Capítulo 10
Cuando la mañana siguiente salí de casa, el faro de Santa Catalina me saludó en la distancia. La lluvia había cesado y ahora era una niebla cargada de salitre quien trepaba desde los acantilados para envolver un alba que todavía se haría de rogar.
Hacía frío, un frío húmedo que calaba hasta los huesos.
Un frío que solo se hizo más llevadero cuando dejé atrás la soledad de la carretera del faro y alcancé el puerto pesquero.
Allí, entre casas durmientes y con el mar remansado por los diques, la bruma se disipó y la temperatura se tornó ligeramente más amable.
Pero mis pasos no se detuvieron en los muelles.
Me dirigí, como cada mañana, al puente sobre el Lea. Esta vez no iba armado con mi ropa técnica ni mis zapatillas de correr. Tampoco tomé el sendero habitual por la orilla derecha del río, sino que descendí a la margen izquierda en busca del viejo astillero de ribera.
Lo encontré allí, fiel a su costumbre.
La bombilla desnuda que colgaba de la cubierta a dos aguas brindaba un tono cálido a su rostro, surcado por profundas arrugas. Un bigote blanco, de esos que solo los pescadores con la mochila cargada de años saben llevar con gracia, habitaba bajo su nariz.
— Egun on. ¿Molesto?
El anciano levantó hacia mí una mirada que regresó de inmediato a la madera que lijaba con delicadeza.
—Depende. Usted dirá qué se le ofrece. ¿Hoy no corre?
Era un buen comienzo. El mejor.
Su pregunta significaba que la trainera que estaba restaurando no le impedía estar al tanto de lo que ocurría a su alrededor. Quizá hubiera visto algo.
—Hoy no toca correr. Sabrá que hace dos días apareció muerta una mujer en la ría.
—Claro. La chica esa, la que madrugaba cinco minutos más que usted. Una buena persona.
—¿La conocía?
—Yo los conozco a todos. Uno ya tiene sus años.
La mano izquierda del anciano acariciaba la madera en busca de restos de pintura e imperfecciones mientras la derecha las lijaba sin compasión.
—Ha dicho que Lea era una buena persona.
—Así es. No todo el mundo pierde el tiempo en saludar a un viejo. Somos invisibles. Lo comprenderá si llega a mi edad. Ella, en cambio, siempre me dedicaba alguna palabra amable al pasar por el puente.
No me pareció entrever ningún reproche en sus palabras, pero fue imposible no sentirme culpable. Hacía meses que lo veía ahí, trabajando en su embarcación, y jamás, hasta esa mañana, lo había saludado. Lo veía tan ensimismado, que daba erróneamente por hecho que ni siquiera me veía.
—Disculpe, no me he presentado. Me llamo Jon Aguirre —dije tendiéndole la mano.
—Ya sé cómo se llama. Y que viene de Madrid. Es el médico nuevo. Esto es Lekeitio. Las noticias vuelan. Yo soy Benito Goikoetxea, Goiko para todos desde que era un crío.
La mano que estrechó la mía era recia, rugosa, de esas que hablan de largos años de trabajo y de un retiro más que merecido.
—Era pescador, ¿verdad?
Goiko me observó largamente con una sonrisa socarrona.
—¿Por qué los de fuera piensan que aquí todos nos dedicamos a la pesca?
En Lekeitio no solo está el mar. No. Trabajé en las maderas.
Hoy ya no quedan más que ruinas, pero cerca del faro de Santa Catalina hubo una planta maderera que dio trabajo a medio pueblo.
Estuve allí desde los quince hasta que me jubilé el día que cumplí los sesenta y cinco.
La película sobre la vida de ese anciano que había ido construyendo mañana tras mañana acababa de irse a pique.
—Al menos dígame que fue remero.
—Patrón —me corrigió Goiko—. Esta era mi trainera.
Iba ahí, de pie, dirigiendo a mis trece apóstoles.
Solo dos de ellos aguantaron los veintidós años que estuve yo.
Eran otros tiempos. Ahora hay profesionales del remo.
Por aquel entonces entrenábamos al salir del trabajo.
Nadie nos daba un duro. Al contrario, teníamos que pagarnos hasta la camiseta.
—La está dejando muy bonita —comenté pasando la mano por el casco. El tacto de la madera desnuda de pintura resultaba reconfortante.
—Es mi manera de seguir aquí. ¿Sabe cuántos años tengo?
—Goiko hizo una leve pausa, aunque no suficiente para permitirme responder—.
Ochenta y dos. Y no me pienso morir mientras esta trainera no haya recuperado el esplendor que tuvo entonces.
Es importante tener una ilusión que te ate a la vida.
De lo contrario, te vas. Es lo que les ha pasado a muchos que ocuparon estos bancos.
Algunos, con menos años que yo. No importa ser joven o viejo, el día que tus ilusiones se agotan, ya no pintas nada en este mundo.
¿Acaso no es lo que hace usted cada mañana?
¿Por qué sale a correr cuando podría estar durmiendo?
¿Se lo digo yo? Lo hace porque su trabajo no le llena, porque su día a día no le ilusiona.
En cambio, esos minutos que dedica al deporte a orillas de la ría son los que lo hacen seguir adelante.
Observé con interés a aquel hombre. Estar con él me hacía sentir que cualquier cosa que pudiera aportar yo carecía de importancia. Se trataba de una de esas personas que te cruzas en la vida con las que lo mejor es callar y aprender.
—Tuvo que ser un buen patrón —señalé.
—El mejor. Por eso duré tantos años. Y supe apartarme a tiempo.
Llegaron las traineras de fibra de vidrio.
Más ligeras, más veloces. Pero menos nobles.
También los remeros profesionales, la televisión, los patrocinadores…
Otro mundo. No diré que peor, solo que no era el mío.
—Sin perder la naturalidad con la que hablaba de su propia vida, Goiko clavó en mí la mirada—.
Pero usted no está aquí para que le hable de mí.
Ha venido porque piensa que la mataron y quiere respuestas.
Me dejó sin palabras. Eso sí que no lo esperaba.
—En la radio dijeron que fue un accidente —apuntó el anciano—. ¿Qué lo lleva a pensar que…?
—Fui yo quien encontró el cuerpo —lo interrumpí. No quería entrar en más detalles.
Goiko asintió con un mohín. Su mano regresó al trabajo mientras suspiraba. No quise romper el largo silencio en el que se sumió hasta que volvió a hablar.
—Vería algo que no debió ver —apuntó finalmente.
La opción que planteaba se me había pasado por la cabeza, aunque no había tardado en descartarla.
—Es solo un sendero junto a un río. ¿Qué iba a ver? ¿Garcetas rebuscando en el limo? ¿Un viejo patrón restaurando su trainera?
—No todo es de color de rosa. Ni aquí ni en ningún lugar —sentenció sin dejar de lijar.
—¿Se refiere a que pudo ser testigo de algo ilegal?
Goiko alzó levemente la lija para rechazar mi pregunta.
—Yo no quiero problemas. A mis años uno aspira a vivir tranquilo.
—Pero una chica ha sido asesinada. Su tranquilidad no puede estar por encima de la vida de otras personas. ¿No cree?
—Venga una noche y observe usted mismo.
No entendía nada. ¿A qué se refería?
¿Drogas? ¿Tráfico de personas?
Aquello no encajaba en un lugar así.
—No conozco nada más pacífico que esta ría —comenté girándome hacia la lámina de agua, teñida de los tonos cálidos del amanecer.
—Porque no madruga tanto como cree. —Su observación me sorprendió. Todavía estaba saliendo el sol y llevábamos ya un buen rato hablando—. Mire, otro de los habituales. Ya estamos todos.
Me giré hacia donde señalaba Goiko. Una figura, envuelta en las sombras de aquella hora incierta, llegaba por el sendero del Lea. El largo brazo del detector de metales me ayudó a reconocerlo.
—Claudio —especificó el anciano—. ¿Ha hablado alguna vez con él?
—Nunca —reconocí.
—Yo lo he intentado. Un tipo parco en palabras.
Italiano. A saber qué lo trajo aquí. Porque nadie deja su tierra sin una buena razón, ¿verdad?
—Me disparó una mirada que parecía capaz de leer hasta el último de mis secretos—.
Y menos para dedicarse a buscar miserias en la playa.
Ya me dirá qué puede sacar de ahí. Y ahora, en invierno.
Aunque tampoco necesitará mucho para malvivir en ese cuchitril.
—¿Dónde vive?
—En una caravana. La habrá visto usted. Un trasto viejo, como esos de las películas americanas.
La plantó hará cuatro o cinco años allí arriba.
—El viejo patrón señaló hacia más allá de las marismas—.
Y desde entonces no falla. Baja a la playa cada mañana.
Siempre antes del alba, no vaya a ser que alguien se le adelante y le robe un par de céntimos.
—¿A qué hora viene usted?
El viejo patrón se encogió de hombros.
—Cuando la cama no quiere aguantarme más.
Normalmente antes de las cinco. Y no crea que el mundo está dormido cuando salgo de casa.
Lekeitio no duerme. Están los trabajadores de la basura, los que limpian las calles, los pescadores y también quienes hacen cosas que no pueden hacerse a la luz del día.
—¿Contrabandistas?
No respondió.
Los siguientes minutos discurrieron en un silencio tenso. Las manos del anciano se entretuvieron acariciando con la lija el casco de la trainera. De vez en cuando sus labios se apretaban y se curvaban hacia abajo antes de dejar escapar algún suspiro.
Hasta que finalmente tiró la toalla.
—No piensa marcharse, ¿verdad? —preguntó antes de bajar la voz—. Le estoy hablando de furtivos.
Volví a observar la marisma, un mundo sereno que todavía se estaba desperezando.
—¿Y qué cazan aquí? ¿Patos? ¿Gaviotas? —quise saber, cada vez más confuso.
El anciano me dedicó una mirada de lástima. No disfrutaba echando mi ingenuidad por tierra.
—Ay, doctor… No me diga que no ha oído hablar de las angulas.
Claro que había oído hablar de ellas. El Gobierno Vasco acababa de prohibir terminantemente su pesca por encontrarse en vías de extinción. El debate estaba presente desde hacía semanas en los medios y las redes. Y hasta en la sala de espera del ambulatorio.
—¿Hay pescadores furtivos? —pregunté observando el Lea—. ¿Aquí?
—Se mueve mucho dinero en ese mundo. Antes no tanto, porque eso de la pesca furtiva no es algo nuevo, no crea. Pero hace años se las vendían a restaurantes de la zona. Ahora, en cambio, las envían a China. Y, con la prohibición, se pueden ganar muchos miles de euros con un solo kilo.
No era descabellado pensar que Lea pudo cruzarse con algún furtivo dispuesto a asegurarse de que no fuera a denunciarlo. El arma homicida, una simple estaca o algún tipo de maza, invitaba a pensar en un crimen no premeditado.
—¿Cree que la mataron para evitar que se fuera de la lengua?
El anciano cogió de nuevo su lija y evitó mi mirada. El tema lo incomodaba.
—Yo no he dicho tal cosa, pero en las últimas semanas los he visto por aquí.
De lejos, pero uno ya tiene unos años. Sé reconocer sus movimientos a la legua…
Quizá esa chica llegara muy pronto esa mañana o grabara algo que no debía.
O tal vez no sea nada de eso. ¡Qué sé yo!
Que hablar de asesinatos así, tan a la ligera…
—¿Quiénes son esos furtivos? ¿Son de por aquí?
—Se cuidan mucho de dejarse ver. Sé que están ahí por la luz.
Encienden focos para atraer a las angulas hacia el cedazo y eso los delata.
Pero cambian a menudo de lugar. —El anciano señaló el bosquete de eucaliptos que se extendía cerca del lugar donde encontré el cadáver de Lea—.
Hoy los ves allí; mañana, en la otra orilla.
—Y anteayer, cuando asesinaron a Lea, ¿también los vio?
Goiko se encogió de hombros. No lo recordaba. Después me observó con gesto serio.
—¿Está seguro de que alguien mató a esa chica?
A ver si va a estar usted haciendo un castillo de un grano de arena…
Cuando vi los coches de policía y me enteré de que había muerto, no crea que me extrañó demasiado.
Siempre que la veía pasar pensaba que esa manía suya de correr cuando todo está todavía tan oscuro acabaría mal.
Ese camino está lleno de piedras… Una mala pisada tenía que llegar en algún momento.
—El anciano pasó la mano por la quilla—.
Es verdad que yo contaba con que algún día se hiciera un esguince, o alguna torcedura, no que se matara, la pobre…
Y usted ándese con cuidado. ¿Tanto le cuesta esperar a que se haga de día para hacer deporte?
Estuve tentado de explicarle mis argumentos, pero no ganaba nada convenciéndolo de que Lea no había muerto por una caída fortuita. Solo necesitaba una respuesta.
—¿No va a decirme si vio a los furtivos esa mañana?
—Ese día no los vi, pero eso no quiere decir que no estuvieran por la ría. Uno no viene aquí a mirar las musarañas.
El anciano me dio la espalda antes de ponerse a lijar de nuevo.
Comprendí que el tiempo que había decidido dedicarme había terminado.