Capítulo 9
Itziar Mendibe me esperaba en la terraza del Muga. Su taza de café todavía humeaba.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó en cuanto me senté a su lado.
Los ojos verdes de la inspectora, que nació el mismo día y el mismo mes que yo, aunque un año más tarde, destilaban preocupación.
—¿Te has enterado de que no van a investigar lo de Lea como homicidio? Tienes que hacer algo —dije sin rodeos.
Itziar me observó con expresión incrédula.
—¿Yo? ¿Y qué pretendes que haga? Son un juez y un forense quienes lo han determinado. ¿Crees que van a hacer caso a una policía local que les diga que están equivocados?
—Pero lo están.
—¿Por qué insistes? Lea tuvo muy mala suerte. Se cayó y se dio un mal golpe.
—Itziar, tú estuviste allí. La viste tan bien como yo. Sabes que a Lea la mataron.
La inspectora me hizo un gesto para que bajara la voz. No estábamos solos.
Sentado a dos mesas de distancia, con su detector de metales y su pala plegable apoyados en la mesa, el cazatesoros al que veía rastrear la playa cada mañana estaba absorto en un libro.
El moño blanco y la barba de varios días lo hacían inconfundible. También su desinterés por nosotros. Las únicas personas con las que se relacionaba parecían ser las que habitaban en esas novelas que devoraba cuando la pleamar le impedía seguir buscando objetos perdidos.
—¿Y cuál es tu teoría? —preguntó Itziar en un susurro—. Porque si estás tan convencido de que alguien mató a Lea, tendrás alguna idea sobre lo sucedido. ¿O no?
—No. No tengo nada. Pero estuve allí. Intenté reanimarla. Lea no se cayó. La golpearon con una estaca o con una maza. Algo duro como…
—¿Como una piedra del camino? —me interrumpió—. ¿Una piedra como las muchas que hay en esa zona donde corría casi a oscuras?
Apreté los labios.
—No, Itziar. Una piedra del camino no te hace eso.
Cuando alguien va corriendo y se cae, no se golpea en la base del cráneo.
Te puedes dar aquí —señalé dándome una palmada en la frente—, o quizá en el parietal o en el temporal.
Una lesión frontal o lateral, vaya. Lo de Lea no fue así.
La fractura que le causó la muerte fue en el occipital. La atacaron por detrás.
Esta vez mi mano viajó a la nuca de la inspectora para indicarle el lugar.
Ella se apartó, incómoda.
—La vio un forense, Jon… No quiero hacerte de menos, porque sé que eres un gran profesional, pero eres médico de familia. Tu trabajo no es determinar la causa de la muerte de una persona. Y alguien que se dedica a eso ha escrito un informe diciendo que fue un lamentable accidente.
Cerré los ojos y vi de nuevo el cuerpo sin vida de Lea entre los carrizos.
—La mataron y hay un asesino suelto —sentencié decidido.
—Estás viendo lo que no es.
—Voy a investigar esto, Itziar. Descubriré lo que ha pasado. Entiendo que no me creas o no quieras acompañarme, pero lo voy a hacer.
—Tú sabrás, pero conmigo no cuentes. No voy a ayudarte a alimentar una obsesión que no va a traerte nada bueno.
—La inspectora me dedicó una mirada cargada de lástima—.
Te recuerdo que yo también estuve allí, contigo y con los ertzainas que acudieron a mi llamada.
Vi lo mismo que tú, inspeccioné la zona, y no había nada que llevara a pensar en un acto criminal.
Ni arma homicida ni rastros de huida. Nada.
—Tengo algo más —anuncié antes de narrarle mi encuentro en la marisma con el perro de Lea—. El pobre animal debía de estar con ella cuando la atacaron y…
—Jon…
—Espera. Déjame acabar. Ya sé que vas a decirme que los perros no hablan, pero un border collie es un perro pastor, no un guardián. Si hubiera sido una caída, se habría quedado a su lado, protegiéndola. Pero… ¿y si se asustó?, ¿y si fue en busca de quien la atacó?
—Jon…
Alcé la mano para detenerla. No quería que rebatiera mi argumentación antes de terminarla.
—La atacaron y el pobre perro salió tras el asesino —continué convencido—. Ahora deambula perdido y desorientado. Además, está herido. Tiene una pata mal. Seguro que intentó defenderla y puede que tenga algún rastro incriminatorio…
Itziar dio un manotazo en la mesa. El cazador de tesoros dirigió hacia nosotros una mirada molesta antes de volver a zambullirse en su lectura.
—¿Me quieres escuchar de una vez? Ese perro está suelto porque ayer acompañé a la madre de Lea a casa de su hija y en cuanto abrimos la puerta se escapó.
Por más que lo llamamos no hubo manera de que regresara.
Mis compañeros y yo estamos en ello. No creo que tardemos en encontrarlo.
—La inspectora apretó los labios y negó con un gesto—.
No hubo ataque, Jon. Lea se cayó, y punto.
Ni siquiera existe un móvil para tu supuesto crimen.
Su teléfono y sus auriculares estaban allí.
Las llaves de su casa también. No le habían robado, no había el más mínimo indicio de agresión sexual…
¡Nada! Joder, Jon, asúmelo. Fue un accidente.
Si pensaba que sus palabras iban a hacerme tirar la toalla iba desencaminada.
—Creo que quien la mató la buscaba precisamente a ella. No para violarla o robarle. Una venganza quizá, un ajuste de cuentas.
Ahora era incredulidad lo que mostraba la expresión de Itziar.
—Hablamos de una mujer que se dedicaba a grabar vídeos de pajaritos, por favor, no de una intrépida cazadora de narcotraficantes.
En eso estaba de acuerdo con ella, pero tenía que haber algo más.
—Ayúdame al menos a conocerla mejor. Necesito saberlo todo sobre Lea para comprender quién podría querer matarla. Amigos, intereses, problemas, enfrentamientos…
Una sombra de preocupación veló por un momento la mirada de Itziar, pero no tardó en desterrarla.
—¿Cómo quieres que sepa yo todo eso?
La respuesta era sencilla: porque fue pareja de tu hermano.
—Lea tenía treinta y cuatro años. Solo tres menos que tú —señalé en lugar de mencionar su vínculo personal—. Lekeitio no es muy grande. ¿Cuántos habitantes somos? ¿Ocho mil?
—Siete mil y pocos.
—Más a mi favor. Seguro que algo podrás contarme sobre ella. Incluso habréis estudiado en el mismo instituto…
Itziar negó con la cabeza.
—Jon, has visto muchas películas. Déjalo ya, de verdad. Lea se cayó. No hay nada más. —Lo que dijo a continuación dolió—. No quieras purgar tu mala conciencia viendo fantasmas donde no los hay.
Si aquello me escoció fue porque Itziar conocía la historia detrás de mi llegada a Lekeitio y me la había arrojado a la cara sin delicadeza alguna.
Yo mismo se la había confesado a las pocas semanas de mi mudanza.
Fue en lo más alto de la isla de Garraitz, una noche de viento sur y bajamar que dejó al descubierto mis propios cimientos.
Un puñado de latas de cerveza tuvieron la culpa.
Ellas y la necesidad de compartirlo por fin con alguien, como si así pudiera mitigar mi dolor. Y mi culpa.
Aquella cita fue la primera y la última. Una deuda pendiente del amor adolescente que habíamos compartido durante un verano que se perdía en las nieblas del olvido, cuando yo era el forastero exótico y ella una de las chicas más bonitas de Lekeitio.
Tardes de puestas de sol y de besos furtivos, de complicidad y promesas de fidelidad que nunca se cumplieron. Porque con la llegada de septiembre regresé a Madrid y las llamadas fueron espaciándose hasta que ambos dejamos morir aquello que durante unas semanas nos había parecido indestructible.
—Tu hermano salió con ella —disparé, ahora sí, sin compasión. No hubiera jugado esa carta de no haber visto cómo ella utilizaba mi dolor para imponerse en la discusión.
La incomodidad de Itziar fue evidente.
—¿Y qué? ¿Lo convierte eso en un asesino?
—¡Yo no he dicho tal cosa! Pero estoy seguro de que sabes más de Lea de lo que admites. Fue tu cuñada durante al menos cinco años.
La inspectora me fulminó con la mirada. No le gustaba el giro que había dado la conversación. Lejos, sin embargo, de decidirse a hablar, arrugó los labios y clavó un dedo en la mesa.
—Si consigues que reabran el caso lo único que vas a hacer es poner una lupa sobre ti.
Estabais solos, Jon. Lea y tú. En un lugar apartado y a una hora intempestiva, lejos de la vista del resto de los vecinos de un pueblo que no quiere problemas.
Serías el principal sospechoso en cualquier investigación.
—Itziar hizo una pausa para permitirme asimilar el mensaje—.
¿De verdad quieres hacerte eso? El médico que llega a Lekeitio en busca de una vida nueva y que encuentra en su lugar una sombra de duda que lo perseguirá para siempre…
¿Es eso lo que quieres para ti? Piénsalo bien antes de complicarte la vida.
Tragué saliva. No había terminado…
—Parece que lo de Lea con tu hermano no acabó muy bien.
Itziar resopló.
—Te estás obsesionando. Y en parte te comprendo. Tiene que ser muy impactante encontrar una mujer muerta en medio de la nada. Una mujer que se parece tanto, además, a la novia que perdiste hace unos meses.
Su insinuación me dejó sin palabras.
—¿Qué…?
—¿Crees que no me he dado cuenta? En tus redes sociales tienes mil fotos con Mónica. Y Lea es… —Hizo una pausa en busca de la palabra—. Joder, Jon… Es un calco. ¿Por eso te fijaste en ella? ¿Por eso te cuesta tanto admitir lo sucedido?
—Esto no tiene ningún sentido —acerté a decir a duras penas. De pronto me sentía desnudo, enfrentado a una realidad incómoda que ni yo mismo había sido capaz de ver.
Itziar apuró el café de un trago.
—Tengo que dejarte. Ya están aquí. —Señaló un minibús negro que se había detenido un poco más adelante—.
El Congreso del Turismo Sostenible va a ocupar todo mi tiempo en los próximos días.
Los jefes quieren que nuestros invitados hablen maravillas de Lekeitio y eso implica que se sientan seguros.
—Me observó con un repentino gesto conciliador—.
Pasa página, por favor. No es momento de alimentar conspiraciones en las que todos salimos perdiendo.
—¿Es eso? ¿Como viene un grupo de influencers al pueblo preferís meter bajo la alfombra los problemas? A Lea la mataron, Itziar. Tenlo claro. No actuar nos convierte en cómplices de su asesino.
Ella negó con la cabeza una última vez.
—Déjalo estar, Jon. Y no hurgues en heridas que no comprendes y que cicatrizaron hace años. No vas a salvar a nadie: ni a ti, ni a Lea, ni a su familia. Y tampoco a tus fantasmas.