Pasaré a las dos, antes de que recojas.
—Hoy no he traído palometa. No me ha gustado el tamaño. Llévate merluza. Está bien rica y no tiene rastro de anisakis. La tengo muy bien de precio. Es de hoy, eh. Mira qué agallas más rojas. Recién llegada de la lonja.
La inspectora se giró hacia mí.
—Qué buena vendedora es tu madre adoptiva —señaló con una mueca divertida. ¿Estaba izando una bandera blanca después de nuestro desencuentro de la víspera?
—Amiga —aclaró la pescadera—. Que su madre vive y me llama cada noche para que la tenga informada. Se queja de que Jon no le cuenta nada. Sufre mucho pensando que su niño no se cuida lo suficiente.
Me reí. Lourdes exageraba, pero tampoco demasiado. Mi madre puede llegar a ser muy pesada. Si fuera por ella me pondría una cámara de vídeo en la mesa para comprobar que rebaño hasta la última miga del plato.
—Alguien debería explicarle que ya no soy un crío. ¡Tengo casi cuarenta años! —exclamé.
La pescadera no respondió. En su lugar se quedó observándome el mentón.
—Te queda bien esa barba que te has dejado…
Quién iba a decir que el crío enclenque que veraneaba en mi casa iba a convertirse en un chico tan guapo…
—comentó desarmándome. Después se giró hacia la inspectora, como si acabara de reparar en su presencia—.
Caray, y los dos estáis solteros… Vaya desperdicio de juventud.
Aprovechad ahora, que luego te cuelga todo y ya no hay nada que hacer.
Itziar me dedicó una mirada cómplice.
—¿Cenamos hoy? —me propuso entre risas—. Lourdes ha decidido que tengo filetes de merluza. ¿Te va bien a las ocho en mi casa?
Mi respuesta fue una carcajada forzada. No tenía claro si la propuesta iba o no en serio, pero hacía menos de veinticuatro horas que habíamos estado a punto de saltarnos a la yugular.
No insistió. Y yo tampoco hice nada por rescatar la invitación.
—¿Cómo es que no estás en el ambulatorio? ¿Ya no trabajas de mañana?
—He salido a hacer unos domicilios y me he parado a saludar —respondí quitándole importancia con un gesto.
—Tú venías a preguntar algo, que te conozco —se burló Lourdes señalándome con el cuchillo—. Sigues dándole vueltas a lo de esa chica. ¿A que sí? ¿Ya le has dicho a Itziar que crees que alguien la mató?
No me sorprendió la mueca contrariada de la inspectora, pero decidí lanzar la pregunta que me había llevado hasta allí. Tal vez ella pudiera ofrecerme mejores respuestas que la propia Lourdes.
—Parece ser que hay pescadores furtivos en la ría. Angulas…
La pescadera miró de reojo a Itziar. Me dio la impresión de que no se sentía cómoda hablando de ese tema delante de una policía.
—A saber quiénes andan en eso —dijo centrando su atención en los calamares. Había terminado de cortarlos y colocaba las anillas en una bandeja con hielo.
Itziar negó ostensiblemente con la cabeza.
—Está todo muy controlado. Aquí no hay furtivos, Jon. Deja de romperte la cabeza con ese tema. Lea resbaló y tuvo la mala fortuna de darse contra una piedra. Eso es todo. Ni furtivos ni otro tipo de conspiraciones.
—Hay quien me ha dicho que los ha visto. Parece que existir existen —insistí.
La pescadera se encogió de hombros, pero no abrió la boca.
—La gente habla demasiado. No hagas caso de todo lo que dicen —me sugirió Itziar mientras consultaba su teléfono.
Acababa de recibir un mensaje—. Vaya… Parece que se retrasa un rato mi paseo…
A Aresti y los de la oficina de turismo no se les ha ocurrido nada mejor que preparar a los congresistas un aperitivo en la cima del monte Lumentza.
¿Y a que no adivináis quién tiene que asegurarse de que nadie suba a boicotearlo?
Lourdes clavó la mirada en lo alto de aquel monte que domina todo el pueblo, un balcón natural sobre el puerto y la desembocadura del río Lea. Las tres cruces blancas del calvario que lo coronan lo hacen inconfundible.
—Me lo ha contado una clienta. Es increíble… Si voy yo allí arriba a colocar una mesa de pícnic, a ver cuánto tardáis tus compañeros y tú en subir a ponerme una multa.
Itziar suspiró.
—Razón no te falta, cariño. Pero como se supone que este congreso traerá riqueza al pueblo, les permiten todo.
—¿Riqueza? ¿Te cuento yo cuánto se gastan los turistas en mi puesto? ¿Eh, Mila? —Lourdes se volvió hacia su vecina—. ¿Cuánto pescado te compran los guiris?
La pescadera de al lado sacudió la cabeza, dando a entender que nada.
—Pues eso. Ni una sardina —tradujo Lourdes—. Ahora, molestar sí, que todos se paran aquí a hacerse la foto. Para ellos no somos más que un decorado. Ay, si cobráramos un euro por cada uno que posa con nosotras…
Una vibración del reloj de pulsera me recordó que faltaban solo cinco minutos para la cita con mi siguiente paciente.
O iba al ambulatorio de inmediato o lo haría esperar.
El entusiasmo con el que pescadera e inspectora habían abrazado el tema de los turistas descartaba que pudiera devolver su atención a esos furtivos de los que saltaba a la vista que no querían hablar.
Cuando me alejé de allí había tomado una decisión.
Esa noche iría a las marismas del Lea en busca de las respuestas que nadie estaba dispuesto a facilitarme.